Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Abismo de Pasión Capítulo 128 Abismo de Pasión Capítulo 128

Abismo de Pasión Capítulo 128

7007 palabras

Abismo de Pasión Capítulo 128

El atardecer en Puerto Vallarta pintaba el cielo con fuego líquido, y yo, Ana, me recargaba en la barandilla de la terraza de nuestra villa frente al mar. El aire salado me besaba la piel, levantando el dobladillo de mi huipil ligero, ese que se adhería a mis curvas como una promesa húmeda. No traía nada debajo, y la brisa juguetona me erizaba los pezones, endureciéndolos como piedritas calientes. Hacía semanas que no veía a Diego, mi hombre, el que me volvía loca con solo una mirada. Neta, este abismo de pasión capítulo 128 de nuestra vida juntos iba a ser épico, pensé, mientras el olor a jazmín del jardín se mezclaba con el salitre.

De repente, oí el ronroneo de su camioneta abajo, ese sonido grave que me aceleraba el pulso. Bajé las escaleras descalza, mis pies hundiéndose en las losetas frías, y lo vi salir, alto, moreno, con esa camisa blanca entreabierta mostrando el vello oscuro de su pecho. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se le dibujó en la cara. "¡Órale, mi reina! ¿Me extrañaste?", dijo con esa voz ronca que me hacía temblar las rodillas.

Me lancé a sus brazos sin pensarlo, mi cuerpo pegándose al suyo como imán. Sentí su calor a través de la tela, su verga ya semi-dura presionando contra mi vientre. "Más que nada en este pinche mundo, carnal", murmuré contra su cuello, inhalando su aroma a colonia fresca y sudor varonil. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna. Nos besamos ahí mismo, en el patio, con el rumor de las olas como banda sonora. Su lengua invadió mi boca, saboreando a tequila y deseo, y yo gemí bajito, enredando mis dedos en su cabello negro revuelto.

¡Ay, Dios! Este hombre me enciende como nadie. Cada roce es un abismo de pasión, y este capítulo 128 promete tragarme entera.

Me cargó como si no pesara nada, subiendo las escaleras de dos en dos, riendo entre besos. "Te voy a comer viva, Ana", gruñó, y yo reí, arañándole la espalda. Entramos a la recámara, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio blancas como nieve. La luz del atardecer se colaba por las cortinas sheer, bañándonos en oro líquido. Me dejó en la cama con cuidado, pero sus ojos ardían con hambre. Se quitó la camisa despacio, dejando ver esos abdominales marcados por horas en el gym, el tatuaje de águila en su pectoral que tanto me gustaba lamer.

Yo me incorporé de rodillas, jalándole el cinturón con urgencia. "Déjame verte, papi", susurré, mi voz ronca de anticipación. Su verga saltó libre cuando bajé el zipper, gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo mi palma. La olí, ese olor almizclado que me volvía loca, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de presemen. Diego jadeó, echando la cabeza atrás. "¡Qué rico, mi amor! Chúpala más profundo".

Obedecí, engulléndola hasta donde podía, mi lengua girando alrededor del glande mientras mis manos masajeaban sus bolas pesadas. El sonido húmedo de mi boca llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos guturales. Sentía mi panocha empapada, los jugos resbalando por mis muslos, el clítoris hinchado rogando atención. Me metí una mano entre las piernas, frotándome despacio, pero él me detuvo. "No, eso es mío". Me jaló del cabello con gentileza, sacándome su verga de la boca con un pop sonoro, y me tumbó boca arriba.

Sus labios bajaron por mi cuello, mordisqueando, dejando marcas rojas que mañana dolerían chido. Bajó al pecho, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro, tironeando hasta que grité de placer. "¡Sí, Diego, así! No pares". El olor de mi excitación flotaba en el aire, dulce y pecaminoso. Sus dedos grandes separaron mis labios vaginales, rozando mi clítoris con maestría. "Estás chorreando, nena. Tan mojada por mí". Metió dos dedos adentro, curvándolos contra mi punto G, bombeando lento al principio, luego más rápido. Yo arqueé la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros, el sonido de mis jugos chapoteando obsceno y delicioso.

Esto es el abismo puro. Capítulo 128 donde caigo sin red, y no quiero salir nunca.

La tensión crecía como tormenta, mi cuerpo temblando al borde. "¡Me vengo, carnal! ¡No pares!", supliqué, y él aceleró, su boca en mi clítoris lamiendo como hambriento. El orgasmo me golpeó como ola gigante, mi panocha contrayéndose alrededor de sus dedos, chorros calientes salpicando su mano. Grité su nombre, el mundo explotando en estrellas detrás de mis párpados.

Pero no paró. Me volteó como muñeca, poniéndome a cuatro patas, mi culo en pompa hacia él. Sentí su verga rozando mi entrada, resbalosa y lista. "Dime que la quieres", exigió, palmeando mi nalga con un azote juguetón que ardía rico.

"¡Sí, métemela toda! Fóllame duro, Diego". Empujó de una, llenándome hasta el fondo, su pelvis chocando contra mi culo con un slap carnoso. El estiramiento era perfecto, su grosor rozando cada nervio. Empezó a bombear, lento al inicio, dejando que sintiera cada centímetro salir y entrar. El sudor nos cubría, goteando entre mis chichis balanceantes. Agarró mis caderas, acelerando, el ritmo frenético, piel contra piel resonando como tambores. "¡Estás tan apretada, mi reina! Me vas a ordeñar".

Yo empujaba hacia atrás, encontrando cada embestida, mis gemidos convirtiéndose en gritos. El olor a sexo impregnaba todo, su sudor cayendo en mi espalda, caliente. Sentía otro orgasmo construyéndose, profundo, desde el estómago. "¡Más fuerte, pendejo! ¡Dame todo!". Él gruñó, clavándome más hondo, una mano bajando a frotar mi clítoris. El clímax nos atrapó juntos; mi panocha se cerró como puño alrededor de su verga, ordeñándolo, mientras él rugía y se vaciaba dentro, chorros calientes pintando mis paredes.

Colapsamos en la cama, jadeantes, enredados. Su peso sobre mí era delicioso, protector. Besó mi sien, mi hombro, murmurando "Te amo, Ana. Esto es nuestro abismo de pasión, capítulo 128 y contando". Yo sonreí, trazando círculos en su pecho húmedo, el corazón latiéndole fuerte contra mi oreja. El mar susurraba afuera, la noche envolviéndonos en paz.

Nos quedamos así horas, tocándonos perezosos, riendo de tonterías. Su mano bajaba a mi entrepierna hinchada, acariciando suave, y yo lo masturbaron lento hasta que se puso duro otra vez. Pero esta vez fue tierno, misionero, mirándonos a los ojos mientras nos mecíamos juntos hacia otro pico suave. Al final, dormimos pegados, mi cabeza en su pecho, soñando con más capítulos de este amor insaciable.

Al amanecer, el sol nos despertó con promesas. Diego me preparó café de olla en la cocina abierta, y yo lo vi moverse desnudo, su verga colgando pesada, aún marcada por mí. "Buenos días, mi abismo", dijo guiñando, y yo supe que este capítulo 128 era solo el principio de nuestra eternidad ardiente.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.