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Novela Pasión Prohibida

8022 palabras

Novela Pasión Prohibida

Me llamo Valeria, tengo veintiocho años y vivo en esa casa grande en Coyoacán donde mi hermana Lupe y su marido Alejandro comparten el piso de arriba. Neta, desde el día que Lupe se casó con él hace dos años, no pude evitar notarlo. Alejandro, con su piel morena curtida por el sol de los partidos de fut en el parque, sus ojos negros que te atraviesan como si supieran todos tus secretos. Yo abajo, sola desde que mi novio pendejo me dejó por una morra de Instagram, y ellos arriba, fingiendo ser la pareja perfecta. Pero hay algo en el aire de esta casa, un calor que sube por las escaleras como el olor a mole que prepara mi mamá los domingos.

Todo empezó una noche de esas de julio, cuando el bochorno de la Ciudad de México te pega en la cara como una cachetada. Lupe había salido a una junta de su trabajo en Polanco, y yo me quedé viendo la tele en la sala, con el ventilador zumbando como loco. Alejandro bajó por agua, descalzo, en shorts y playera sin mangas que marcaba sus brazos fuertes de tanto cargar bultos en la ferretería.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es mi cuñado, güey, contrólate
, pensé mientras lo veía servirse un vaso. El sudor le brillaba en el cuello, y olía a ese jabón Axe que usa, mezclado con su aroma varonil, puro hombre.

—Órale, Vale, ¿qué onda? ¿No te vas a dormir? —me dijo con esa sonrisa chueca que me deshace.

—Nah, hace un chingo de calor. ¿Y Lupe?

—Llega tarde, carnala. ¿Quieres una chela?

Asentí, y ahí nomás, nos sentamos en el sofá, platicando de pendejadas: el tráfico en Insurgentes, el América que la armó en el Azteca. Pero sus ojos se clavaban en mis labios cuando hablaba, y yo sentía su pierna rozar la mía accidentalmente. O no tan accidental. El roce de su piel áspera contra mi muslo suave me erizó la piel, como si un relámpago me recorriera la espalda. Pura pasión prohibida, se me cruzó por la mente, recordando esa novela que leí de joven, llena de amores imposibles como el nuestro.

Al día siguiente, la tensión era palpable. Lupe andaba de malas por el trabajo, y Alejandro me buscaba con la mirada en la cocina mientras preparaba tacos de carnitas. El vapor del comal subía con olor a cebolla dorada y cilantro fresco, y él se paró detrás de mí para alcanzar la salsa. Su pecho rozó mi espalda, y juro que sentí su verga semi-dura contra mi culo.

¡Madre santa, qué rico se siente! Pero no, Valeria, es tu cuñado
. Me mordí el labio, el pulso acelerado, el calor entre mis piernas creciendo como un fuego lento.

Pasaron días así, miradas robadas, toques "accidentales". Una tarde, Lupe se fue de fin de semana a Guadalajara con unas amigas, y nos quedamos solos en la casa. El sol se ponía tiñendo el cielo de rosa y naranja sobre los árboles de Coyoacán, y el ruido de los mariachis lejanos en la plaza se colaba por la ventana. Alejandro preparó pozole, el caldo humeante llenando la cocina con aroma a maíz y chile guajillo, especias que picaban en la nariz y avivaban el hambre... de todo tipo.

—Ven, siéntate conmigo —me dijo, sirviéndome un plato enorme.

Comimos en silencio al principio, pero el tequila que sacó de la alacena aflojó las lenguas. Hablamos de nuestras vidas, de cómo Lupe siempre anda ocupada, de lo solo que se siente a veces. Sus manos grandes envolvieron las mías sobre la mesa, y el tacto rugoso de sus callos me hizo jadear bajito.

—Valeria, no aguanto más. Desde que te vi esa primera vez, con tu falda ajustada... neta, me vuelves loco.

Mi corazón tronaba como tamborazo zacatecano.

