Diablo en la Pasión de Cristo
Las calles de San Miguel empedradas vibraban con el eco de las matracas y los cantos solemnes de la procesión de Viernes Santo. Elena caminaba entre la multitud, el aire cargado de incienso y el dulzor de las flores de cempasúchil que adornaban las andas. Llevaba un rebozo negro sobre los hombros, pero debajo, su blusa de encaje blanco se pegaba a su piel sudada por el calor de abril. Hacía años que no volvía a este pueblo de su infancia, y ahora, a sus veintiocho, sentía un vacío que ni las oraciones calmaban. ¿Por qué carajos vine?, pensó, mientras el sudor le resbalaba entre los senos.
La pasión de Cristo se representaba en vivo: actores con túnicas sangrientas cargaban la cruz pesada, y la gente gemía en un fervor colectivo. Elena se detuvo frente a un puesto de veladoras, comprando una roja que encendió con manos temblorosas. Fue entonces cuando lo vio. Alto, moreno, con ojos negros como el carbón y una sonrisa que prometía pecados. Vestía camisa negra abierta hasta el pecho, mostrando un tatuaje que asomaba: letras góticas que decían Diablo en la Pasión de Cristo. Se recargaba contra una pared colonial, fumando un cigarro con desdén al ritual.
—Órale, güerita, ¿ya te quemaste con esa vela o qué? —dijo él, voz ronca como grava, acercándose con paso felino.
Elena lo miró de reojo, el corazón latiéndole fuerte. Neta, qué pendejo tan guapo. —No seas mamón. Solo pido un milagro —respondió ella, con una media sonrisa que la sorprendió.
Se llamaba Raúl, carnal de un amigo de la infancia. Hablaban como si se conocieran de toda la vida, entre el bullicio de la marcha. Él olía a tabaco y a algo salvaje, como tierra mojada después de tormenta. La tensión crecía con cada mirada: sus dedos rozando su brazo al pasarle una cerveza fría de un six que traía escondido. —Ven, vámonos de aquí. Esta procesión me da hueva —le dijo, guiñándola—. Hay un mirador chido donde se ve todo sin el drama.
Elena dudó, pero el calor entre sus piernas la traicionó.
¿Y si es el diablo disfrazado? ¿Y si lo quiero?Lo siguió por callejones estrechos, el sonido de los tambores alejándose como un pulso lejano.
En el mirador, bajo un cielo púrpura salpicado de estrellas tempranas, se sentaron en una banca de piedra. Abajo, las luces de las velas parpadeaban como un mar de fuego. Raúl sacó una botella de mezcal, el aroma ahumado invadiendo el aire fresco. Bebieron a pico, el líquido quemándole la garganta y soltándole la lengua.
—Dime, ¿por qué ese tatuaje? Diablo en la Pasión de Cristo. Suena a herejía —preguntó ella, trazando con el dedo el borde de la tinta en su pecho. La piel de él era caliente, salada al tacto.
—Porque en la pasión hay demonios, carnala. El verdadero Cristo sudaba deseo, no solo sangre —murmuró, su aliento cálido en su oreja—. Tú lo sabes, ¿verdad? Ese fuego que traes adentro.
Elena sintió un escalofrío delicioso. Sus manos se enredaron en el pelo de él, negro y revuelto. Se besaron con hambre: labios carnosos devorándola, lengua invasora probando a mezcal y a hombre. ¡Qué rico sabe, Virgen santa! El beso era fuego líquido, sus pechos aplastados contra el torso duro de Raúl. Él la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola a un rincón sombreado por buganvilias, donde el suelo era mullido de pétalos caídos.
Allí, la noche los envolvió. Raúl le quitó el rebozo con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de piel expuesta. —Eres una diosa, no una santa —gruñó, mientras sus dientes rozaban su cuello, enviando ondas de placer hasta su centro húmedo. Elena jadeaba, el aroma de su propia excitación mezclándose con el jazmín silvestre. Sus uñas se clavaban en la espalda de él, sintiendo músculos tensos como cuerdas de guitarra.
La desvistió con maestría: blusa rasgada con un tirón juguetón, falda subiendo por muslos suaves. Ella lo ayudó, arrancándole la camisa para lamer el tatuaje, saboreando la sal de su sudor. Diablo en la Pasión de Cristo, leyó en voz alta, riendo entre gemidos. —Muéstrame tu infierno, diablo —lo provocó, voz ronca de deseo.
Raúl la recostó sobre los pétalos, su boca descendiendo como una tormenta. Primero besó sus pechos, pezones endurecidos como piedras preciosas, chupándolos con succiones que la hacían arquearse. El sonido de su lengua era obsceno, húmedo, acompañado de sus suspiros ahogados. Bajó más, inhalando su esencia almizclada, y su lengua encontró el clítoris hinchado. Elena gritó, piernas temblando, mientras él lamía con devoción pecaminosa, dedos hundiéndose en su calor resbaladizo.
No pares, pendejo, no pares, rogaba en su mente, caderas moviéndose al ritmo de su boca. El orgasmo la golpeó como un rayo, olas de placer convulsionándola, jugos empapando la cara de él. Raúl sonrió triunfante, quitándose los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de necesidad. Elena la tomó en mano, sintiendo el pulso furioso, el calor abrasador. La masturbó despacio, saboreando la gota perlada en la punta con la lengua, salada y adictiva.
—Te quiero adentro, ya —exigió ella, guiándolo a su entrada. Entró de un embiste suave pero profundo, llenándola hasta el fondo. Ambos gimieron al unísono, el sonido reverberando en la noche quieta. Se movieron en sincronía perfecta: él embistiendo con fuerza controlada, ella clavándole talones en la grupa. El slap-slap de carne contra carne era hipnótico, sudor goteando, mezclado con el olor terroso de sexo.
Raúl la volteó a cuatro patas, manos en sus caderas, penetrándola más hondo. —¡Qué chingona te sientes, mamacita! —gruñó, nalgada juguetona haciendo eco. Elena empujaba hacia atrás, persiguiendo el roce en su punto G, pechos balanceándose libres. El segundo clímax la alcanzó rugiendo, paredes internas apretándolo como un puño. Él no tardó: con un bramido gutural, se derramó dentro, chorros calientes inundándola, cuerpos colapsando en un enredo sudoroso.
Se quedaron así, jadeantes, el viento fresco secando sus pieles brillantes. Abajo, los cantos de la procesión llegaban lejanos, como un eco de su propia pasión blasfema. Raúl la besó en la frente, tierno ahora. —Eres mi redención, güerita.
Elena sonrió, trazando el tatuaje una vez más.
Diablo en la Pasión de Cristo. Mi diablo personal.El vacío se había llenado de algo nuevo: deseo saciado, pero con promesa de más. Bajaron del mirador tomados de la mano, el amanecer tiñendo el cielo de rosa. En San Miguel, la Semana Santa seguía, pero para ella, la verdadera pasión acababa de comenzar.