Pasión India Javier Moro
En el corazón de Polanco, donde las luces de los restaurantes brillan como estrellas caídas, Ana se recostó en el sofá de su departamento con el libro en las manos. Pasión India de Javier Moro. Lo había comprado esa tarde en la librería de la esquina, atraída por la portada exótica y el título que prometía fuegos prohibidos. El aroma del incienso que acababa de encender flotaba en el aire, mezclándose con el perfume de jazmín que usaba siempre para sentirse más viva. Hojeó las primeras páginas y sintió un cosquilleo en la piel, como si las palabras de Moro la tocaran directamente.
"La pasión india no se explica, se vive en cada roce, en cada mirada que quema como el sol de Rajastán."Leyó en voz alta, imitando el acento exótico que imaginaba. Su cuerpo respondió al instante: los pezones se endurecieron bajo la blusa de seda fina, y un calor húmedo se extendió entre sus muslos. Neta, ¿por qué un libro podía ponerla así de caliente? Ana era una chava de veintiocho años, publicista en una agencia fancy, con curvas que volvían locos a los morros del gym, pero llevaba meses sin un buen revolcón. La última vez había sido con un pendejo que no sabía ni dónde estaba el clítoris.
Decidió salir esa noche. Se puso un vestido rojo ajustado que marcaba su nalgona perfecta, tacones altos y labial carmín. Bajó al bar del hotel vecino, uno de esos lugares con cocteles indios y música lounge. Ahí lo vio: alto, moreno, con ojos oscuros que parecían sacados de las páginas de Pasión India Javier Moro. Se llamaba Diego, originario de Guadalajara pero viviendo en la CDMX por trabajo. Ingeniero en una transnacional, con esa vibra de macho tapatío que la ponía a mil.
—Órale, qué chido libro —dijo él, notando la portada en su bolso—. ¿Ya lo leíste? Esa pasión india que describe Javier Moro es de locos, ¿verdad? Me lo recomendó un cuate en un viaje a Delhi.
Ana sonrió, sintiendo el pulso acelerarse. El olor a su colonia, madera y especias, la envolvió como un abrazo. Pidieron un lassi con ron y charlaron horas. Diego contaba anécdotas de India, de bazares llenos de sedas y especias que picaban en la lengua, igual que las historias de Moro. Cada palabra avivaba la tensión en el vientre de Ana. ¿Y si esta noche vivo mi propia pasión india? pensó, cruzando las piernas para calmar el ardor.
La noche avanzaba, el bar se vaciaba. Diego rozó su mano al pasar el vaso, un toque eléctrico que subió por su brazo hasta los senos. Ella no la retiró. Al contrario, entrelazó los dedos, notando la aspereza de su piel, curtida por el sol mexicano.
—Ven a mi depa, está cerca —susurró ella, la voz ronca de deseo.
Él asintió, pagó la cuenta y la siguió. En el elevador, ya no pudieron aguantar. Diego la acorraló contra la pared, besándola con hambre. Sus labios sabían a mango y alcohol dulce, la lengua explorando su boca como un tigre en la jungla. Ana gimió bajito, sintiendo su verga dura presionando contra su pubis. El ding del elevador los separó, pero el fuego ya ardía sin control.
Adentro, cerró la puerta y lo jaló al sofá. Se quitó el vestido de un tirón, quedando en tanga negra y bra de encaje. Diego la miró como si fuera una diosa hindú, los ojos brillando.
—Eres más ardiente que cualquier pasión india Javier Moro —murmuró, quitándose la camisa para revelar un pecho musculoso, velludo justo como le gustaba.
Acto dos: la escalada. Ana lo empujó al sofá y se sentó a horcajadas, frotando su panocha mojada contra la protuberancia de sus jeans. El roce era delicioso, tela contra tela, calor contra calor. Él gruñó, manos grandes amasando sus tetas, pellizcando los pezones hasta que ella jadeó. No mames, qué bien se siente esto, pensó Ana, mientras bajaba la cremallera y liberaba su verga gruesa, venosa, palpitante. La olió primero, ese olor almizclado de hombre excitado que la volvía loca. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Diego maldijo en tapatío:
—Cabróna, qué rica chupas... Sigue, mija.
Ella lo hizo, tragándosela hasta la garganta, sintiendo cómo latía en su boca. Él la levantó entonces, la tumbó y le arrancó la tanga. El aire fresco besó su coño empapado, los labios hinchados brillando de jugos. Diego se hincó y hundió la cara ahí, lengua danzando en su clítoris como una serpiente sagrada. Ana arqueó la espalda, uñas clavándose en sus hombros, el sonido de su chupeteo húmedo llenando la habitación. Olía a sexo puro, a deseo fermentado. Es mejor que el libro, neta, se dijo, mientras olas de placer la sacudían.
Pero quería más. Lo jaló arriba, guiando su verga a su entrada. Entró de un embestida, llenándola por completo. Gritó de gusto, piernas envolviéndolo. Empezaron a chingar lento, profundo, sintiendo cada vena rozar sus paredes internas. El sudor perlaba sus cuerpos, goteando, mezclándose. Diego aceleró, caderas chocando con palmadas rítmicas, sus bolas golpeando su culo. Ana clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas como henna india.
—Más fuerte, pendejo, dame toda la pasión india —exigió ella, y él obedeció, volteándola a cuatro patas.
Desde atrás, la penetró salvaje, una mano en su clítoris frotando círculos, la otra jalando su pelo. El espejo del fondo reflejaba la escena: sus nalgas rebotando, tetas balanceándose, caras de puro éxtasis. Gemidos subían de tono, mezclados con el crujir del sofá. Ana sentía el orgasmo construyéndose, una tormenta en su vientre, pulsos acelerados en oídos como tambores de Bollywood.
Acto tres: la liberación. Explotó primero ella, coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer escapando. Gritó su nombre, cuerpo temblando, visión nublada por estrellas. Diego la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola de leche caliente que goteaba por sus muslos. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aroma era embriagador: sexo, incienso, jazmín marchito.
Se quedaron así un rato, acariciándose. Diego besó su cuello, suave ahora.
—Gracias por esta noche. Fue como vivir Pasión India de Javier Moro, pero en carne propia.
Ana sonrió, satisfecha, el cuerpo pesado de placer residual.
Quién iba a decir que un libro desataría esto. Mañana lo releo, a ver si pasa de nuevo.Se durmió en sus brazos, soñando con palacios indios y pasiones eternas, el corazón latiendo en paz.