Esto es una novela de pasión prohibida, pero qué chido se siente ser la protagonista
. Lo miré a los ojos, y sin palabras, me levanté y lo besé. Sus labios carnosos sabían a tequila y limón, ásperos contra los míos suaves. Me cargó como si no pesara nada, sus brazos de hierro apretándome contra su torso duro. Subimos las escaleras, el corazón latiéndome en la garganta, el olor de su sudor fresco invadiéndome.

En su recámara, la de arriba, me tiró en la cama king size que compartía con Lupe. La sábana olía a ella, a su perfume floral, pero pronto se impregnaría de nosotros. Se quitó la playera, revelando su pecho velludo, pectorales firmes que subían y bajaban con agitación. Yo me desabroché la blusa despacio, dejando ver mis tetas llenas, pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta.

Qué mamadas tan ricas, Vale —gruñó, bajando a chuparlas.

Su boca caliente las envolvió, lengua girando alrededor del pezón, succionando con fuerza que me arqueó la espalda. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. Bajó más, besando mi vientre suave, lamiendo el ombligo mientras sus dedos desabotonaban mis jeans. El zipper bajó con un zumbido metálico, y sentí el aire fresco en mi concha ya empapada, oliendo a deseo puro, almizclado.

Me quitó todo, quedando desnuda ante él. Sus ojos devoraban mis curvas, mis caderas anchas mexicanas, mi culo redondo. Se arrodilló y separó mis piernas, inhalando profundo.

—Hueles a miel, carnala. Quiero comerte entera.

Su lengua tocó mi clítoris primero, un roce eléctrico que me hizo gritar. Lamía despacio, saboreando mis jugos salados y dulces, chupando con labios suaves mientras metía un dedo grueso dentro de mí. ¡Ay, Dios! El sonido húmedo de su boca en mi coño, chapoteando, mezclado con mis jadeos y el zumbido del ventilador. Bombeaba el dedo, curvándolo para tocar ese punto que me volvía loca, y agregué otro, estirándome, preparándome para él. Mi cuerpo temblaba, sudor perlando mi piel, el olor de sexo llenando la habitación como incienso prohibido.

—Alejandro, chíngame ya, por favor —supliqué, voz ronca.

Se levantó, quitándose los shorts. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza morada brillando de pre-semen. Neta, era enorme, como quince centímetros de puro placer prohibido. Me abrió las piernas más, frotándola contra mi entrada resbalosa. El roce de su piel caliente contra la mía me hizo gemir, pulsos latiendo en mi clítoris.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulgada llenándome hasta el fondo.

Esto es lo que necesitaba, ser follada como mujer, no como hermana soltera
. Empezó a moverse, lento al principio, sus caderas chocando contra las mías con palmadas suaves. El colchón crujía, nuestros cuerpos sudados resbalando, olor a sexo intenso, piel salada.

Aceleró, follándome fuerte, sus bolas golpeando mi culo. Agarré sus nalgas musculosas, clavando uñas, urgiéndolo más profundo. ¡Qué rico, pendejo, así! Gemía yo, él gruñía como animal, besándome el cuello, mordiendo suave. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo, mis tetas rebotando, su verga tocando mi cervix con cada bajada. El sudor nos unía, resbaloso, mis jugos chorreando por sus huevos. El clímax subió como ola, mis paredes apretándolo, ordeñándolo.

—Me vengo, cabrón —grité, explotando en espasmos, visión nublada, cuerpo convulsionando.

Él se tensó, verga hinchándose, y eyaculó dentro, chorros calientes bañando mis entrañas. Rugió mi nombre, aferrándome fuerte. Colapsamos, jadeando, corazones galopando al unísono. Su semen goteaba de mí, cálido, pegajoso, mezclándose con mis jugos en las sábanas.

Nos quedamos así, abrazados en el afterglow, su mano acariciando mi pelo húmedo, besos suaves en la frente. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada.

Esto fue una novela de pasión prohibida hecha realidad, pero ¿y ahora qué? Lupe no puede saber
. Susurró que me amaba en secreto, que esto no acababa aquí. Yo sonreí, sabiendo que el fuego solo empezaba. Afuera, la noche de Coyoacán susurraba promesas, y en mi corazón, el eco de su placer perduraba.

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