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La Pasion de Ana Catalina Emmerick

8642 palabras

La Pasion de Ana Catalina Emmerick

Ana Catalina Emmerick se despertó esa mañana con un calor que le subía desde el estómago hasta el pecho, como si su cuerpo entero ardiera en una fiebre inexplicable. Vivía en un departamento luminoso en la Condesa, con vistas a los jacarandas que ya empezaban a soltar sus flores moradas. Era una mujer de treinta y cinco años, de curvas generosas y piel morena que brillaba bajo el sol de México. Trabajaba como editora en una pequeña editorial, rodeada de libros que hablaban de pasiones místicas y amores eternos. Pero últimamente, la pasión de Ana Catalina Emmerick —así se llamaba ella misma en sus pensamientos más íntimos, inspirada en las visiones de la beata que tanto admiraba— se había transformado en algo carnal, urgente, que le hacía apretar las piernas al caminar por la calle.

Ese día, mientras tomaba su café negro en la terraza, oyó la risa grave de Javier, su vecino del piso de arriba. Javier era un arquitecto chido, de esos que diseñaban casas modernas con piscinas infinitas, alto, con barba recortada y ojos cafés que te miraban como si ya te hubieran desnudado. Habían platicado un par de veces en el elevador, intercambiando chistes sobre el tráfico de la ciudad y el pinche calor que no daba tregua.

¿Y si hoy le digo algo más? ¿Y si le invito un cafecito?
pensó Ana, sintiendo un cosquilleo en el vientre. El aroma del café se mezclaba con el de las flores del jardín, y el sol le calentaba la nuca, haciendo que su blusa de algodón se pegara un poco a sus pechos.

¡Órale, Ana! —la saludó él, bajando las escaleras con una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales—. ¿Qué onda? ¿Ya estás lista pa'l fin de semana?

Ella sonrió, mordiéndose el labio inferior. —Neta, wey, necesito un descanso. ¿Tú qué planes?

La charla fluyó fácil, como siempre. Hablaron de todo y nada, hasta que Javier soltó: —Oye, ¿y si nos echamos unas cheves en mi depa esta noche? Tengo una terraza con vista chingona al skyline.

Ana sintió que su pulso se aceleraba. Sí, carajo, sí. —Va, le dijo, con la voz un poco ronca.

La tarde pasó lenta, llena de anticipación. Ana se duchó, dejando que el agua caliente resbalara por su cuerpo, imaginando las manos de Javier en lugar del jabón. Se puso un vestido rojo ligero, sin bra, sintiendo sus pezones endurecerse contra la tela. El olor de su perfume, jazmín y vainilla, la hacía sentir poderosa, deseable.

Acto primero cerrado: la invitación aceptada, la tensión latiendo como un tambor en su pecho.

Arriba, en la terraza de Javier, las luces de la ciudad empezaban a encenderse como estrellas artificiales. Él había puesto música suave, cumbia rebajada que hacía mover las caderas sin querer. Abrieron unas chelas frías, el sonido del gas escapando como un suspiro. —Salud por las pasiones ocultas, brindó él, guiñándole el ojo.

Ana rio, pero por dentro ardía.

La pasión de Ana Catalina Emmerick no es solo espiritual, es esta hambre que me come viva
. Se sentaron cerca, tan cerca que sus rodillas se rozaban. Hablaron de libros —ella le contó de las visiones místicas que editaba, de cómo la pasión de Ana Catalina Emmerick le había marcado la vida—. Él la escuchaba atento, su mano rozando accidentalmente la suya al pasar la cerveza.

El alcohol aflojó las lenguas y los cuerpos. Javier se inclinó, su aliento cálido con olor a malta rozándole la oreja. —¿Sabes? Me fascina cómo hablas de eso. Suena... intenso.

Ella giró la cara, sus labios a milímetros. —Intenso es poco, carnal.

El beso llegó como una ola, suave al principio, explorando. Sus bocas se abrieron, lenguas danzando con sabor a cerveza y deseo. Ana sintió el calor de su mano en la nuca, tirando suave de su cabello. El mundo se redujo a eso: el roce áspero de su barba en su piel suave, el gemido bajo que escapó de su garganta.

Pero se separaron, jadeantes. —No quiero apurarme, murmuró él, con los ojos oscuros de lujuria. Ella asintió, aunque su cuerpo gritaba lo contrario. Cenaron tacos de la esquina —carne asada jugosa, cebolla crujiente, salsa picosa que les hacía sudar—. Cada bocado era una promesa, cada mirada un fuego lento.

