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Juraré Que Es Pasión Y Diré Lo Que Siento

6556 palabras

Juraré Que Es Pasión Y Diré Lo Que Siento

La noche en Roma Norte estaba viva, con el pulso de la ciudad latiendo en cada esquina. El rooftop del bar rebosaba de risas, copas chocando y esa cumbia rebajada que te hace mover las caderas sin pensarlo. Yo, Karla, había llegado con mis cuates para desquitarnos del pinche estrés de la chamba, pero neta que no esperaba encontrarme con él. Marco. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te desarma de un jalón. Sus ojos cafés me clavaron desde el otro lado de la pista, y sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se hubiera cargado de electricidad.

Me acerqué al bar por otro margarita helado, el limón fresco explotando en mi lengua, y de repente su voz ronca me rozó el oído: "Órale, güeyita, ¿me regalas este baile o qué?" Reí, porque su acento chilango era puro fuego, y le seguí la corriente. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura firme pero suave, el calor de su cuerpo filtrándose a través de mi vestido negro ajustado. Olía a colonia fresca con un toque de tabaco, y cada roce de su pecho contra el mío me erizaba la piel. ¿Qué chingados me pasa? pensé, mientras mi corazón galopaba como caballo desbocado.

"Neta que bailas chido, Karla. Me tienes bien clavado."

Sus palabras me hicieron sonrojar, pero jugué: "Pos tú tampoco te quedas atrás, cabrón. Sigue así y te juro que no respondo." La tensión crecía con cada giro, sus dedos trazando mi espina dorsal, mi aliento mezclándose con el suyo. El sudor perlaba su cuello, salado y tentador, y yo solo quería lamerlo todo.

Al rato, nos escabullimos del bullicio. Su depa estaba a dos cuadras, un loft moderno con vista a la colonia, luces tenues y una botella de tequila reposado esperándonos. Entramos riendo, pero el aire se espesó de golpe. Me acorraló contra la pared, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a tequila y deseo puro. Su lengua exploró mi boca con hambre, suave al principio, luego feroz, y gemí bajito contra él. Sus manos bajaron a mis nalgas, apretando con esa fuerza que me hace temblar.

Esto no es solo un polvo, ¿verdad? Es algo más grande, me dije mientras lo empujaba hacia el sofá. Nos desvestimos a medias, mi blusa volando al piso, su camisa desabotonada revelando un pecho firme, velludo justo lo necesario. Lo monté a horcajadas, sintiendo su verga dura presionando contra mis calzones húmedos. "Te quiero tanto ya, Marco. Neta que me pones loca." Él gruñó, sus manos subiendo por mis muslos, el roce áspero de sus palmas enviando chispas a mi clítoris.

La habitación olía a nosotros: sudor fresco, mi perfume de jazmín mezclado con su esencia masculina. Bajé la cabeza y lamí su cuello, saboreando la sal de su piel, mientras él desabrochaba mi brasier. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras, y él los tomó en su boca, chupando con devoción. Qué rico, jadeé, arqueando la espalda. Sus dientes rozaban lo justo para doler placenteramente, y mis caderas se mecían solas, frotándome contra él.

Pero no era solo físico. En mi cabeza bullían pensamientos: ¿Y si es solo la noche? No, wey, esto es pasión de la buena. Juraré que es pasión y diré lo que siento, aunque me parta el alma. Lo miré a los ojos, esos pozos oscuros, y susurré: "Juraré que es pasión y diré lo que siento, Marco. No me sueltes." Él sonrió, esa curva traviesa, y me volteó boca arriba en el sofá, quitándome los calzones con delicadeza. Su aliento caliente en mi entrepierna me hizo jadear.

Acto dos de esta locura: su lengua en mi coño, lamiendo despacio, saboreando mis jugos como si fueran el mejor mezcal. El sonido húmedo de su boca, mis gemidos ahogados, el latido de mi pulso en las sienes. Metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, y vi estrellas. "¡Ay, cabrón, sí! Así, no pares!" grité, mis uñas clavándose en su espalda. Él reía bajito, vibrando contra mi piel sensible. El olor de mi arousal llenaba el aire, almizclado y dulce, y yo me retorcía, al borde del primer orgasmo.

Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo dentro. Saqué un condón de mi bolsa –siempre preparada, ¿no?– y se lo puse con manos temblorosas. Su verga gruesa, venosa, palpitando en mi palma. Me penetró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Pinche paraíso, pensé, mientras él se hundía hasta el fondo. Nuestros cuerpos encajaban perfectos, piel contra piel resbalosa de sudor. Empezó a moverse, embestidas profundas, el slap-slap de carne contra carne resonando como tambores.

Nos volteamos mil veces: yo encima, cabalgándolo como reina, mis tetas rebotando, él agarrándome las caderas. Luego de lado, su mano en mi clítoris frotando en círculos, acelerando mi clímax. Sudábamos a chorros, el sofá crujiendo bajo nosotros, el tráfico lejano de Insurgentes como banda sonora. "Eres una diosa, Karla. Me tienes loco, neta." Sus palabras me inflamaban más, y yo respondía mordiendo su hombro, dejando mi marca.

La intensidad subía como fiebre. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, el calor de sus bolas contra mi culo. Mi vientre se contraía, el orgasmo construyéndose como tormenta. Él aceleró, gruñendo como animal, "Vente conmigo, mi amor. Dámelo todo." Y exploté. Olas de placer me barrieron, mi coño apretándolo en espasmos, chillidos saliendo de mi garganta. Él se vino segundos después, su cuerpo tenso, un rugido gutural mientras se vaciaba dentro del condón, pulsando contra mí.

Acto final: el afterglow. Colapsamos enredados, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, mi mano enredada en su pelo revuelto. El aire olía a sexo crudo, satisfecho, con un dejo de tequila derramado. Besé su frente, salada, y murmuré: "Esto fue chingón, Marco. Juraré que es pasión y diré lo que siento cada vez que te vea." Él levantó la vista, ojos brillantes, y me besó suave, profundo.

Mientras el amanecer teñía las cortinas de rosa, nos quedamos así, cuerpos laxos, almas conectadas. No era solo un revolcón de rooftop; era algo que calaba hondo, que prometía más noches así. Y yo, Karla, la güera de Polanco, acababa de encontrar su fuego. El corazón me latía tranquilo ahora, lleno. Mañana sería otro día, pero esta noche, juraré que es pasión y diré lo que siento, sin miedos ni peros.

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