10 Ejemplos de Pasion Desenfrenada
Sofía se arregló frente al espejo de su depa en la Condesa, con el corazón latiéndole a mil por hora. El aroma de su perfume de jazmín flotaba en el aire, mezclado con el olor a tacos de arrachera que acababa de calentar en la estufa. Afuera, las luces de la Ciudad de México parpadeaban como estrellas caídas, y el bullicio de los carros en la avenida se colaba por la ventana entreabierta. Hacía semanas que no veía a Diego, su amor de toda la vida, que había estado de viaje por trabajo en Guadalajara. Chingado, cómo lo extrañé, pensó mientras se pasaba los dedos por el escote de su vestido negro ajustado, que dejaba ver justo lo suficiente para volverlo loco.
El timbre sonó y ella corrió a abrir, con una sonrisa que no podía contener. Ahí estaba él, alto, moreno, con esa barba de tres días que le picaba delicioso en la piel y ojos que prometían travesuras. "¡Wey, qué chido verte!" exclamó Sofía, lanzándose a sus brazos. Diego la levantó en volandas, besándola con hambre, su lengua explorando la de ella como si quisiera devorarla entera. El sabor salado de sus labios se mezclaba con el tequila que él traía en la boca, y sus manos grandes bajaron por su espalda hasta apretarle las nalgas con fuerza juguetona.
"Te traje algo especial, mi reina", murmuró él contra su cuello, inhalando su perfume mientras la dejaba en el suelo. Sacó de su mochila un librito delgado, con portada roja chillante: 10 ejemplos de pasión. "Lo vi en una tiendita allá en el centro de Gua, y pensé: esto es perfecto pa' nosotros. Hoy te voy a dar cada uno de esos ejemplos, uno por uno, hasta que no puedas más." Sofía rio, sintiendo un cosquilleo entre las piernas.
Este pendejo siempre sabe cómo encender la mecha, se dijo, imaginando ya las noches que les esperaban.
Se sentaron a la mesa de la terraza, con velas parpadeando y una botella de tequila reposado que Diego destapó con un pop sonoro. El líquido ámbar llenó los vasos, y el humo del mezcal se elevó como una promesa. Charlaron de todo: de su viaje, de los chismes de la oficina, de lo que extrañaban hacer juntos. Cada roce de sus pies bajo la mesa enviaba chispas por la espina de Sofía. "El primer ejemplo de pasión", dijo él con voz ronca, "es este beso." Se inclinó sobre la mesa y la besó despacio, succionando su labio inferior, haciendo que ella gimiera bajito. El mundo se redujo a la humedad cálida de sus bocas, al roce áspero de su barba en su mentón suave.
La cena se enfrió mientras las caricias subían de tono. Diego la llevó adentro, a la recámara iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por las cortinas. El aire estaba cargado del olor a sus cuerpos excitados, sudor mezclado con perfume. "Segundo ejemplo: el toque que quema", susurró, deslizando las manos por sus muslos, subiendo el vestido hasta exponer su tanga de encaje negro. Sofía jadeó cuando sus dedos rozaron la tela húmeda, presionando justo donde dolía la necesidad. Sus yemas callosas contra mi piel... ay, carajo, pensó ella, arqueando la espalda.
La desvistió con calma tortuosa, besando cada centímetro de piel que liberaba. Primero los hombros, lamiendo el hueco de su clavícula, saboreando la sal de su sudor. Luego los senos, pesados y turgentes, chupando los pezones hasta endurecerlos como piedras. Sofía enterró las manos en su cabello revuelto, gimiendo "¡Más, pendejo, no pares!" El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, punteado por el slap húmedo de su lengua en su carne. Diego se arrodilló, "Tercer ejemplo: el sabor del deseo". Bajó la tanga y hundió la cara entre sus piernas, lamiendo su panocha con devoción, sorbiendo el néctar que brotaba de ella. Sofía gritó, las piernas temblando, el placer como un rayo que le recorría el vientre.
Pero él no la dejó correr tan rápido. La tumbó en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que se arrugaban bajo sus cuerpos. "Cuarto: la fricción lenta". Se quitó la camisa, revelando el pecho moreno y musculoso que ella amaba morder. Se recostó sobre ella, su verga dura presionando contra su muslo a través del pantalón. Se frotaron así, piel con piel, el calor de sus sexos separados solo por tela, hasta que Sofía suplicó "¡Métemela ya, cabrón!" Diego rio, bajándose el cierre con un zumbido metálico que sonó como música.
La penetró de golpe, llenándola por completo. "Quinto ejemplo: la unión profunda". Embestía despacio al principio, saliendo casi todo para volver a hundirse, el chapoteo de sus jugos resonando obsceno. Sofía clavó las uñas en su espalda, oliendo el almizcle de su axila, probando el sudor que le corría por el cuello. Sus caderas chocaban en ritmo perfecto, el colchón crujiendo bajo ellos.
Esto es el paraíso, wey, nunca quiero que acabe, pensó ella mientras él aceleraba, sus bolas golpeando su culo con cada thrust.
La volteó boca abajo, "Sexto: desde atrás, como animales". Sofía se puso a cuatro patas, ofreciéndole su trasero redondo. Él lo azotó suave, el escozor delicioso mezclándose con el placer cuando volvió a entrar. El ángulo era brutal, tocando ese punto dentro que la hacía ver estrellas. Gritos ahogados escapaban de su garganta, el cabello pegado a la frente por el sudor. Diego jalaba su melena, montándola como en un rodeo, sus gruñidos graves vibrando en su espalda.
Cambiaron posiciones sin parar, explorando. "Séptimo: tú arriba, mi jefa". Sofía lo cabalgó, sintiendo el control, rebotando sobre su verga gruesa mientras él amasaba sus tetas. El roce de su clítoris contra su pubis la llevaba al borde, una y otra vez. Octavo: misionero con ojos clavados, almas conectadas. Noveno: ella de lado, él cucharita, caricias tiernas entre embestidas feroces. El décimo, el clímax: la puso contra la pared, piernas alrededor de su cintura, follando con furia mientras ella mordía su hombro para no gritar demasiado fuerte. El orgasmo la destrozó, olas de placer convulsionándola, su coño apretando su verga hasta ordeñarlo. Diego se corrió dentro, caliente y espeso, rugiendo su nombre.
Colapsaron en la cama, jadeantes, pieles pegajosas unidas. El aire olía a sexo crudo, a ellos dos. Diego la besó la frente, "10 ejemplos de pasión, cumplidos. ¿Qué tal, mi amor?" Sofía sonrió, exhausta y satisfecha, trazando círculos en su pecho. "Los mejores de mi vida, pendejo. Pero mañana repetimos, ¿eh?" Se durmieron así, envueltos en el calor del otro, con la ciudad zumbando afuera como testigo de su noche inolvidable.