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La Pasión Que Es (1)

7209 palabras

La Pasión Que Es

La noche en Polanco estaba viva, con ese bullicio de luces neón y risas que se escapan de los bares elegantes. Yo, Ana, acababa de salir de mi trabajo en la agencia de publicidad, con el cuerpo todavía tenso por las juntas eternas y el pinche tráfico de la Ciudad de México. Me metí a un antro chido, de esos con música electrónica mezclada con cumbia rebajada, porque neta, necesitaba soltar el estrés. El aire olía a tequila reposado y perfume caro, y el sudor de la pista de baile ya empezaba a pegarse a mi piel morena.

Allí lo vi. Alto, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela, pero con ojos cafés profundos que gritaban experiencia. Se llamaba Diego, un arquitecto de Guadalajara que andaba de viaje de negocios. Nos topamos en la barra, pidiendo el mismo trago: un margarita con sal de gusano. "Órale, güey, ¿también te late el picante?", me dijo con esa sonrisa pícara, y su voz ronca me erizó la nuca como un escalofrío eléctrico.

Charlamos de todo: del tráfico infernal de la CDMX, de cómo el mole poblano es el verdadero afrodisíaco, y de pronto, su mano rozó la mía al pasarme el vaso. Fue un toque casual, pero ay, cabrón, sentí un calor que subía desde mis dedos hasta mi entrepierna. La tensión empezó ahí, sutil, como el primer sorbo de un mezcal que quema la garganta pero te deja queriendo más. Bailamos después, sus caderas pegadas a las mías en la pista abarrotada. Su aliento olía a limón y alcohol, y cada roce de su pecho contra mis tetas me hacía jadear bajito.

¿Qué carajos me pasa? Este wey me está encendiendo como antorcha.
Pensé, mientras mis pezones se endurecían bajo el vestido negro ajustado.

La primera hora fue puro coqueteo. Él me contaba anécdotas de sus viajes por la costa, yo reía con sus chistes pendejos pero encantadores. Pero el deseo crecía como la marea en Acapulco. Sus ojos bajaban a mis labios, hinchados por el calor, y yo no podía evitar lamerlos despacio, saboreando la sal del margarita. "Ana, tienes una boca que promete pecados", murmuró cerca de mi oreja, y su aliento caliente me mojó las bragas sin piedad. Le respondí con un guiño: "Simón, wey, y tú tienes manos que parecen hechas para explorar". El conflicto interno me carcomía: ¿me lanzo o juego seguro? Llevaba meses sin un polvo decente, desde que mi ex pendejo me dejó por una flaca insípida. Pero Diego... él era fuego puro.

Salimos del antro caminando por las calles empedradas, el viento nocturno fresco contra mi piel sudada. Su departamento estaba cerca, en una torre con vista al skyline. Subimos en el elevador, y ahí explotó la primera chispa. No aguanté más; lo besé con hambre, mis labios chocando contra los suyos como olas furiosas. Sabía a tequila y a hombre deseoso, su lengua invadiendo mi boca con urgencia. Sus manos grandes bajaron a mi culo, apretándolo con fuerza posesiva pero tierna. "Chingao, Ana, la pasión que es esto que siento por ti ya", gruñó contra mi cuello, y sus palabras me derritieron. El ding del elevador nos separó un segundo, pero en su depa, la puerta apenas cerró y ya estábamos arrancándonos la ropa.

Acto dos, el clímax de la tensión. Me empujó suave contra la pared del pasillo, su cuerpo duro presionando el mío. Olía a su colonia amaderada mezclada con el sudor fresco de la noche, un aroma que me volvía loca. Mis tetas rebotaban libres cuando me quité el bra, y él las devoró con la boca, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. Gemí fuerte, "¡Ay, Diego, no pares, cabrón!", y mis uñas se clavaron en su espalda musculosa. Bajó de rodillas, lento, besando mi vientre plano hasta llegar a mis muslos. El aire se llenó del olor almizclado de mi excitación, y cuando separó mis piernas, lamí mis labios anticipando.

Su lengua era un milagro: lamió mi clítoris con círculos perfectos, succionando suave al principio, luego con más fuerza. Sentí cada roce como fuego líquido, mis jugos chorreando por sus labios.

Esto es el paraíso, neta. Cada lamida me lleva al borde.
Mis caderas se movían solas, follándole la cara con desesperación. Él metió dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me hace ver estrellas. "Estás tan mojada, mi reina, tan chida", murmuró, y aceleró el ritmo. El sonido de mis gemidos llenaba el cuarto, mezclados con el chapoteo húmedo de sus dedos. Sudaba, mi piel brillaba bajo la luz tenue, y el pulso en mis venas era un tambor de guerra.

Lo jalé del pelo para levantarlo, quería corresponder. Lo llevé a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Lo tumbé y me subí encima, cabalgándolo como amazona. Su verga era gruesa, venosa, perfecta: la guié a mi entrada y bajé despacio, sintiendo cada centímetro estirándome deliciosamente. "¡Qué rico, Diego! Lléname toda", grité, mientras rebotaba. Él agarraba mis caderas, guiándome, sus ojos fijos en mis tetas saltando. El slap-slap de piel contra piel era hipnótico, su olor a macho sudado me embriagaba. Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo, sus embestidas fuertes pero cariñosas. Me besaba el cuello, mordisqueando, mientras yo clavaba las uñas en su culo firme. La intensidad subía, mis paredes se contraían alrededor de él, el orgasmo acechando como tormenta.

El conflicto emocional se disolvía en placer puro. Pensaba en cómo este desconocido me hacía sentir viva, empoderada, dueña de mi cuerpo. "La pasión que es esto, Ana, conexión de almas y carne", jadeó él, y sus palabras me empujaron al borde. Gritamos juntos cuando explotamos: mi coño palpitando en oleadas, chorros de placer mojando las sábanas, su leche caliente llenándome hasta rebosar. El mundo se volvió blanco, pulsos acelerados latiendo al unísono, oídos zumbando con nuestros alaridos.

Acto final, el afterglow. Nos quedamos abrazados, pieles pegajosas de sudor y fluidos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El cuarto olía a sexo crudo, a satisfacción profunda. Él me acariciaba el pelo revuelto, besándome la frente. "Neta, güey, nunca había sentido algo así", confesé, mi voz ronca. "Es la pasión que es, mi amor, lo que nos une esta noche", respondió, y nos reímos bajito, exhaustos pero felices.

Nos duchamos juntos después, el agua caliente lavando el sudor pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas en mi espalda, yo lavándole el pecho velludo. Hicimos el amor otra vez bajo la regadera, lento, sensual, con besos que sabían a menta del jabón. Al amanecer, con el sol tiñendo las cortinas de rosa, nos despedimos en la puerta. "Vuelve a Guadalajara cuando quieras, Ana. Aquí te espero". Su beso final fue promesa, dulce como chocolate abuelita.

Salí a la calle, piernas flojas, sonrisa tonta. La CDMX despertaba con cláxones y vendedores de tamales, pero yo llevaba dentro la pasión que es: esa fuerza vital que te hace sentir mujer, deseada, completa. Caminé con la cabeza alta, sabiendo que la noche había cambiado algo en mí para siempre.

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