La noche avanzaba, el aire fresco de la ciudad trayendo olores de comida callejera y escape de autos. Javier la tomó de la mano, llevándola adentro. Su depa era minimalista, con muebles de madera y arte mexicano en las paredes. Se sentaron en el sofá, y esta vez no hubo freno. Sus manos exploraron: él deslizando los dedos por su muslo, subiendo el vestido hasta sentir la humedad entre sus piernas. Ana jadeó, arqueándose. —Pinche Javier, me tienes loca.

Él sonrió, juguetón. —Pos yo también, morra. Eres fuego puro.

Acto dos: la escalada. Ana lo empujó contra el sofá, montándose a horcajadas. Le quitó la camiseta, besando su pecho ancho, lamiendo el sudor salado que ya perlaba su piel. Sus pezones duros rozaban el torso de él, enviando chispas de placer directo a su centro. Javier gruñó, manos amasando sus nalgas firmes, apretando hasta dejar marcas rojas.

Quítate eso, ordenó ella, voz ronca. El vestido voló, quedando desnuda ante él. Sus pechos pesados se mecían, pezones cafés erectos pidiendo atención. Javier los tomó en la boca, succionando con hambre, mordisqueando suave. Ana gimió alto, el sonido rebotando en las paredes.

Esto es mi visión, mi éxtasis verdadero
.

Se besaron de nuevo, feroz, mientras ella desabrochaba su jeans. Su verga saltó libre, dura, venosa, palpitante. Ana la tomó en la mano, sintiendo el calor, la suavidad de la piel sobre el acero. La masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos, gimiendo mierda, qué rico. Bajó la cabeza, lamiendo la punta, saboreando el precum salado, almendrado. Lo chupó profundo, garganta relajada, oyendo sus jadeos entrecortados.

Ya, ven pa'cá. La levantó, llevándola a la cama king size con sábanas frescas de algodón egipcio. La tendió boca arriba, besando cada centímetro: cuello, clavículas, vientre suave. Llegó a su monte de Venus, depilado suave, labios hinchados brillando de excitación. El olor almizclado de su arousal lo invadió, embriagador. Lamió despacio, lengua plana sobre el clítoris, círculos precisos. Ana se retorcía, uñas clavándose en su cabeza, caderas alzándose. —¡Ay, cabrón, no pares! ¡Más fuerte!

Él obedeció, dedos entrando en su coño empapado, curvándose contra ese punto que la hacía gritar. Ella venía cerca, el orgasmo construyéndose como tormenta, músculos tensos, aliento entrecortado. Pero él se detuvo, subiendo para penetrarla de un golpe. Ana gritó de placer, sintiéndolo llenarla por completo, grueso, golpeando profundo.

Follaron como animales: ella encima, cabalgando salvaje, pechos rebotando, sudor goteando. Él de lado, cucharita, mano en su clítoris mientras embestía. Misionero, piernas sobre hombros, besos hambrientos. Cada cambio era más intenso, piel contra piel chapoteando, olores de sexo impregnando el aire —sudor, fluidos, esencia pura.

La tensión psicológica explotó en confesiones: —Desde que te vi, soñé con esto, admitió ella, mientras él la follaba lento. —Eres mi adicción, Ana, respondió él, mordiendo su hombro.

Acto tres: el clímax. Javier aceleró, bolas golpeando su culo, gruñendo. —Me vengo, morra. Ella apretó alrededor, viniéndose primero en olas demoledoras, coño contrayéndose, grito primal escapando. Él la siguió, llenándola de leche caliente, pulsos interminables.

Colapsaron, entrelazados, respiraciones calmándose. El afterglow era dulce: besos suaves, caricias perezosas. Ana trazaba círculos en su pecho, oliendo su piel mezclada con la suya.

La pasión de Ana Catalina Emmerick se ha cumplido, no en visiones, sino en carne viva
.

¿Otra ronda? preguntó él, pícaro.

Ella rio, girándose para besarlo. —Neta, wey, no me tientes. Pero lo hizo, y la noche se extendió en rondas lentas, exploratorias, hasta el amanecer tiñendo el cielo de rosa.

Al día siguiente, Ana bajó a su depa con piernas temblorosas, sonrisa permanente. La pasión no era mística; era esto: conexión, placer compartido, el latido de dos corazones sincronizados. Y sabía que la pasión de Ana Catalina Emmerick apenas comenzaba.

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