Pasión de Gavilanes Canción de Deseo
La noche en el bar de la colonia Roma estaba cargada de ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma. Yo, Ana, acababa de entrar con mis amigas, buscando un rato de diversión después de una semana de puro estrés en la oficina. El lugar olía a tequila reposado, cigarros y un toque de perfume barato que flotaba en el aire como una promesa. Las luces tenues bailaban sobre las mesas, y de pronto, el DJ soltó la pasión de gavilanes canción, esa rola que te eriza la piel con su ritmo ranchero mezclado con cumbia rebajada. "¡Órale, qué chido!", grité, sintiendo cómo el bajo me vibraba en el pecho.
Ahí lo vi. Alto, moreno, con esa mirada de galán de telenovela que te clava los ojos y no te suelta. Se llamaba Javier, me enteré después, y estaba solo en la barra, con una cerveza en la mano. Nuestras miradas se cruzaron justo cuando la canción hablaba de amores imposibles y pasiones que queman. ¿Qué pedo, wey? ¿Por qué me late tan fuerte el corazón?, pensé, mientras mis amigas me empujaban a la pista. Bailé, moviendo las caderas al son de la letra que decía "enamorado de ti", y sentí su presencia acercándose, como un imán.
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¿Bailas conmigo, preciosa?—me dijo al oído, su aliento cálido rozándome la oreja, oliendo a mentas y algo más, algo varonil que me aceleró el pulso.
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Sí, pero no me sueltes, ¿eh?—respondí coqueta, girándome para pegarme a él. Sus manos en mi cintura eran firmes, callosas, como las de un tipo que trabaja con las manos. El sudor de su camisa se mezclaba con el mío, y cada roce de su pecho contra mi espalda mandaba chispas directas a mi entrepierna. La pasión de gavilanes canción seguía sonando, envolviéndonos en su melodía ardiente, y yo ya sentía esa humedad traicionera entre mis muslos.
El principio fue puro juego. Charlamos entre sorbos de chela helada, riéndonos de tonterías. Él era de Guadalajara, tapatío de pura cepa, con acento norteño que me derretía. Neta, este vato es un cañón, me dije, mientras él me contaba de su rancho y yo le soltaba anécdotas de la CDMX. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental de dedos. Sus ojos bajaban a mis labios, a mis tetas que asomaban jugosas por el escote del vestido negro ajustado. Yo lo provocaba, cruzando las piernas para que viera el borde de mis ligas, oliendo su colonia que se mezclaba con el aroma de mi perfume de vainilla.
Salimos del bar caminando por las calles empedradas, el ruido de los coches lejano, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego que nos ardía por dentro. Llegamos a su depa en Polanco, un lugar chido con vista a los edificios iluminados. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos. Su boca sabe a tequila y deseo puro, pensé, mientras mi lengua jugaba con la suya, saboreando el salado de su sudor. Sus manos subieron por mi espalda, bajando la cremallera del vestido con lentitud tortuosa, dejando que la tela cayera al piso como una cascada suave.
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Estás riquísima, Ana. No sabes las ganas que traigo—murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible, enviando ondas de placer que me hacían gemir bajito.
Yo le arranqué la camisa, sintiendo el calor de su pecho ancho, los músculos tensos bajo mis uñas. Olía a hombre, a tierra mojada después de la lluvia, y su verga ya dura presionaba contra mi panza a través del pantalón. Lo empujé al sofá, montándome encima, frotándome contra él mientras la ciudad brillaba afuera. Mis pezones rozaban su piel, duros como piedritas, y él los chupó con hambre, lamiendo, succionando hasta que arqueé la espalda con un ¡ay, cabrón! que salió de lo más hondo.
La cosa escaló despacio, saboreando cada segundo. Le bajé el pantalón, admirando esa verga gruesa, venosa, que palpitaba al aire libre. Qué prieta tan chula, pensó él al verme arrodillarme, pero yo ya la tenía en la boca, saboreando el precum salado, chupando la cabeza con la lengua plana, mientras mis manos masajeaban las bolas pesadas. Él gruñía, enredando los dedos en mi pelo,
¡No pares, jefa, qué mamada tan buena!El sonido de su voz ronca, los jadeos, el slap de mi boca contra su piel, todo se mezclaba con el eco lejano de alguna rola parecida a la pasión de gavilanes canción que aún me rondaba en la cabeza.
Me levantó como si no pesara, llevándome a la cama king size con sábanas frescas de algodón egipcio. Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, oliendo mi excitación que empapaba las bragas de encaje. Su aliento caliente ahí abajo me va a matar. Las quitó con los dientes, y su lengua encontró mi clítoris hinchado, lamiendo en círculos lentos, metiendo dos dedos gruesos que curvaba justo en el punto G. Grité, mis caderas buckeando contra su cara, el sabor de mi propia humedad en sus labios cuando me besó después. —
Te voy a coger hasta que pidas clemencia, preciosa—dijo, y yo solo asentí, perdida en el torbellino.
Entró en mí de una, lento al principio, estirándome deliciosamente. Sentí cada centímetro, la fricción ardiente, el pulso de su verga contra mis paredes internas. ¡Qué rico, wey, lléname! Empezamos un ritmo pausado, piel contra piel chapoteando, sudor goteando, sus bolas golpeando mi culo con cada embestida. Aceleramos, yo clavándole las uñas en la espalda, él mordiendo mi hombro mientras yo le arañaba. El cuarto olía a sexo crudo, a fluidos mezclados, a nosotros. La tensión subía como la marea, mis ovarios apretándose, el orgasmo construyéndose en oleadas.
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¡Ven, Javier, córrete conmigo!—supliqué, y él obedeció, hundiéndose profundo una última vez. Explosé primero, mi coño contrayéndose alrededor de su verga en espasmos violentos, chorros de placer que me cegaban, el grito ahogado en su cuello. Él rugió, llenándome con chorros calientes que sentía resbalar dentro, su cuerpo temblando sobre el mío.
Nos quedamos así, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era reconfortante, su piel pegajosa contra la mía. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. Esto fue más que un polvo, neta, pensé, mientras él acariciaba mi pelo húmedo. La ciudad seguía viva afuera, pero nosotros en nuestra burbuja.
Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con promesas de más noches así. La pasión de gavilanes canción había sido el detonante, pero lo nuestro era real, ardiente, nuestro. Caminé a casa con las piernas flojas, sonriendo como pendeja, sabiendo que esa pasión no se apagaría fácil.