La Pasion Sensual de Cristo Jim Caviezel
Estaba sola en mi depa en Polanco, con el aire acondicionado zumbando bajito y el olor a velas de vainilla flotando en el aire. La pantalla del tele grande iluminaba la sala con esa luz parpadeante, y yo, recostada en el sofá de terciopelo, no podía quitarle los ojos a La Pasion de Cristo con Jim Caviezel. Neta, cada vez que lo veía cargando esa cruz, sudando, con los músculos tensos bajo la piel bronceada, algo se me removía adentro. No era solo el dolor que mostraba, era esa intensidad, esa mirada profunda que te calaba hasta los huesos. Me imaginaba sus manos callosas tocándome, su aliento caliente en mi cuello.
¿Por qué carajos me pone tanto este wey sufriendo?me preguntaba, mientras mis dedos se colaban por debajo de mi blusita de encaje.
El sudor me perlaba la frente, igual que a él en la película. Apagué el tele de un jalón cuando la escena de la flagelación me dejó con el corazón latiendo a mil. Necesitaba aire, necesitaba algo. Me puse un vestidito negro ceñidito que me marcaba las curvas, unos tacones altos y salí al bar de la esquina, ese chido con luces tenues y jazz suave. El ambiente olía a tequila añejo y perfume caro. Pedí un margarita helado, el vaso empañado contra mis labios, y ahí lo vi. Sentado en la barra, con una cerveza en la mano, un morro que era clavadito a Jim Caviezel en La Pasion de Cristo. Ojos azules penetrantes, barba recortada, pelo ondulado. Neta, mi coño dio un brinco.
Me acerqué con paso felino, el corazón tronándome en el pecho. Órale, no mames, pensé. Él volteó, me miró de arriba abajo y sonrió con esa media luna que me derritió. "¿Qué onda, preciosa? ¿Vienes a salvarme de esta noche aburrida?" dijo con voz grave, como si saliera directo de la biblia pero con acento mexicano. Le contesté riendo, "Más bien tú pareces el que necesita un poco de pasión, como en La Pasion de Cristo con Jim Caviezel. ¿Has visto esa película? Ese wey me vuela la cabeza." Él arqueó la ceja, se acercó más, su colonia amaderada invadiendo mi espacio. "Ah sí, ¿y qué te prende tanto de eso? ¿El sufrimiento o el hombre detrás?" Sus dedos rozaron mi brazo, un toque eléctrico que me erizó la piel.
Charlamos un rato, coqueteando con miradas que quemaban. Se llamaba Alex, pero yo lo veía como Cristo en carne y hueso, fuerte, intenso. Me contó que era actor de teatro, que le gustaba meterse en papeles profundos.
Este carnal es perfecto, neta que Dios me lo mandó, pensé mientras su rodilla rozaba la mía bajo la mesa. La tensión crecía con cada sorbo, cada risa. "Vamos a mi hotel, está cerca. Quiero mostrarte mi 'pasión'", murmuró al oído, su aliento cálido oliendo a cerveza y deseo. Asentí, empapada ya entre las piernas. Salimos tomados de la mano, el viento nocturno de la Ciudad de México acariciándonos la piel, las luces de los autos zumbando alrededor.
En el lobby del hotel, elegante con mármol y flores frescas, nos besamos por primera vez. Sus labios eran firmes, su lengua explorando la mía con hambre contenida. Subimos al elevador, sus manos en mi cintura apretando, mi espalda contra la pared fría. Pum pum, mi pulso retumbaba. Entramos a la suite, luces bajas, cama king size con sábanas de algodón egipcio. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. "Eres una diosa, mamacita", gruñó, sus ojos devorándome. Yo le arranqué la camisa, sintiendo el calor de su pecho ancho, el vello rizado bajo mis uñas.
Nos tumbamos, piel contra piel, el olor a sudor fresco y excitación llenando la habitación. Sus manos grandes masajeaban mis tetas, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedritas. Gemí bajito, arqueándome.
Se siente como si estuviera pecando con el mismísimo Cristo, pero qué chingón pecado. Bajó la boca, lamiendo mi cuello, chupando mi clavícula, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Yo le mordí el hombro, saboreando la sal de su piel. Sus dedos se colaron entre mis muslos, encontrando mi panocha empapada. "Estás chorreando, ricura", dijo con voz ronca, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo en el punto que me hacía ver estrellas.
La tensión subía como lava. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado. "Métemela ya, pendejo", le supliqué juguetona, y él rio, posicionándose. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome, llenándome hasta el fondo. Aaah, el placer era cegador. Empezó a moverse, embestidas lentas al principio, profundas, el sonido de carne contra carne mezclándose con nuestros jadeos. El colchón crujía, las sábanas se enredaban en nuestras piernas sudorosas.
Aceleró, sus caderas chocando contra las mías, mis uñas clavándose en su espalda. "Más fuerte, carnal, dame tu pasión como Jim Caviezel en esa película", le dije entre gemidos, y él obedeció, follando con furia santa, sudando sobre mí. Olía a hombre puro, a sexo crudo. Mi clítoris rozaba su pubis con cada thrust, mandándome ondas de placer.
No aguanto, me voy a venir como nunca. Él gruñó, "Córrete conmigo, preciosa", y lo hice. El orgasmo me explotó, contrayéndome alrededor de su verga, gritando su nombre mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes inundándome.
Nos quedamos así, pegados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, su corazón latiendo contra el mío. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. "Eso fue la pasion más intensa de mi vida", murmuró, acariciándome el pelo. Yo sonreí, oliendo nuestro aroma mezclado en las sábanas.
La Pasion de Cristo con Jim Caviezel nada que ver con esto, esto es el paraíso real.
Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo sobre nuestros cuerpos exhaustos, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Sus manos me lavaban con ternura, yo le enjabonaba la verga, que se endureció de nuevo pero no hicimos nada, solo jugamos. Salimos envueltos en albornoz, pedimos room service: tacos al pastor y micheladas. Comimos en la cama, riendo de tonterías, hablando de películas y sueños. Alex me contó más de su vida, yo de la mía, y por un rato, el mundo se redujo a nosotros dos.
Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, me abrazó fuerte. "Vuelve cuando quieras mi pasión, diosa". Yo lo besé, saboreando sus labios una última vez, el sabor salado de la noche anterior. Bajé al lobby con las piernas flojas, el cuerpo zumbando de satisfacción. Caminando por las calles de Polanco, con el aroma a pan recién horneado y café, pensé en lo que acababa de vivir. No era solo sexo, era una conexión profunda, como si hubiera tocado lo divino a través de un hombre que parecía salido de La Pasion de Cristo Jim Caviezel. Sonreí para mí, lista para volver a pecar cuando el deseo me llamara de nuevo.