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La Pasión de Cristo Final

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La Pasión de Cristo Final

El sol del atardecer en Playa del Carmen teñía el cielo de un naranja ardiente, como si el mismo dios del deseo hubiera encendido las nubes para anunciar lo que venía. Me encontraba en la terraza de nuestra suite en el hotel, con el viento salado del Caribe revolviéndome el pelo y trayéndome ese olor a mar mezclado con coco de las cremas bronceadoras de los turistas. Mi piel erizada esperaba su llegada. Cristo. Ese nombre que sonaba a profecía carnal, a pecado delicioso. Habíamos planeado esta noche como la pasión de Cristo final, nuestra última entrega antes de que él se fuera a España por trabajo. No había drama, solo puro fuego consensuado, el tipo de adiós que deja huella en el alma y en el cuerpo.

Lo vi llegar desde la playa, caminando con esa seguridad de galán de telenovela, su piel morena brillando bajo el sudor, el bañador ajustado marcando cada músculo de sus piernas y ese bulto que ya me hacía mojarme. Órale, qué chulo se veía. Su sonrisa pícara, esos ojos negros que prometían arrasar con todo. Subió las escaleras de dos en dos, y cuando abrió la puerta de cristal, el aire se cargó de electricidad.

Ya viene, Ana. Esta noche te va a romper en mil pedazos de placer. No pienses en la despedida, solo en cómo te va a llenar.

Mamacita —dijo con esa voz ronca, mexicana hasta la médula, agarrándome de la cintura y pegándome a su pecho húmedo—. ¿Lista para la pasión de Cristo final?

Sentí su aliento caliente en mi cuello, oliendo a sal y a hombre. Mis pezones se endurecieron al instante contra la tela fina de mi pareo. Lo besé con hambre, nuestras lenguas enredándose como serpientes en celo, saboreando el salitre de su boca. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, amasando mis nalgas con fuerza juguetona.

Pendejo, me tienes ya que me exploto —le murmuré entre besos, riendo bajito mientras le clavaba las uñas en los hombros.

Nos movimos adentro, el aire acondicionado contrastando con el calor de nuestros cuerpos. La habitación olía a jazmín del ambientador y a esa esencia masculina que él desprendía, mezcla de sudor fresco y loción de vainilla. Lo empujé al sofá king size, me quité el pareo de un jalón, quedando en tanga y top diminuto. Sus ojos se devoraron mi figura curvilínea, mis tetas turgentes desafiando la gravedad mexicana que tanto nos enorgullece.

Acto primero: la provocación lenta. Se arrodilló frente a mí, besando mi ombligo, bajando con labios húmedos por mi vientre. El roce de su barba incipiente me erizaba la piel, enviando chispas directas a mi entrepierna. Olía mi excitación creciente, ese aroma almizclado que lo volvía loco.

—Qué rica hueles, Ana. Como a miel de cenote —gruñó, metiendo la nariz en mi tanga.

Me abrí de piernas, apoyada en el sofá, sintiendo el cuero fresco contra mi espalda caliente. Él jaló la tela a un lado con los dientes, exponiendo mi panocha hinchada, ya chorreando jugos. Su lengua caliente lamió despacio, desde el clítoris hasta el ano, saboreándome como si fuera el último tamal del mundo. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes de la suite. Mis manos enredadas en su pelo negro, empujándolo más adentro.

Qué chingón es esto, pensé, mientras oleadas de placer me recorrían las piernas. Cada lamida era un latido, su saliva mezclándose con mis fluidos, el sabor salado dulce invadiendo su boca.

Pero no lo dejé terminar ahí. Lo levanté, le quité el bañador de un tirón. Su verga saltó libre, dura como palo de escoba, venosa y gruesa, la cabeza morada brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Olía a mar y a macho en celo. Me la metí a la boca hasta la garganta, chupando con ganas, la lengua girando alrededor del glande. Él jadeaba, ¡Órale, qué mamona!, agarrándome la cabeza con ternura posesiva.

Nos besamos de nuevo, compartiendo sabores: yo a él, él a mí. La tensión crecía, el aire espeso de deseo. Lo llevé a la cama king, sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nosotros. Acto segundo: la escalada imparable.

