Cuando Salio La Pelicula La Pasion De Cristo Mi Pasión Se Encendió
Era cuando salió la película La Pasión de Cristo allá por el 2004 en la Ciudad de México. Yo tenía veinticinco años, soltera y con un cuerpo que volvía locos a los weyes del barrio. Me llamaba Ana, trabajaba en una tiendita de ropa en Polanco, rodeada de luces y glamour, pero mi vida era pura rutina hasta que apareció Marco. Él era un morro alto, moreno, con ojos que te desnudaban con solo mirarte. Lo conocí en el cine del centro comercial, comprando boletos para esa película que todos platicaban. Órale, qué chido, pensé, mientras él se volteaba y me regalaba una sonrisa que me erizó la piel.
—¿Vas sola a ver esa película tan heavy? —me dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho.
Yo le seguí la corriente, neta, porque desde el primer segundo sentí un cosquilleo entre las piernas. Compramos los boletos juntos y entramos a la sala oscura. El aire olía a palomitas calientes y a su colonia fresca, como a limón y madera. Nos sentamos cerquita, nuestros muslos rozándose accidentalmente. La pantalla se encendió con esas escenas brutales de sufrimiento, sangre y pasión desbordada. Cada latigazo que sonaba en los bocinas me hacía apretar las piernas.
¿Por qué carajos esto me prende tanto? Es dolor, pero hay algo carnal ahí, como si el cuerpo gritara por liberación.Marco respiraba pesado a mi lado, su mano rozando la mía en el brazo del asiento. El calor de su palma era eléctrico, y yo no la quité.
Salimos del cine con las cabezas hechas un desmadre. La noche estaba tibia, el viento jugaba con mi falda corta, y Marco me invitó a su depa en la Condesa, que quedaba cerca. No seas pendeja, Ana, ve con él, me dije mientras subíamos al vocho viejo que manejaba. La música de Juanes sonaba bajito, y platicamos de la película. —Esa pasión que muestra, wey, es como la que sentimos cuando algo nos quema por dentro —dijo él, mirándome de reojo. Yo asentí, sintiendo mi panocha humedecerse solo con su voz.
Acto uno completo, ahora la cosa se pone intensa. Llegamos a su depa, un lugar chido con muebles de madera y velas que prendió apenas entramos. Olía a incienso suave y a café recién hecho. Me sirvió un tequila reposado, el cristal frío en mi mano contrastando con el fuego que me ardía adentro. Nos sentamos en el sofá, nuestras rodillas tocándose ya sin excusas. Hablamos de la película otra vez, de cómo el sufrimiento de Cristo despertaba algo primitivo en nosotros. Sus ojos se clavaban en mis labios, y yo sentía su mirada como caricias en mi piel morena.
—¿Sabes qué me gustó más? Esa entrega total, sin reservas —murmuró, acercándose. Su aliento olía a tequila y a deseo puro. Yo me incliné, mis tetas rozando su pecho ancho bajo la camisa. Nuestros labios se encontraron en un beso lento, húmedo, con sabor a sal y urgencia. Sus manos subieron por mis muslos, ásperas y fuertes, levantando la falda hasta tocar mi tanga empapada.
Pinche Marco, me vas a volver loca con esas manos de obrero chulo. Gemí bajito cuando sus dedos rozaron mi clítoris hinchado, un roce que me hizo arquear la espalda.
La tensión crecía como la película que acabábamos de ver: gradual, implacable. Me quitó la blusa con delicadeza, besando mi cuello donde latía mi pulso como tambor. Olía a su sudor limpio, mezclado con mi perfume de vainilla. Chupó mis pezones duros, lamiéndolos con lengua caliente y juguetona, mientras yo metía las manos en su pantalón y sentía su verga tiesa, gruesa, palpitando contra mi palma. —Eres tan rica, Ana, neta que me tienes bien puesto —gruñó, y yo reí, mordiéndome el labio.
Lo empujé al sofá y me subí encima, frotando mi concha mojada contra su bulto. El roce era delicioso, tela contra tela, calor contra calor. Sus manos amasaban mis nalgas, apretando la carne suave. Bajé su zipper y saqué esa verga morena, venosa, con el glande brillando de precum. La lamí despacio, saboreando su gusto salado y almizclado, mientras él jadeaba y enredaba los dedos en mi pelo negro. Qué chingón chupártela, wey, pensé, tragándomela hasta la garganta con slurps húmedos que llenaban la habitación.
Pero no quería acabar ahí. La intensidad subía, como los latigazos en la pantalla. Me paré, me quité la tanga y me abrí de piernas en el sofá, mostrándole mi panocha rosada, chorreando jugos. —Vente, Marco, fóllame como si fuera tu pasión —le pedí, voz ronca. Él se arrodilló, oliendo mi aroma dulce y caliente, y hundió la cara entre mis pliegues. Su lengua era fuego, lamiendo mi clítoris en círculos, chupando mis labios hinchados. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mis caderas moviéndose solas contra su boca barbuda que raspaba delicioso.
El clímax se acerca, el cuerpo pide release. No aguanté más. Lo jalé arriba, guié su verga a mi entrada resbalosa. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, estirándome con ese grosor perfecto. —¡Órale, qué rica estás adentro, tan apretada y caliente! —gimió, empezando a bombear lento. Sentía cada vena frotando mis paredes, el slap slap de piel contra piel, sudor goteando entre nosotros. Aceleró, mis tetas botando con cada estocada profunda. Yo clavaba las uñas en su espalda, oliendo nuestro sexo mezclado: almizcle, sudor, tequila.
Cambié de posición, me puse a cuatro en el piso alfombrado, él atrás embistiéndome como animal. Su verga golpeaba mi punto G, sacándome chorros de placer.
Es como la película, pero en vez de dolor, puro éxtasis que me parte en dos. Gruñía palabras sucias: —Te voy a llenar de leche, mamacita, agárrate. Yo respondía: —Dame todo, cabrón, hazme tuya. El orgasmo me pegó como rayo, mi concha contrayéndose alrededor de su pija, chorros calientes saliendo mientras gritaba su nombre. Él se vino segundos después, bombeando semen espeso dentro de mí, su cuerpo temblando sobre el mío.
Quedamos tirados en el piso, jadeando, piel pegajosa de sudor y fluidos. El aire olía a sexo crudo, a nosotros. Me besó la frente, suave, mientras yo acariciaba su pecho velludo. —Cuando salió la película La Pasión de Cristo, no sabía que despertaría esto en mí —le dije riendo bajito. Él sonrió, abrazándome fuerte. Esa noche dormimos enredados, con el recuerdo de la pasión cinematográfica convertida en nuestra propia entrega total. Al día siguiente, el sol entraba por la ventana, y supe que esto era solo el principio de muchas noches ardientes. Neta, la vida cambió con esa película y con él.