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Pasión de Baile Ardiente

5403 palabras

Pasión de Baile Ardiente

Entré al salón de baile con el corazón latiéndome a mil, el aire cargado de ese olor a sudor mezclado con perfume barato y el eco de la cumbia retumbando en las paredes. Era una noche cualquiera en el centro de Guadalajara, pero neta, necesitaba soltar el estrés del pinche trabajo. Las luces tenues pintaban sombras sexys en los cuerpos que se movían al ritmo, y yo, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa, me coloqué al fondo, observando.

Allí estaba él, Diego, el instructor que todas las morras babeaban. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te derrite las rodillas. Sus ojos negros me atraparon desde el primer vistazo, y cuando gritó "¡Órale, güeyes, a bailar!", sentí un cosquilleo en la piel. Me acerqué al grupo, y de pronto, sus manos fuertes me tomaron de la cintura. Carajo, qué calor, pensé, mientras su aliento cálido rozaba mi cuello.

La pasión de baile nos envolvió de inmediato. Sus caderas pegadas a las mías, guiándome en un son jarocho que aceleraba mi pulso. Sentía el roce de su pecho contra mi espalda, el sudor perlándole la frente, y ese aroma masculino, a colonia y hombre de verdad.

"Muévete así, preciosa, siente el ritmo en las entrañas"
, murmuró en mi oído, y un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Mis pechos se endurecieron bajo la tela, y entre las piernas, una humedad traicionera empezaba a traerme loca.

La clase avanzaba, pero yo ya no podía concentrarme en los pasos. Cada giro, cada roce, era una promesa de algo más. Diego me hacía reír con sus chistes tapatíos, "No seas pendeja, déjate llevar", y yo respondía con una mirada que gritaba quiero más. Al final, cuando todos aplaudían, él me retuvo un segundo extra, sus dedos apretando mi cadera. Esto no termina aquí, supe en ese instante.

Después de la clase, el salón se vació, pero Diego me invitó a practicar un rato más. "Quédate, vamos a pulir esa pasión de baile que traes", dijo con voz ronca, cerrando la puerta con llave. El corazón me martilleaba como tamborazo. Nos pusimos a bailar solos, la música baja, solo para nosotros. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando el zipper del vestido con una lentitud que me volvía loca. El aire fresco besó mi piel desnuda, y él jadeó al verme en brasier y tanga roja.

Estás cañón, pensé, mientras lo veía quitarse la camisa, revelando un torso marcado por horas de baile y quién sabe qué más. Lo jalé hacia mí, mis uñas clavándose en su piel salada. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como en la pista. Saboreaba su boca, a tequila y deseo puro. Sus manos amasaban mis nalgas, apretándome contra su verga dura que palpitaba a través del pantalón.

Me levantó en vilo, sentándome en la mesa de sonido, el metal frío contrastando con el fuego de mi coño.

"Te quiero desde que entraste, morra"
, gruñó, bajando la cabeza para lamer mi cuello, chupando hasta dejar marcas. Gemí bajito, arqueándome, mientras sus dedos se colaban en mi tanga, encontrándome empapada. Qué rico se siente, su tacto experto frotando mi clítoris hinchado, círculos lentos que me hacían temblar.

La tensión crecía como una tormenta. Lo empujé al suelo, sobre la alfombra raída del salón, y me subí encima, desabrochándole el cinturón con dientes. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, goteando pre-semen. La tomé en la boca, saboreando su sal, chupando con hambre mientras él maldecía en voz baja, "¡Pinche chula, me vas a matar!". El sonido de mi succión, sus gemidos roncos, el olor a sexo llenando el aire... todo me enloquecía.

Pero quería más. Me quité la tanga, montándolo despacio, sintiendo cómo me abría, centímetro a centímetro. Ay, wey, qué grande, jadeé internamente, mientras bajaba hasta el fondo. Empecé a moverme, cabalgándolo al ritmo de una ranchera imaginaria, mis tetas rebotando, sus manos pellizcándolas. El slap-slap de carne contra carne, el sudor chorreando, sus ojos clavados en los míos con pura lujuria.

La escalada fue brutal. Cambiamos posiciones: él encima, embistiéndome con fuerza, el suelo vibrando bajo nosotros. Sentía cada vena de su pija rozando mis paredes, mi clítoris frotándose contra su pubis.

"Dame más, Diego, no pares"
, le supliqué, clavando uñas en su espalda. Él aceleró, gruñendo como animal, el olor de nuestro sudor mezclándose con el de la madera vieja del piso.

El clímax nos golpeó como un rayo. Primero yo, convulsionando, mi coño apretándolo en espasmos, gritando su nombre mientras estrellas explotaban detrás de mis párpados. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su cuerpo temblando sobre el mío. Nos quedamos así, jadeantes, pegados, el corazón latiendo al unísono.

Después, en el afterglow, nos vestimos despacio, riendo como pendejos. Me besó la frente, "Esa fue la mejor pasión de baile de mi vida", y yo sonreí, sintiendo el semen escurrir por mis muslos. Salimos a la noche tapatía, el aire fresco calmando mi piel encandecida. Caminamos de la mano, sabiendo que esto era solo el principio. La danza nos había unido, y ahora, el deseo era nuestro ritmo eterno.

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