Deck Dogz Pasión Carnal por la Patineta 2005
El sol de la tarde caía a plomo sobre el skate park de Coyoacán, en el corazón de la Ciudad de México. El aire estaba cargado de ese olor a concreto caliente mezclado con el polvo que levantaban las ruedas de las patinetas. Yo, Alex, de veintiocho años, agarré mi tabla con las manos sudadas y me lancé por la rampa grande. El viento me azotaba la cara, el grind del truck contra el coping sonaba como un rugido metálico que me ponía la piel chinita. Hacía años que no sentía esa adrenalina pura, esa pasión por la patineta que me hacía olvidar todo.
Desde chavo, Deck Dogz Pasión por la patineta 2005 había sido mi biblia. Esa película vieja, con esos cabrones volando alto, sudados y sin miedo, me había marcado. La veía una y otra vez en mi tele chafa, soñando con ser como ellos. Ahora, en este parque lleno de vatos y morras tatuadas, patinaba para revivir eso. Mi corazón latía fuerte, el sudor me chorreaba por la espalda, pegándome la playera negra al cuerpo.
Entonces la vi. Luna, se llamaba, o eso gritó un cuate cuando aterrizó un ollie perfecto. Morena, con el cabello negro recogido en una coleta desordenada, shorts ajustados que marcaban sus nalgas firmes y una tank top que dejaba ver el piercing en su ombligo. Sus ojos cafés brillaban con esa misma hambre que yo sentía. Patinaba como demonio, subiendo la rampa con gracia felina, su tabla un extensión de su cuerpo.
Órale, qué chingona, pensé, mientras mi verga daba un brinco involuntario en los bóxers.
Me acerqué después de su truco, fingiendo casualidad. —Qué pedo, morra, eso estuvo cabrón. Me recordó a Deck Dogz Pasión por la patineta 2005, ¿la has visto? Le dije, jadeando un poco, con el pecho subiendo y bajando.
Ella se giró, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Su piel brillaba, olía a sal y a algo dulce, como vainilla mezclada con esfuerzo. —¡Claro, pendejo! Esa película es lo máximo. Me la sé de memoria. ¿Quieres competir a ver quién hace más trucos seguidos sin caerse? Su voz era ronca, juguetona, con ese acento chilango que me erizaba los vellos.
Acto uno completado: la chispa estaba ahí. Competimos un rato, riendo cuando uno fallaba, aplaudiendo los aciertos. Cada vez que ella se agachaba para empujar, veía el sudor resbalando por su cuello, hasta perderse en su escote. Mi mente volaba: imaginaba lamer ese camino salado, sentir su calor contra mi lengua.
El sol empezó a bajar, tiñendo todo de naranja. El parque se vaciaba, quedamos solos en la rampa chica. —Estás cañón patinando, Alex, me dijo, acercándose tanto que sentí su aliento cálido en mi oreja. —Pero apuesto que en otras cosas también. Sus dedos rozaron mi brazo, un toque eléctrico que me puso la piel en llamas.
La tensión creció como una ola. Nos sentamos en el borde de la rampa, tablas a un lado, compartiendo una chela fría que saqué de mi mochila. Hablamos de la película, de cómo Deck Dogz Pasión por la patineta 2005 nos había hecho amar esto. —Es pura pasión, ¿no? Ese feeling de volar, de arriesgarlo todo, murmuró ella, su mano ahora en mi muslo, subiendo despacio.
Mi pulso se aceleró.
¿Esto está pasando de veras? No la cagues, carnal. La miré a los ojos, vi el deseo crudo ahí. —Luna, me estás volviendo loco, confesé, mi voz temblando. La besé entonces, suave al principio, probando sus labios carnosos, saboreando el salado del sudor y la cerveza. Ella respondió con hambre, su lengua invadiendo mi boca, gimiendo bajito.
Acto dos: la escalada. Sus manos bajaron por mi pecho, quitándome la playera. Sentí sus uñas arañando mi piel, el roce ardiente. Yo le subí la tank top, exponiendo sus tetas perfectas, pezones duros como piedras. Las chupé, mordisqueando suave, oyendo sus jadeos que resonaban en el parque vacío. —Sí, así, cabrón, susurró, arqueando la espalda.
Nos quitamos la ropa con urgencia, el concreto raspando nuestras rodillas pero ni madres nos importaba. Su cuerpo desnudo era una obra de arte: curvas suaves, tatuajes de calaveras y tablas en los muslos, piel morena reluciente. Olía a mujer en celo, ese aroma almizclado que me ponía la verga como fierro. La recosté con cuidado, besando su vientre, bajando hasta su panocha depilada, húmeda y caliente.
La lamí despacio, saboreando su jugo dulce y salado, su clítoris hinchado bajo mi lengua. Ella gemía fuerte, —¡Ay, wey, no pares! Métemela ya, agarrándome el pelo. Introduje dos dedos, sintiendo sus paredes contrayéndose, calientes y resbalosas. Mi propia verga palpitaba, goteando pre-semen, rogando atención.
Me puse de pie, ella se arrodilló un segundo, mirándome con picardía. —Qué rica verga tienes, grandota y venosa. La engulló, chupando con maestría, su saliva caliente corriendo por mi tronco. El sonido húmedo, sus labios estirados, me tuvo al borde.
No te vengas todavía, aguántala.
La levanté, la puse contra la rampa, sus piernas alrededor de mi cintura. Empujé despacio, sintiendo su coño apretado envolviéndome centímetro a centímetro. —¡Chingado, qué rico! gritó ella, clavándome las uñas en la espalda. Empecé a bombear, fuerte y profundo, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con nuestros gemidos. El sudor nos unía, resbaloso, el olor a sexo impregnando el aire.
Cambié posiciones: ella encima, cabalgándome como una diosa, sus tetas rebotando, cabello suelto azotando su cara. Yo la agarraba las nalgas, guiándola, sintiendo su calor interno ordeñándome. —Te voy a hacer venir como nunca, morra, le dije, pellizcándole los pezones. Ella aceleró, gritando ¡Sí, pendejo, dame todo!.
La tensión llegó al pico. Sus paredes se apretaron, temblando, y explotó en un orgasmo que la hizo sacudirse, mojándome entero. Eso me llevó al límite: me vine dentro, chorros calientes llenándola, gruñendo como animal. Nos quedamos pegados, respirando agitados, el mundo girando lento.
Acto tres: el afterglow. Nos vestimos despacio, riendo tontos, besándonos suaves. El parque estaba oscuro ahora, luces de la calle parpadeando. —Eso fue mejor que cualquier truco de Deck Dogz, dijo ella, recargando la cabeza en mi hombro. Olía a nosotros, a placer compartido.
Caminamos hacia la salida, tablas bajo el brazo.
Esto no termina aquí, carnal. Hay más pasión por venir. Su mano en la mía, el corazón aún latiendo fuerte. La patineta nos unió, pero esto era algo más profundo, carnal y eterno.