Me monté encima, frotando mi humedad contra su verga dura. Sentía cada vena rozando mis labios mayores, lubricándonos mutuamente. Nuestros pechos pegados, sudor mezclándose, corazones latiendo al unísono como tambores de fiesta en Xcaret. Él me amasaba las tetas, pellizcando pezones con esa presión exacta que duele rico.

No pares, Cristo. Esta es nuestra pasión final, hazme tuya hasta que duela el recuerdo.

—Cógeme ya, cabrón —le rogué, guiando su punta a mi entrada.

Empujó despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Ay, qué llenura! Gemí al sentirlo todo adentro, golpeando mi cervix con ternura brutal. Empezamos a movernos, yo cabalgándolo como amazona en rodeo, él embistiéndome desde abajo con caderas expertas. El slap-slap de piel contra piel, mezclado con nuestros jadeos y el lejano rumor del mar. Sudor goteando, oliendo a sexo puro, a feromonas mexicanas en combustión.

Cambié de posición: él encima, misionero profundo. Sus brazos a los lados de mi cabeza, mirándome a los ojos mientras me taladraba. Sentía cada embestida en el alma, el roce de su pubis contra mi clítoris enviando descargas. Le clavé las uñas en la espalda, dejando surcos rojos que mañana recordaría con orgullo.

—Más fuerte, mi rey. Dame la pasión de Cristo final que no olvide nunca —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo.

Aceleró, el ritmo frenético, la cama temblando como en sismo de 7 grados. Mi vientre contrayéndose, el orgasmo building como tormenta en el Golfo. Él gruñía, sudando profusamente, gotas cayendo en mi boca abierta. Sabían a sal y esfuerzo.

Acto tercero: la liberación explosiva. Lo volteé a perrito, mi posición favorita para sentirlo hasta el fondo. Arrodillada en la cama, nalgas en alto, él agarrándome las caderas con manos firmes. Entró de nuevo, profundo, el ángulo perfecto para rozar mi punto G. Cada choque era un trueno, mi clítoris palpitando, jugos chorreando por mis muslos.

—Me vengo, Ana... ¡juntos! —rugió.

Exploté primero, un orgasmo que me sacudió entera, visión borrosa, grito ahogado en la almohada. Olas y olas de placer, mi panocha apretándolo como puño. Él se corrió segundos después, chorros calientes inundándome, gimiendo mi nombre como oración pagana. Colapsamos juntos, su peso sobre mí reconfortante, verga aún latiendo dentro, semen escapando tibio por mis piernas.

El afterglow fue puro éxtasis. Nos quedamos así, respiraciones calmándose, pieles pegajosas enfriándose. El olor a sexo impregnaba todo, mezclado con el jazmín. Besos suaves, caricias perezosas en la espalda.

—Fue chingón, ¿verdad? La pasión de Cristo final —dijo él, riendo bajito mientras se salía despacio, un hilo de semen conectándonos aún.

Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón volver a normal. No había tristeza, solo gratitud por este hombre que me había dado noches de fuego. Mañana se iría, pero este recuerdo ardiente me acompañaría como tatuaje invisible.

Nos duchamos juntos después, agua caliente lavando fluidos, jabón de coco espumando entre dedos curiosos. Risitas tontas, besos robados bajo el chorro. Salimos a la terraza, envueltos en albornoz, viendo las estrellas sobre el Caribe. El viento nocturno fresco en nuestra piel sensible, un escalofrío placentero.

Gracias, Cristo. Por esta pasión que no muere, solo se transforma.

Brindamos con tequila reposado del minibar, el líquido ámbar quemando la garganta, avivando chispas residuales. Hablamos de todo y nada: de tacos al pastor en la CDMX, de volver algún día. Pero sabíamos que esto era perfecto así, sin promesas rotas.

Nos metimos a la cama, cuerpos entrelazados en sueño satisfecho. Mañana llegaría el aeropuerto, el adiós definitivo. Pero en mi mente, la pasión de Cristo final brillaba eterna, un faro de placer consensual que iluminaría mis noches solitarias con sonrisas calientes.

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