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Cañaveral de Pasiones Capítulo 27

5995 palabras

Cañaveral de Pasiones Capítulo 27

El sol se ponía sobre el cañaveral de pasiones, tiñendo las hojas verdes de un rojo ardiente que me hacía hervir la sangre. Yo, Ana, viuda de un hacendado que dejó este paraíso de caña en Veracruz como herencia, caminaba entre los surcos altos, sintiendo el aire húmedo pegarse a mi piel como una caricia prohibida. Hacía meses que no sentía un hombre, pero Javier, el capataz, con su piel morena curtida por el sol y esa sonrisa pícara que me derretía, había encendido algo en mí que no podía apagar.

¿Por qué carajos me pongo así nomás de verlo? Ese wey me tiene loca, neta.
Pensé mientras el viento susurraba entre las cañas, un sonido como gemidos lejanos que me erizaba la piel. Llevaba un vestido ligero de algodón, sin nada debajo, porque sabía que él vendría esta noche, como en nuestros encuentros secretos. Era el capítulo 27 de nuestra propia historia, cañaveral de pasiones capítulo 27, como le decía yo en broma, refiriéndome a esas novelas rancheras que leía a escondidas.

Javier apareció de repente, saliendo de un pasillo de cañas como un jaguar. Sus ojos negros me devoraron de arriba abajo. —Órale, mamacita, ¿ya andas lista pa'l desmadre? dijo con esa voz ronca, agarrándome la cintura con manos callosas que olían a tierra y sudor fresco. Su aliento cálido rozó mi cuello, y yo sentí un cosquilleo que me bajó directo al ombligo.

—Ven pa'cá, pendejo —le respondí, jalándolo hacia mí. Nuestros labios se chocaron en un beso hambriento, saboreando el salado de su piel mezclado con el dulce de la caña que masticaba a veces. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, y yo gemí bajito cuando sus dedos ásperos rozaron mi concha ya húmeda. El aire estaba cargado del aroma terroso del cañaveral, mezclado con nuestro deseo que olía a almizcle y promesas.

Nos dejamos caer entre las cañas altas, que nos ocultaban como un velo verde. El suelo estaba suave con hojarasca seca, crujiendo bajo nosotros como un susurro cómplice. Javier me quitó el vestido de un tirón, dejando mis tetas al aire fresco de la noche. Las miró con hambre, lamiéndose los labios. —Estás chingona, Ana. Tus chichis me vuelven loco.

Yo me reí, un poco nerviosa pero empoderada, porque aquí, en nuestro rincón del mundo, yo mandaba. Le desabroché la camisa, sintiendo los músculos duros de su pecho bajo mis palmas. Su piel ardía, y el olor de su sudor macho me mareaba. Bajé la mano a su pantalón, palpando la verga tiesa que empujaba contra la tela. —Mira nomás qué prieta está tu pija, cabrón. Ya quiero probarla.

Él gruñó, volteándome sobre la hojarasca. Su boca capturó una teta, chupando el pezón con fuerza, enviando chispas de placer directo a mi clítoris. Lamía y mordisqueaba, mientras su mano se colaba entre mis piernas, frotando mi botón hinchado con círculos lentos. Yo arqueé la espalda, el sonido de las cañas moviéndose con la brisa mezclándose con mis jadeos.

¡Ay, Diosito! Esto es puro fuego, no aguanto más.

La tensión crecía como una tormenta. Javier se incorporó, quitándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, apuntando al cielo estrellado. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso caliente, el calor subiendo por mi brazo. La masturbé despacio, viendo cómo él cerraba los ojos y gemía, el sonido gutural vibrando en mi pecho. Bajé la cabeza y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado y ligeramente dulce, como el jugo de caña.

—Chúpamela, reina —suplicó él, enredando los dedos en mi pelo. Yo obedecí, metiéndomela hasta la garganta, succionando con ganas. El sabor de su piel, el olor de su pubis rizado, todo me volvía loca. Él empujaba suave, respetando mi ritmo, porque esto era nuestro, consensual y ardiente. Mis jugos corrían por mis muslos, el aire fresco secándolos un poco, pero el calor entre nosotros lo avivaba todo.

De pronto, me levantó y me sentó en su regazo, cara a cara. Nuestros ojos se clavaron, y ahí vi el amor crudo, el deseo puro. —Te quiero dentro, Javier. Chíngame ya. Él sonrió, esa sonrisa de chavo travieso, y me penetró de un solo empujón lento. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, mis uñas clavándose en su espalda ancha.

Empezamos a movernos, un ritmo primero suave, como el vaivén de las cañas. Su verga entraba y salía, rozando mi punto G con cada embestida, haciendo que mi concha se contrajera alrededor de él. El sonido era obsceno: chapoteos húmedos, piel contra piel, nuestros gemidos mezclados con el crujir de las hojas. Sudábamos a mares, el olor salobre envolviéndonos como una nube erótica. Yo cabalgaba más fuerte, mis tetas botando contra su pecho, sintiendo sus manos amasando mi culo.

Neta, esto es el paraíso. Su verga me parte en dos, pero qué rico duele.
La intensidad subía, mis músculos temblando, el orgasmo acechando como un león. Él aceleró, gruñendo en mi oído: —Me vengo, Ana, no aguanto. Yo apreté más, queriendo ordeñarlo. —Dámelo todo, mi amor.

Explosamos juntos. Mi concha se convulsionó en oleadas de placer cegador, chorros de jugo empapando su verga. Él rugió, llenándome con chorros calientes que sentía chorrear dentro. Colapsamos, jadeando, cuerpos pegajosos unidos. El cañaveral susurraba alrededor, testigo mudo de nuestro clímax.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados bajo las estrellas. Su mano acariciaba mi pelo, mi cabeza en su pecho oyendo su corazón galopante calmarse. Olía a sexo, a nosotros, a tierra fértil. —Eres mi todo, Ana. Este cañaveral es testigo de nuestro amor.

Yo sonreí, besando su piel salada.

Capítulo 27 completito, y vendrán más. Aquí, en el corazón de las pasiones.
La noche nos mecía, prometiendo más fuego en las sombras verdes.

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