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Oracion Cariño Ardiente Ardiente Pasion

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En la penumbra de mi departamento en la Roma, con el aroma a jazmín flotando desde el balcón abierto, me senté en la cama king size que compartíamos. El sol del atardecer teñía las sábanas de rojo sangre, como si presagiara la oracion cariño ardiente ardiente pasion que bullía en mi pecho. Me llamo Ana, tengo treinta y dos años, y cada vez que Javier llegaba de sus viajes de trabajo por la costa, mi cuerpo se encendía como un volcán en erupción. Él, mi carnal, mi todo, con esa piel morena curtida por el sol de Veracruz y unos ojos negros que me desnudaban con solo mirarme.

Me recargué en las almohadas, sintiendo el roce suave del satén contra mis muslos desnudos. Llevaba solo una camisola de encaje negro, transparente lo suficiente para que mis pezones duros se marcaran como invitación.

¡Ay, wey, date prisa!, pensé, mientras mi mano bajaba distraída por mi vientre plano, rozando el calor húmedo entre mis piernas. Ya estaba mojadita, lista para él.
El sonido de la ciudad allá abajo —cláxones lejanos, risas de transeúntes— se mezclaba con mi respiración agitada. Olía a mi perfume de vainilla y a la anticipación salada de mi deseo.

La puerta se abrió con un chasquido suave, y ahí estaba Javier, alto y fornido, con la camisa blanca pegada al torso por el sudor del tráfico. Traía una botella de tequila reposado en la mano, su sonrisa pícara iluminando la habitación. "Mi reina", murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel, dejando la botella en la mesita y quitándose los zapatos de un tirón. Se acercó lento, como pantera, y yo me incorporé de rodillas, el corazón latiéndome a mil.

—Ven, cariño, susurré, extendiendo los brazos. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, sus manos grandes abarcando mi cintura, atrayéndome contra su pecho duro. Sabía a sal marina y a menta de su chicle, un sabor que me volvía loca. Sus dedos se colaron bajo la camisola, subiendo por mis caderas, apretando mi nalga con fuerza juguetona. "Estás rica, Ana", gruñó contra mi boca, y yo reí bajito, mordiéndole el labio inferior.

Nos separamos un segundo para mirarnos, jadeantes. Sus ojos devoraban mis curvas, y yo admiraba el bulto creciente en sus jeans. La tensión crecía como tormenta en el Golfo, espesa y eléctrica. Le quité la camisa despacio, botón por botón, oliendo su aroma masculino —sudor limpio, colonia cítrica y algo salvaje. Mis uñas rasguñaron su pecho velludo, bajando hasta el cinturón. Él gemía bajito, "¡No mames, nena, me vas a matar!"

Acto primero de nuestra danza: lo empujé suave contra la cama, montándome a horcajadas sobre él. Sentí su verga dura presionando contra mi coño a través de la tela, un roce que me hizo arquear la espalda. Le desabroché los jeans, liberando su miembro grueso, venoso, palpitante. Lo tomé en mi mano, acariciándolo lento, sintiendo el calor que irradiaba como brasa. Él me miró con hambre pura: "Chúpamela, mi amor". Obedecí, bajando la cabeza, mi lengua lamiendo la punta salada de precum. Su sabor era adictivo, almizclado, y sus gemidos roncos llenaron la habitación como música prohibida.

Pero no quería acabar tan rápido. Me enderecé, quitándome la camisola de un tirón. Mis tetas rebotaron libres, pezones oscuros y tiesos. Javier se incorporó, chupándolos con avidez, sus dientes rozando lo justo para doler rico.

¡Dios, este hombre sabe cómo volverme loca!, pensé, mientras mis caderas se mecían solas contra su polla.
El aire estaba cargado de nuestro olor —sudor, excitación, tequila abierto que vertí en un shot y le di de mi boca a la suya en un beso líquido y ardiente.

La noche avanzaba al segundo acto, donde la oracion cariño ardiente ardiente pasion se convertía en rezo vivo. Lo volteé boca arriba, gateando sobre él como gata en celo. "Cógeme ya, pendejo", le rogué, guiando su verga a mi entrada empapada. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Grité su nombre, el sonido rebotando en las paredes. Empecé a cabalgarlo lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el slap slap de piel contra piel, el olor a sexo crudo invadiendo todo.

Javier agarró mis caderas, clavando los dedos en mi carne suave, marcándome como suyo. "¡Más rápido, reina! ¡Dame todo!" Aceleré, mis tetas botando con cada rebote, sudor perlando mi espalda. Él se sentó, abrazándome fuerte, chupando mi cuello mientras me follaba desde abajo, profundo y rítmico. Sentía su corazón tronando contra el mío, su aliento caliente en mi oreja: "Te amo, Ana, eres mi fuego". Lágrimas de placer me nublaron los ojos; no era solo cogida, era conexión, almas enredadas en éxtasis.

Nos volteamos, él encima ahora, mis piernas abiertas como alas. Me penetró con fuerza controlada, cada embestida enviando ondas de placer desde mi clítoris hasta la nuca. Rozaba ese punto dentro de mí, el G, haciendo que mis jugos corrieran por sus bolas. El cuarto olía a nosotros —musgo salado, vainilla quemada, pasión desatada. Mis uñas arañaron su espalda, dejando surcos rojos; él gruñía como bestia, mordiendo mi hombro. "¡Me vengo, Javier! ¡No pares!" Mi orgasmo explotó como pirotecnia en el Zócalo, cuerpo convulsionando, coño apretándolo como puño.

Él siguió, prolongando mi gozo con estocadas expertas, hasta que su rostro se torció en placer supremo. "¡Ana, carajo!" Rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis mieles. Colapsamos juntos, enredados, pieles pegajosas, respiraciones entrecortadas. El tercero acto llegó suave: afterglow puro. Javier me besó la frente, suave, mientras yo trazaba círculos en su pecho con el dedo.

Eres mi oracion, cariño, murmuró, ardiente aún en voz baja. Ardiente pasion que no se apaga. Reí, acurrucándome en su abrazo, el tequila olvidado en la mesita. Afuera, la ciudad cantaba su rumba eterna, pero aquí, en nuestro nido, solo existíamos nosotros. El sueño nos venció lento, con promesas de más noches así, eternas como nuestro amor mexicano, fogoso y sin frenos.

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