En la Iglesia La Pasión
La noche caía sobre el pueblo como un manto pesado, cargado de ese calor pegajoso que solo el verano mexicano sabe traer. Iglesia La Pasión se erguía en la plaza principal, con sus torres blancas brillando bajo la luna llena, como si invitara a los pecados que sus muros habían visto durante siglos. Yo, Ana, había crecido entre esos bancos de madera pulida, oliendo a incienso y velas derretidas. Cada domingo, después de la misa, me quedaba rezando, pero esa noche era diferente. Mi corazón latía con fuerza, un tambor que retumbaba en mi pecho, mientras esperaba a él.
Marco era el nuevo tenor del coro, un moreno alto con ojos negros que parecían devorar todo a su paso. Llegó hace un mes de la ciudad, con esa sonrisa pícara que hacía que las señoras del pueblo cuchichearan. Neta, desde la primera vez que lo vi cantar "Ave María", sentí un fuego entre las piernas que no se apagaba con oraciones. "Qué wey tan chulo", pensé esa tarde, mientras lo espiaba desde mi banca. Su voz grave me erizaba la piel, y el olor a su colonia, mezclado con el sudor fresco de la práctica, me volvía loca.
Entré por la puerta lateral, la que cruje como un susurro culpable. El aire dentro era fresco, contrastando con la humedad de afuera, y el silencio solo roto por el eco de mis pasos en el piso de losa fría. Las velas parpadeaban en el altar, lanzando sombras danzantes sobre las imágenes de santos que parecían mirarme con reproche. Pero yo no venía a pedir perdón. Venía por pasión.
¿Y si alguien nos ve? ¿Y si el padre Raúl regresa de su junta? No, Ana, no seas pendeja. Él te espera, y tú lo deseas más que a nada.
Lo encontré en la sacristía, ajustando su sotana de coro. Al verme, su rostro se iluminó con esa sonrisa que me deshacía. "Órale, mi reina, llegaste", murmuró, cerrando la puerta con un clic suave. Su voz era como terciopelo raspado, y cuando se acercó, sentí su calor antes de tocarlo. Olía a jabón de lavanda y a hombre, ese aroma almizclado que me hacía salivar.
Sus manos grandes tomaron mis mejillas, y me besó con hambre contenida. Sus labios eran firmes, con sabor a menta y deseo. Gemí bajito cuando su lengua se coló en mi boca, explorando, reclamando. Mis pechos se apretaron contra su torso duro, y sentí sus músculos tensarse bajo la tela fina. "Te extrañé todo el día, carnala", susurró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Un escalofrío me recorrió la espalda, y mis pezones se endurecieron al instante, rozando el encaje de mi blusa.
Acto uno apenas empezaba. Nos separamos un segundo, jadeantes, mirándonos con ojos en llamas. "Aquí, en Iglesia La Pasión, ¿no te da cosa?", pregunté, medio en broma, pero con el pulso acelerado. Él rio bajito, ese sonido ronco que me mojaba. "Al contrario, mi amor. Estos muros han visto más pecados que confesiones. Y el nuestro va a ser el más chido". Me tomó de la mano y me llevó al altar menor, donde las flores frescas perfumaban el aire con jazmín y rosas.
Nos arrodillamos en el reclinatorio, pero no para rezar. Sus dedos hábiles desabotonaron mi blusa, dejando al aire mis senos plenos, coronados de pezones oscuros y erectos. El aire fresco los besó primero, haciendo que se arrugaran más. Marco suspiró, embelesado. "Míralos, qué hermosos, como frutas maduras". Se inclinó y lamió uno, lento, con la lengua plana y caliente. Sentí un rayo de placer directo a mi entrepierna, y mis bragas se empaparon al instante. "Ah, Marco... sí...", gemí, arqueando la espalda.
Mientras chupaba y succionaba, su mano bajó por mi falda, subiendo por el muslo suave hasta encontrar el calor húmedo. "Estás chorreando, mi reina", dijo con voz ronca, frotando mi clítoris por encima de la tela. El roce era eléctrico, un cosquilleo que me hacía retorcer. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce y salado que llenaba el espacio sagrado. Le quité la sotana, revelando su pecho velludo y definido, y bajé la mano a su pantalón. Estaba duro como piedra, latiendo bajo mis dedos. "Qué verga tan rica tienes, wey", le dije juguetona, apretando.
La tensión crecía como una tormenta. Nos besamos de nuevo, fieros, mientras nos desnudábamos mutuamente. Su piel contra la mía era fuego puro: sudor salado en mi lengua cuando lamí su cuello, el roce áspero de su barba en mis tetas, el pulso acelerado de su corazón bajo mi palma. Me recostó en el altar, sobre el mantel bordado, y separó mis piernas. El mármol frío contra mi espalda contrastaba con su boca caliente en mi coño. Lamía despacio, saboreando cada pliegue, chupando mi jugo con gemidos de placer. "Sabes a miel, Ana, a pura delicia mexicana". Mis caderas se movían solas, empujando contra su cara, mientras sus dedos entraban y salían, curvándose para tocar ese punto que me volvía loca.
No puedo más, Dios mío, perdóname, pero esto es el paraíso. Su lengua... ay, su lengua me está matando de gusto.
El medio acto ardía. Le pedí que se pusiera de pie, y me arrodillé ante él, como en confesión, pero esta vez para adorarlo. Tomé su verga gruesa en la mano, sintiendo las venas pulsantes, el calor que emanaba. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado. Él gruñó, enredando los dedos en mi cabello. "Sí, mámale, mi chula". La chupé profunda, dejando que tocara mi garganta, mientras mis manos masajeaban sus bolas pesadas. El sonido de succión y sus jadeos llenaban la iglesia, eco pecaminoso en las bóvedas altas.
No aguantamos más. Me levantó como si no pesara, y me penetró de pie, contra la pared del baptisterio. Su polla entró de un golpe, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. "¡Ay, cabrón, qué grande!", grité, pero él tapó mi boca con la suya. Embestía fuerte, rítmico, el slap-slap de carne contra carne resonando como un tambor prohibido. Sentía cada vena rozando mis paredes, su glande golpeando mi cervix con placer punzante. Mis uñas se clavaban en su espalda, dejando marcas rojas, mientras el sudor nos unía, resbaloso y caliente.
Cambié de posición, montándolo en un banco. Yo arriba, controlando, rebotando con fuerza. Sus manos amasaban mis nalgas, abriéndolas, un dedo rozando mi ano con promesa futura. "Me vas a hacer venir, Ana, neta", jadeó. Yo aceleré, mis tetas botando, el clítoris frotando su pubis. El orgasmo me golpeó como un rayo: contracciones violentas, jugos chorreando por sus bolas, un grito ahogado que salió de mi alma. Él me siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándome de semen caliente, pulsación tras pulsación.
Colapsamos juntos, jadeantes, envueltos en el olor a sexo crudo: sudor, semen, mi crema. El incienso ahora se mezclaba con nuestro aroma, un perfume blasfemo en Iglesia La Pasión. Me besó la frente, tierno. "Eres mi todo, mi pasión eterna". Yo sonreí, trazando su pecho con el dedo.
Aquí, en este templo, encontramos nuestro cielo. Que Dios entienda, porque yo no me arrepiento de nada.
Nos vestimos despacio, robándonos besos y caricias. Salimos tomados de la mano, bajo la luna que nos guiñaba el ojo. Iglesia La Pasión se quedó atrás, testigo silencioso de nuestra unión. Mañana volvería a misa, pero ahora sabía que la verdadera fe ardía en el deseo compartido. Y qué chido se sentía.