Los Acordes de Mi Pasión
La noche en la playa de Puerto Vallarta olía a sal y a jazmín fresco, con el rumor de las olas rompiendo suave contra la arena tibia. Yo, Ana, acababa de llegar de la ciudad, huyendo del ajetreo de Guadalajara por unos días de relax en la casa de mi carnala. La fiesta en la terraza era de esas que arman los locales: luces de colores colgadas en las palmeras, mesas llenas de tacos al pastor y micheladas heladas, y un mariachi tocando rancheras que ponían a todos a gritar ¡órale!
Ahí lo vi por primera vez. Se llamaba Javier, un morro alto y fornido, con el pelo negro revuelto y una guitarra acústica colgada al hombro como si fuera parte de su cuerpo. Estaba sentado en una banca de madera, rasgueando acordes suaves que flotaban en el aire cálido. Sus dedos se movían con una precisión que me erizaba la piel, como si cada nota fuera una caricia invisible. Me quedé parada, con la cerveza en la mano, sintiendo cómo el pulso de la música se colaba por mis venas.
¿Qué chingados me pasa? Solo es un pinche músico, pero neta, esos ojos cafés me miran como si ya supiera todos mis secretos.
Se acercó cuando el mariachi pausó, con una sonrisa pícara que mostraba unos dientes blancos y perfectos. "¿Quieres que te dedique una rola, güerita?" me dijo, con esa voz ronca que sonaba a tequila añejo. Le contesté que sí, que tocara lo que quisiera, y él se sentó a mi lado, tan cerca que sentí el calor de su muslo contra el mío. Sacó un papel arrugado del bolsillo de su camisa guayabera y empezó a tocar Mi Pasión Acordes, una canción que él mismo había compuesto, dijo. Los acordes eran simples pero intensos: Do, Sol, La menor, Fa... cada uno vibraba en mi pecho como un latido acelerado.
La letra hablaba de un amor que quema por dentro, de pieles que se buscan en la oscuridad. Mientras cantaba, su mirada se clavaba en la mía, y yo sentía un cosquilleo en el estómago, bajando hasta mis muslos. El aroma de su colonia, mezclado con el sudor ligero de la noche húmeda, me mareaba. Terminado el primer verso, me pasó la guitarra. "Toca conmigo, Ana. Siente los acordes de mi pasión." Mis dedos torpes rozaron los suyos al presionar las cuerdas, y fue como electricidad pura. Reí nerviosa, pero él me guió, su mano grande cubriendo la mía, presionando fuerte. El roce era íntimo, prohibido en medio de la fiesta, pero nadie nos veía. O al menos, eso creí.
Acto primero de nuestra noche: la tensión inicial. Bailamos después, pegados al ritmo de una cumbia que sonaba de fondo. Sus manos en mi cintura, firmes pero gentiles, me apretaban justo lo suficiente para que sintiera su deseo creciendo contra mí. "Eres fuego, Ana. Me prendes con solo mirarte." Sus palabras al oído, con aliento caliente, me hicieron arquear la espalda. Olía a mar y a hombre, a esa esencia masculina que te hace mojar sin tocarte. Yo le respondí en voz baja, juguetona: "Pues enciéndeme más, Javier. Muéstrame cómo suenas de cerca."
Nos escabullimos de la fiesta caminando por la arena, descalzos, con la luna testigo. La casa de mi carnala estaba a unos pasos, pero optamos por una cabaña abandonada que usaban para bodas, con hamacas y velas apagadas. Adentro, el aire era espeso, cargado de sal y arena. Él sacó la guitarra de nuevo, sentándose en el suelo de madera. "Déjame tocarte Mi Pasión Acordes completa, pero esta vez, con tu cuerpo como instrumento." Mi corazón tronaba como tamborazo zacatecano.
El medio acto empezó con besos lentos, exploratorios. Sus labios carnosos sabían a lima y cerveza, frescos y salados. Me recargó contra la pared, su lengua danzando con la mía en un ritmo que imitaba los acordes: suave al inicio, luego urgente. Sus manos subieron por mis muslos, levantando mi falda ligera de algodón, rozando la piel sensible detrás de las rodillas. Gemí bajito, sintiendo cómo mis pezones se endurecían bajo la blusa.
Neta, este pendejo sabe lo que hace. Cada toque es un acorde perfecto, afinado a mi deseo.
Me quitó la ropa con calma, besando cada centímetro que descubría. Primero la blusa, lamiendo el valle entre mis senos, inhalando mi perfume de vainilla. Luego la falda, cayendo al piso con un susurro. Yo le desabotoné la guayabera, arañando suave su pecho velludo, oliendo su piel tostada por el sol. Estaba duro ya, presionando contra mis caderas, y lo sentí palpitar cuando lo liberé de los jeans. Gordo y venoso, listo para mí, pensé, mientras lo acariciaba con la mano, sintiendo la seda caliente de su piel.
Se arrodilló, abriéndome las piernas con ternura. Su aliento en mi sexo me hizo temblar, y cuando su lengua tocó mi clítoris, fue como el acorde mayor: explosión de placer. Lamía despacio, chupando mis labios hinchados, probando mi humedad dulce y salada. Yo enredé mis dedos en su pelo, gimiendo "¡Ay, Javier, no pares, cabrón!". Él reía contra mí, vibrando más profundo, metiendo dos dedos que curvaba justo ahí, en mi punto G, tocando acordes internos que me hacían arquear y sudar.
La intensidad subía. Me levantó en brazos, fuerte como toro, y me tendió en la hamaca que crujió bajo nuestro peso. Monté sobre él, guiando su verga gruesa a mi entrada. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. Empezamos a movernos, yo arriba, cabalgando al ritmo de sus acordes imaginarios. Sus manos en mis nalgas, apretando, guiando. El slap de piel contra piel, mis gemidos altos mezclados con su resuello jadeante. Olía a sexo puro, a sudor y jugos mezclados.
Es como si sus acordes de mi pasión se tocaran dentro de mí, vibrando en cada embestida.
Cambié de posición, él atrás, penetrándome profundo mientras me besaba el cuello. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, y yo me vine primero, gritando su nombre, contrayéndome alrededor de él en oleadas que me dejaban ciega. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, caliente y espeso, marcándome con su esencia.
El final fue puro afterglow. Nos quedamos enredados en la hamaca, respirando pesado, con el sudor enfriándose en la brisa marina. Él tocó suave la guitarra a mi lado, un acorde final de Mi Pasión Acordes, y yo apoyé la cabeza en su pecho, oyendo su corazón calmarse. "Esto no termina aquí, Ana. Mis acordes son tuyos cuando quieras." Sonreí, sabiendo que volvería por más. La noche nos envolvió, prometiendo más pasiones afinadas al deseo.