Pasión Capítulo 60 Fuego en las Venas
La noche en Polanco se sentía cargada de promesas, con el bullicio de la ciudad filtrándose por las ventanas entreabiertas de mi departamento. El aroma del café recién molido se mezclaba con el perfume de las gardenias que adornaban la mesa del comedor. Yo, Ana, llevaba semanas soñando con este momento. Capítulo 60 de nuestra pasión, pensé mientras me ponía el vestido rojo ceñido que sabía que lo volvía loco. Mi piel erizada anticipaba su toque, ese que me hacía sentir viva, deseada, como si el mundo entero se redujera a nosotros dos.
El timbre sonó y mi corazón dio un brinco. Abrí la puerta y ahí estaba él, Javier, con esa sonrisa pícara que iluminaba sus ojos cafés. Alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que abrazaban sus caderas. "¡Órale, mamacita! ¿Lista para quemarnos juntos?", dijo con esa voz ronca que me erizaba el alma. Lo jalé adentro, cerrando la puerta con un pie mientras mis labios buscaban los suyos. El beso fue suave al principio, un roce de lenguas que sabía a menta y deseo contenido.
Nos separamos un segundo, jadeantes. "Te extrañé, carnal", murmuré, pasando mis uñas por su nuca. Él me cargó como si no pesara nada, llevándome al sofá de piel suave. El aire estaba tibio, cargado del olor a su colonia, esa que siempre me recordaba noches de tequila y risas en cantinas de la Roma. Nos sentamos, sus manos grandes explorando mis muslos bajo la falda. Esto es solo el comienzo, pensé, sintiendo el calor subir por mi vientre.
—Cuéntame de tu día, mi reina —dijo él, besando mi cuello, inhalando mi perfume de vainilla.
—Aburrido sin ti. Solo pensaba en Pasión Capítulo 60, en cómo íbamos a escribirlo esta noche. —Le guiñé un ojo, recordando cómo apodábamos nuestras escapadas como capítulos de una novela erótica interminable.
Su risa vibró contra mi piel, enviando ondas de placer. Sus dedos subieron más, rozando el encaje de mis panties. Yo arqueé la espalda, gimiendo bajito. El sonido de la ciudad —cláxones lejanos, risas de transeúntes— se desvanecía, dejando solo el latido de nuestros corazones acelerados.
En el medio de la noche, la tensión se acumulaba como una tormenta. Javier me quitó el vestido con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de piel que revelaba. Mis pechos se liberaron, los pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. "Eres una chulada, Ana", gruñó, lamiendo uno con la lengua cálida y áspera. El sabor salado de mi piel lo enloquecía; lo sentía en cómo su verga se endurecía contra mi pierna.
Yo no me quedaba atrás. Desabroché su cinturón, liberando su miembro grueso y palpitante. Lo tomé en mi mano, sintiendo las venas hinchadas, el calor que emanaba como fuego líquido.
¡Qué chingón se siente esto! Cada vez más grande, más mío, pensé mientras lo masturbaba despacio, oyendo sus gemidos roncos. El olor a sexo empezaba a llenar la habitación, almizclado y embriagador.
Nos movimos al piso, alfombra persa bajo nosotros amortiguando los cuerpos. Él se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza. "Déjame probarte, preciosa". Su aliento caliente sobre mi concha me hizo temblar. La lengua entró en acción, lamiendo mis labios hinchados, chupando el clítoris con maestría. Saboreaba mis jugos, dulces y salados, gimiendo de placer. Yo enredé mis dedos en su pelo negro, jalándolo más cerca. ¡Sí, así, pendejo caliente! El placer subía en oleadas, mis caderas ondulando al ritmo de su boca.
Pero quería más. Lo empujé hacia atrás, montándome a horcajadas. Su verga rozaba mi entrada, resbaladiza de excitación. "Te voy a cabalgar hasta el amanecer", le dije, bajando despacio. Lo sentí entrar, centímetro a centímetro, llenándome por completo. El estiramiento delicioso, el roce de su glande contra mis paredes internas. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Él agarró mis nalgas, amasándolas, guiando mis movimientos.
El ritmo se aceleró. Sudor perlando nuestras pieles, mezclándose en besos salvajes. El slap-slap de carne contra carne, mis pechos botando con cada embestida. Olía a nosotros, a pasión cruda, a Pasión Capítulo 60 en su máxima expresión. Sus manos subieron a mis tetas, pellizcando pezones, enviando descargas eléctricas directo a mi centro. "¡Más fuerte, Javier! ¡Dame todo!", suplicaba yo, perdida en el frenesí.
Internamente, luchaba con el torbellino de emociones. ¿Por qué siempre duele un poco este amor intermitente? Pero joder, vale cada segundo. Recordaba nuestras peleas tontas, las semanas sin vernos por trabajos demandantes —yo en mi galería de arte, él en su agencia de publicidad—. Pero aquí, unidos en este baile carnal, todo se resolvía. Sus ojos clavados en los míos, diciéndome sin palabras: Eres mi todo.
Cambié de posición, él encima ahora, mis piernas enredadas en su cintura. Entraba profundo, golpeando ese punto que me hacía ver estrellas. El orgasmo se acercaba, tensión en mi bajo vientre como un resorte a punto de saltar. "¡Ya vengo, mi amor! ¡No pares!", grité. Él aceleró, gruñendo como animal, su verga hinchándose más dentro de mí.
Explotamos juntos. Mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo en espasmos interminables. Sentí su semen caliente llenándome, chorro tras chorro, mientras yo gritaba su nombre. Olas de placer me recorrieron, desde las yemas de los pies hasta la coronilla. El mundo se volvió blanco, solo sensaciones: su peso sobre mí, el palpitar compartido, el olor a clímax satisfecho.
En el afterglow, nos quedamos tendidos, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y fluidos. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Besé su frente salada, inhalando su aroma masculino. "Eso fue épico, Pasión Capítulo 60 se lleva el premio", murmuró él con voz perezosa.
Yo sonreí, trazando círculos en su espalda.
Esto no es solo sexo, es conexión, es hogar en su piel. Hablamos bajito de planes futuros —un viaje a la playa en Puerto Vallarta, quizás mudarnos juntos—. La ciudad seguía viva afuera, pero nosotros en nuestra burbuja de paz. El deseo latente prometía más capítulos, más fuego.
Nos levantamos eventualmente, ducha compartida con caricias perezosas, agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. Secos, nos metimos a la cama king size, sábanas de algodón egipcio envolviéndonos. Su mano en mi cadera, mi cabeza en su hombro. Durmiéndonos al ritmo de respiraciones sincronizadas, supe que este capítulo cerraba perfecto, dejando ganas de Pasión Capítulo 61.