El Color de la Pasión Capítulo 39
Valeria subió las escaleras del penthouse en Polanco con el corazón latiéndole como tambor de mariachi. La noche de Ciudad de México se extendía abajo, un mar de luces neón y rascacielos que brillaban como joyas. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas, el color de la pasión misma, pensó mientras tocaba el timbre. Hacía meses que no veía a Diego, pero esa invitación a cenar había reavivado el fuego que creían apagado.
La puerta se abrió y ahí estaba él, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que la desarmaba. Órale, güey, murmuró para sí misma, siempre tan chido. "Pasa, mi reina", dijo Diego con voz grave, su colonia fresca invadiendo sus sentidos, mezclada con un leve aroma a mezcal reposado.
La mesa estaba puesta en la terraza: velas titilando, tacos de arrachera jugosos, guacamole cremoso y una botella de tequila añejo. Se sentaron frente a frente, el viento cálido rozando sus pieles. "Neta, te extrañé", confesó él, sirviéndole un trago. Sus ojos se clavaron en los de ella, oscuros y profundos como pozos de deseo. Valeria sintió un cosquilleo en el vientre, el pulso acelerándose con cada sorbo que bajaba ardiente por su garganta.
¿Por qué carajos lo dejé ir? Este pendejo me enciende como nadie.
Hablaron de todo y nada: el pinche tráfico de la Reforma, anécdotas de amigos en común, risas que rompían la tensión inicial. Pero bajo la charla, la electricidad crepitaba. Diego extendió la mano y rozó sus dedos, un toque casual que envió chispas por su espina dorsal. La piel de él era cálida, áspera por el trabajo en el gym, y ella no la retiró.
"¿Bailamos?" propuso él, poniéndose de pie y conectando su teléfono a los bocinas. Sonó una cumbia sensual, ritmos pegajosos que invitaban al cuerpo a moverse. Valeria se dejó llevar, sus caderas ondulando contra las de él. El roce de sus muslos, el calor de su pecho pegado al suyo, el aliento de él en su cuello... olía a hombre, a sudor limpio y pasión contenida. Sus manos bajaron por su espalda, deteniéndose en la curva de sus nalgas, apretando con permiso implícito.
Ella giró la cabeza, sus labios rozando los de él. Ya valió, pensó. El beso fue inevitable, primero suave, saboreando el tequila en su lengua, luego feroz, lenguas enredándose como serpientes. Diego la levantó en brazos sin esfuerzo, llevándola adentro al cuarto. La cama king size los esperaba, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia.
Acto dos de esta noche que ardía. Valeria jadeaba mientras él le bajaba el vestido, exponiendo sus senos plenos, pezones endurecidos por el aire fresco y la anticipación. "Eres preciosa, neta", gruñó Diego, lamiendo su cuello, bajando hasta un pecho. El roce de su barba incipiente raspaba deliciosamente, enviando ondas de placer directo a su centro. Ella arqueó la espalda, enterrando las uñas en su cabello negro.
¡Qué chingón se siente su boca! Quiero más, todo de él.
Las manos de Diego exploraban, desabrochando su brasier con destreza, deslizándose bajo la tanga empapada. "Estás mojadísima, mi amor", susurró, dedos hundiéndose en su calor húmedo. Valeria gimió, el sonido ahogado por el bullicio lejano de la ciudad. El roce era perfecto, círculos lentos en su clítoris hinchado, luego penetrando despacio, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar. Olía a su excitación, almizcle dulce mezclado con el perfume floral de ella.
Ella no se quedó atrás. Tiró de su camisa, besando su torso definido, pectorales firmes salados al gusto. Bajó el zipper de sus jeans, liberando su verga erecta, gruesa y pulsante. Pinche verga enorme, pensó con deleite, envolviéndola con la mano, sintiendo las venas hinchadas bajo la piel aterciopelada. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Diego gruñó, caderas empujando instintivamente. "¡Máma, Valeria! No pares."
La tensión subía como volcán. Él la volteó boca abajo, besando su espalda, mordisqueando la nuca mientras se colocaba detrás. "¿Quieres que te coja?" preguntó con voz ronca, siempre atento a su sí. "Sí, cabrón, cógeme duro", respondió ella, empujando las nalgas contra él. La punta rozó su entrada, lubricada y lista. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El sonido de piel contra piel empezó, húmedo y obsceno, acompañado de sus gemidos sincronizados.
El ritmo aceleró, Diego embistiendo profundo, bolas golpeando su clítoris con cada thrust. Valeria se aferraba a las sábanas, el olor a sexo impregnando el aire, sudor perlando sus cuerpos dorados bajo la luz tenue. Sentía cada vena de él dentro, rozando paredes sensibles, building esa presión que la volvía loca. "Más rápido, amor", suplicó, y él obedeció, una mano en su cadera, la otra pellizcando un pezón.
Es como si me llenara el alma, no solo el cuerpo. Este es el color de la pasión, capítulo 39 de nuestra historia.
La tercera embestida la llevó al borde. Cambiaron posición: ella encima, cabalgándolo como amazona. Sus senos rebotaban al ritmo, manos de él amasándolos, pulgares en pezones. Valeria giraba las caderas, sintiendo su verga tocar lo más hondo, su clítoris frotándose contra el vello púbico de él. El clímax la golpeó como ola: músculos contrayéndose, jugos chorreando, un grito gutural escapando de su garganta. "¡Me vengo, Diego!"
Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes llenándola. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El afterglow era puro: piel pegajosa de sudor, besos perezosos, risas suaves.
Diego la abrazó por detrás, su verga aún semi-dura contra sus nalgas. "Esto fue mejor que cualquier telenovela, ¿no? Como El Color de la Pasión, capítulo 39, pero con final feliz." Valeria sonrió, volteando para besarlo. "Neta, güey. Y esto es solo el principio."
Se quedaron así, envueltos en sábanas revueltas, el pulso de la ciudad como banda sonora lejana. El deseo satisfecho dejaba un residuo dulce, promesa de más noches así. Valeria cerró los ojos, inhalando su aroma mezclado con el de ella, sabiendo que habían pintado su propio color de pasión, eterno y vibrante.