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Pasión Capítulo 61 Llamas Eternas

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Pasión Capítulo 61 Llamas Eternas

Ana se miró en el espejo del baño, el vapor del agua caliente aún flotando en el aire como un velo de misterio. Su piel morena brillaba con gotas de agua que resbalaban lentas por sus curvas, oliendo a jabón de lavanda mezclado con el aroma dulce de su loción favorita, esa que compraba en el mercado de Coyoacán. ¿Por qué carajos estoy tan nerviosa? pensó, mientras se pasaba los dedos por el cabello negro y largo, soltándolo en ondas salvajes. Hacía meses que jugaba este juego con Alejandro, el wey que la volvía loca con solo una mirada. Él, con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que prometían pecados, la había invitado a su depa en Polanco esa noche. "Ven, mami, vamos a ver qué pasa", le dijo por WhatsApp, y ella, pendeja, aceptó sin pensarlo dos veces.

Esto es como Pasión Capítulo 61, se dijo Ana en voz baja, recordando esa novela erótica que leía a escondidas en su chamba. Ahí la prota siempre terminaba rendida a las llamas del deseo, y ella sentía que su propia historia ardía igual.

Se puso un vestido rojo ajustado que abrazaba sus chichis y caderas como una segunda piel, sin bra ni calzón, solo por joder. El tacto suave de la tela contra su piel desnuda la hizo estremecer, un cosquilleo que bajaba directo a su entrepierna. Salió del baño, el corazón latiéndole como tamborazo en una fiesta de pueblo. Abajo, en la calle, el ruido de los coches en Insurgentes y el olor a taquitos de la esquina la devolvieron a la realidad mexicana, viva y caótica.

Alejandro abrió la puerta con una chela en la mano, su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar el vello oscuro en su pecho musculoso. "¡Órale, güey, qué chingona te ves!", exclamó, jalándola adentro con un brazo fuerte. El depa olía a carne asada y cilantro fresco; había preparado tacos al pastor en la terraza, con piñas caramelizadas que chorreaban jugo dulce. Se sentaron en el sofá de piel suave, las luces tenues pintando sombras sensuales en las paredes. Sus rodillas se rozaron, y Ana sintió el calor de su piel como una promesa ardiente.

Charlaron de todo y nada: de la pinche jefa en la oficina, de ese partido del América que él no se perdía, de cómo el tequila les soltaba la lengua. Cada risa era un roce accidental, cada mirada un fuego que crecía. Él le sirvió un caballito de Don Julio, el líquido ámbar quemando su garganta con sabor ahumado y picante. "Brindemos por las noches que no olvidamos", dijo Alejandro, su voz ronca como grava bajo botas. Sus dedos se enredaron en los de ella, ásperos por el gym, contrastando con la suavidad de su palma.

Ana tragó saliva, el pulso acelerado latiéndole en las sienes. Ya valió, no aguanto más. Se inclinó, rozando sus labios con los de él, suaves al principio, probando el sabor salado de su boca mezclado con tequila. Él gruñó bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho y la hizo mojarse al instante. Sus lenguas bailaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploraban. Alejandro subió el vestido por sus muslos, encontrando su piel desnuda. "¡No mames, Ana, sin nada... eres una diabla", murmuró contra su cuello, mordisqueando la piel sensible donde latía su vena.

El beso se volvió feroz, dientes chocando, respiraciones jadeantes llenando el aire cargado de feromonas. Ella le arrancó la camisa, arañando su espalda con uñas pintadas de rojo, sintiendo los músculos tensos bajo sus dedos. Olía a su colonia masculina, madera y especias, mezclado con sudor fresco. Cayó de rodillas frente a él, desabrochando su jeans con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, dura y venosa, palpitando con calor vivo. Ana la lamió desde la base, saboreando la sal de su piel, el gusto almizclado que la volvía loca. Él enredó los dedos en su pelo, guiándola suave, gimiendo "¡Qué rico, chula, no pares!".

Pero Alejandro la levantó, cargándola como si no pesara nada, hacia la recámara. La cama king size los esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. La tumbó despacio, besando cada centímetro: el lóbulo de su oreja, el hueco de su clavícula, bajando por sus tetas firmas. Chupó un pezón rosado, endurecido, tirando con los dientes hasta que ella arqueó la espalda, un gemido agudo escapando de su garganta. "¡Alejandro, pendejo, me matas!", jadeó, sus manos apretando sus hombros.

Esto es puro fuego, como en Pasión Capítulo 61 cuando la pasión los consume sin remedio, pensó Ana, perdida en la vorágine.

Él separó sus piernas, inhalando profundo el aroma almizclado de su excitación, ese olor dulce y terroso que lo enloquecía. Su lengua trazó caminos lentos por sus labios mayores, saboreando la humedad salada, chupando su clítoris hinchado con maestría. Ana se retorcía, las sábanas arrugándose bajo sus puños, el placer subiendo en olas que le nublaban la vista. "¡Más, cabrón, dame más!", rogaba, las caderas moviéndose al ritmo de su boca. Sus dedos entraron en ella, curvándose justo ahí, rozando ese punto que la hacía ver estrellas, jugos chorreando por su mano.

No aguantó más. Lo jaló arriba, guiando su verga gruesa a su entrada resbaladiza. Entró de un empujón lento, llenándola por completo, el estiramiento delicioso quemándola por dentro. "¡Ay, wey, qué grande estás!", gritó ella, uñas clavadas en su culo firme. Empezaron a moverse, un ritmo primitivo: él embistiendo profundo, ella respondiendo con arqueadas salvajes. El slap-slap de piel contra piel resonaba, mezclado con gemidos y el crujir de la cama. Sudor perlaba sus cuerpos, goteando salado en sus bocas entre besos hambrientos.

La tensión crecía, coiling como resorte en su vientre. Ana sentía cada vena de él pulsando dentro, rozando sus paredes sensibles. Él aceleró, gruñendo "¡Me vengo, Ana, no aguanto!", y ella apretó las piernas alrededor de su cintura. "¡Dámelo todo, amor!", suplicó. El orgasmo la golpeó primero, un tsunami de placer que la hizo convulsionar, luces explotando tras sus párpados, un grito ronco rasgando el aire. Él la siguió segundos después, chorros calientes llenándola, su cuerpo temblando sobre el de ella.

Se derrumbaron juntos, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Alejandro se salió despacio, un hilo de semen mezclándose con sus jugos resbalando por su muslo. La abrazó fuerte, su piel pegajosa contra la de ella, oliendo a sexo y satisfacción. Besó su frente sudorosa, murmurando "Eres lo máximo, mi reina". Ana sonrió, el corazón lleno, el cuerpo lánguido como después de una buena peda.

Pasión Capítulo 61 había terminado perfecto, pero su propia historia apenas empezaba, con promesas de más noches así, eternas y ardientes.

Se quedaron así, envueltos en el calor del otro, el ruido lejano de la ciudad como banda sonora suave. Ana trazó círculos perezosos en su pecho, saboreando la paz post-coital, ese glow que hacía todo valer la pena. Mañana sería otro día de pinche rutina, pero esta noche, en sus brazos, era dueña del mundo.

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