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Honor y Pasion Julie Garwood

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Honor y Pasion Julie Garwood

Estaba recostada en mi sillón de terciopelo rojo, en mi depa en Polanco, con el calor de la tarde colándose por las cortinas entreabiertas. El libro en mis manos, Honor y Pasion de Julie Garwood, me tenía atrapada. Lo había comprado en una librería chida de la Roma, atraída por la portada con ese highlander musculoso y la tipa de mirada desafiante. Neta, cada página olía a aventura prohibida, a besos que queman y a cuerpos que se rinden al deseo. Mi piel se erizaba con cada roce imaginario de las letras, y entre mis piernas sentía ese cosquilleo traicionero que me hacía apretar los muslos.

¿Cómo carajos una historia de honor escocés me pone así de caliente? Pensé, mordiéndome el labio. Honor... esa palabra que siempre me ha definido. Yo, Ana López, abogada de familia en un despacho fancy, con mi vida ordenada como un traje sastre. Pero esta noche, el wey que vive al lado, Mateo, mi carnal desde la uni, me tenía dando vueltas. Lo vi ayer en el elevador, con su camisa ajustada marcando pectorales y ese olor a sándalo que me marea.

El sonido del tráfico en Reforma era un murmullo lejano, pero mi pulso latía fuerte como tambores en una fiesta. Dejé el libro abierto en mi regazo, la página donde el héroe besa a la heroína con furia contenida. Mis dedos rozaron el papel, imaginando su boca áspera en mi cuello. Mierda, necesitaba aire. Me levanté, el vestido ligero pegándose a mis curvas por el sudor, y abrí la puerta del balcón. Ahí estaba él, Mateo, fumando un puro en el suyo, separado solo por la reja ornamental.

Órale, Ana, ¿qué pedo? ¿No que andabas ocupada con tus casos? —dijo con esa voz grave, ronca como tequila reposado, sus ojos cafés clavándose en mí como si ya supiera mi secreto.

Tragué saliva, el sabor salado de mi propia excitación en la lengua. —Leyendo puras chingaderas románticas, wey. Honor y Pasion de Julie Garwood. Me tiene loca.

Él se rio, un sonido profundo que vibró en mi pecho. Se acercó a la reja, su mano grande rozando la mía accidentalmente —o no—. El calor de su piel me quemó, y olí su colonia mezclada con humo dulce. —Honor y pasión, ¿eh? Suena a nosotros, nena. Tú con tu pinche código moral y yo queriendo romperlo todo.

Mi corazón dio un brinco. Desde la uni, Mateo había sido el pendejo guapo que me hacía sonrojar, pero el honor familiar —sus papás terratenientes en Jalisco, los míos en el DF— nos había mantenido en la friendzone. Pero hoy, con el libro avivando el fuego, sentí la tensión romperse como un elástico.

Acto uno cerrado, el deseo latiendo. Lo invité a pasar con una cerveza fría, pretextando platicar del libro. Nos sentamos en el sofá, piernas rozándose, el aire cargado de electricidad. Hablamos de Julie Garwood, de cómo sus historias mezclan honor con pasión desbocada. Sus dedos jugaban con la etiqueta de la cerveza, y yo no podía dejar de mirar su boca, imaginándola en mi piel.

La noche avanzaba, el sol se hundía tiñendo todo de naranja.

Si cruzo esta línea, ¿qué pasa con mi honor? ¿Y el suyo? Pero neta, lo quiero dentro de mí, llenándome hasta que grite.
Me acerqué, mi mano en su muslo firme. Él dejó la cerveza, sus ojos oscureciéndose. —Ana, si sigues así, no respondo —murmuró, su aliento caliente en mi oreja.

El beso llegó como tormenta. Sus labios carnosos aplastaron los míos, lengua invadiendo con sabor a cerveza y puro, áspera y demandante. Gemí contra su boca, mis uñas clavándose en su nuca. Lo jalé hacia mí, su cuerpo pesado cubriéndome, el peso delicioso oprimiendo mis pechos. Olía a hombre puro, sudor fresco y deseo crudo. Sus manos grandes subieron por mis muslos, arrugando el vestido hasta mi tanga húmeda.

Estás empapada, chula —gruñó, dedos rozando mi clítoris a través de la tela. El roce fue fuego líquido, mis caderas arqueándose solas. Jadeé, el sonido obsceno llenando la sala. Le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, pectorales duros como rocas bajo mi lengua. Él me cargó como si no pesara, piernas alrededor de su cintura, y me llevó al cuarto.

En la cama king size, con sábanas de algodón egipcio, el escalo subió. Me desnudó lento, besando cada centímetro expuesto: el valle entre mis senos, el ombligo, el interior de mis muslos temblorosos. Su boca en mi coño fue éxtasis —lengua chupando mi jugo dulce, dientes rozando suave. ¡Ay, cabrón! Grité, tirando de su pelo negro. El olor almizclado de mi arousal lo volvía loco, lo oía gemir mientras me devoraba.

Esto es más que sexo, es honor entregado a la pasión. Como en el libro de Julie Garwood, pero nuestro, mexicano, con sabor a chile y tequila.

Mateo se quitó el pantalón, su verga gruesa saltando libre, venosa y palpitante. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, el calor quemándome la palma. Lo masturbé lento, viéndolo cerrar los ojos, músculos tensos. —Fóllame ya, wey, supliqué, abriéndome de piernas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor placer me hizo arañar su espalda, su gruñido ronco en mi oído como música.

El ritmo creció, caderas chocando con palmadas húmedas, sudor goteando entre nosotros. Mis pezones rozaban su pecho, duros como piedras. Él me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas, embistiéndome profundo. Cada estocada rozaba mi punto G, el placer acumulándose como ola. Olía a sexo puro, a pieles fusionadas, a nuestro jugo mezclándose. —Eres mía, Ana, desde siempre —jadeó, mano en mi clítoris frotando rápido.

El clímax me golpeó brutal. Grité su nombre, coño contrayéndose alrededor de su verga, leche chorreada mojando las sábanas. Él siguió, prolongando mi orgasmo hasta que explotó dentro, chorros calientes llenándome, su aullido gutural vibrando en mi espina.

Colapsamos, enredados, pulsos latiendo al unísono. Su peso sobre mí era ancla, su aliento entrecortado en mi cuello. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El cuarto olía a nosotros, a pasión consumada. —Honor y pasion, Julie Garwood tenía razón —susurré, riendo bajito.

Él me miró, ojos tiernos. —Esto no es el fin, nena. Es el principio. Mi honor es tuyo ahora.

Nos quedamos así, pieles pegajosas enfriándose, el libro olvidado en la sala testigo mudo. Mañana volvería a mi vida de abogada prolija, pero con él dentro de mí, literal y figurado. La pasión había vencido al honor, y qué chingón se sentía.

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