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Pasión Te

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Pasión Te

La noche en la Condesa estaba viva, con ese bullicio de risas y música que se cuela por las ventanas de los bares. Entraste al lugar, el aire cargado de humo de cigarros electrónicos y el aroma dulce del mezcal reposado. Tus ojos barrieron el salón hasta que la viste: una morena de curvas que quitaban el aliento, sentada en la barra con un vestido negro ceñido que marcaba sus chichis firmes y sus caderas anchas. Neta, qué chula, pensaste, mientras tu verga daba un tirón involuntario en los pantalones.

Ella levantó la vista, y sus ojos cafés te atraparon como un imán. Sonrió con picardía, esa sonrisa que dice órale, ven pa'cá. Te acercaste, el corazón latiéndote a mil, y pediste dos mezcales. "Qué onda, guapo", te dijo con voz ronca, mientras chocaban vasos. "Soy Laura, ¿y tú?". Su aliento olía a limón y agave, y cuando se inclinó un poco, viste el escote profundo, la piel morena brillando bajo las luces neón.

Platicaron de todo y nada: del pinche tráfico de la Roma, de las fiestas en Polanco, de cómo el calor de la noche te pone la piel de gallina. Cada roce accidental —su mano en tu brazo, tu rodilla contra la de ella— mandaba chispas por tu espinazo.

Esta chava me va a volver loco, su pasión te calienta hasta los huesos
, te dijiste, mientras imaginabas sus labios en tu cuello. La tensión crecía como una tormenta, el aire entre ustedes espeso, cargado de promesas sucias.

De pronto, ella se acercó más, su muslo presionando el tuyo. "Sabes, wey, esta noche no quiero irme sola a la cama". Tus huevos se apretaron de pura anticipación. "Vamos a mi depa, está aquí cerquita", le dijiste, y ella asintió con un guiño. Salieron tomados de la mano, el viento fresco de la noche rozando sus pieles calientes, el eco de sus tacones en la banqueta.

En el elevador del edificio, ya no aguantaron. La besaste con hambre, sus labios suaves y jugosos abriéndose para ti, lenguas enredándose en un baile húmedo. Sabía a mezcal y a deseo puro, su saliva tibia deslizándose por tu boca. Tus manos bajaron a su culo redondo, apretándolo fuerte bajo el vestido, y ella gimió bajito contra tu oreja: "Qué rico te sientes, cabrón". El ding del elevador los separó, pero el fuego ya ardía sin control.

Adentro del depa, luces tenues, el olor a sábanas limpias y su perfume floral invadiendo todo. La empujaste contra la pared, besándola del cuello a los pechos, mordisqueando la piel salada. Ella jadeaba, sus uñas arañando tu espalda por encima de la camisa. "Quítate la ropa, quiero verte todo", te ordenó con voz mandona, y neta, eso te prendió más. Te desvestiste rápido, tu verga parada como bandera, gruesa y venosa, palpitando al aire.

Laura se arrodilló despacio, sus ojos fijos en tu pija, lamiéndose los labios. Chin, qué mamón estás, murmuró, antes de meterse la cabeza en la boca. El calor húmedo te envolvió, su lengua girando alrededor del glande, chupando con fuerza mientras sus manos masajeaban tus huevos pesados. Gemiste fuerte, el sonido rebotando en las paredes, tus caderas moviéndose solas para follarle la boca. Olía a su saliva mezclada con tu precum salado, y el slurping de sus labios te volvía loco.

Esta pasión te consume, wey, no pares nunca
, pensaste, mientras la veías tragar más profundo, sus chichis rebotando con cada embestida. La levantaste, la llevaste a la cama, y le arrancaste el vestido. Sus tetas perfectas saltaron libres, pezones oscuros duros como piedritas. Bajaste la cabeza y los chupaste, mordiendo suave, mientras tus dedos exploraban su panocha empapada. Estaba chorreando, los labios hinchados y calientes, el clítoris erecto pidiendo atención.

"Cómeme, hazme gritar", suplicó ella, abriendo las piernas. Hundiste la cara ahí, inhalando su aroma almizclado, a mujer en celo. Tu lengua lamió desde el ano hasta el clítoris, saboreando sus jugos dulces y salados. Ella se arqueó, gritando "¡Sí, cabrón, así!", sus muslos temblando alrededor de tu cabeza. Metiste dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hace ver estrellas, y ella se corrió fuerte, chorros calientes mojando tu barbilla, su cuerpo convulsionando en oleadas.

No le diste tregua. La pusiste a cuatro patas, su culo empinado invitándote, la panocha abierta y reluciente. Escupiste en tu verga y la frotaste en su entrada, sintiendo el calor abrasador. "Cógeme ya, no mames", rogó ella, empujando hacia atrás. Entraste de un golpe, su coño apretado tragándote entero, las paredes pulsando alrededor de tu pija. Embestiste duro, el slap slap de piel contra piel llenando la habitación, mezclado con sus gemidos roncos y tus gruñidos animales.

Sus nalgas rebotaban contra tu pelvis, sudor perlando sus espaldas, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona, sus tetas bailando frente a tu cara. Tus manos en sus caderas, guiándola, sintiendo sus músculos contraerse. "Tu pasión te hace imparable", jadeó ella, clavando las uñas en tu pecho. El clímax se acercaba, tus huevos tensos, su panocha ordeñándote.

La volteaste, misionero profundo, piernas en tus hombros para penetrarla hasta el fondo. Besos salvajes, mordidas en el hombro, el ritmo frenético. "Me vengo, Laura, ¡me vengo!", rugiste, y ella apretó las piernas: "¡Dentro, lléname!". Explosaste, chorros calientes inundándola, mientras ella se corría otra vez, gritando tu nombre, cuerpos temblando en éxtasis compartido. El mundo se redujo a pulsos y jadeos, semen goteando entre sus muslos.

Se derrumbaron juntos, pieles pegajosas de sudor, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Ella se acurrucó en tu pecho, trazando círculos en tu piel con el dedo. "Neta, eso fue de huevos", murmuró, besándote suave. El aroma de sus jugos y tu corrida flotaba, un recordatorio íntimo. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí, en la quietud, sentiste una conexión más allá del puro desmadre carnal.

La pasión te había marcado, un fuego que no se apaga fácil. Se quedaron así, hablando pendejadas entre risas, prometiendo más noches así. Cuando amaneció, con los primeros rayos colándose por las cortinas, supiste que esto era solo el principio. Su mano en tu verga floja, un último beso, y el mundo volvió a girar, pero con un calor nuevo en el pecho.

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