Pasión y Poder Capítulo 118 Fuego Prohibido
En el corazón de Polanco, donde las luces de la Ciudad de México parpadean como estrellas caídas, se erguía la torre de cristal del Grupo Mendoza. Arturo Mendoza, el rey indiscutible de los negocios, caminaba por los pasillos con esa seguridad que hacía temblar a sus rivales. Su traje negro a la medida acentuaba sus hombros anchos y esa mandíbula cuadrada que gritaba poder. Pero esa noche, en la gala anual, algo lo desestabilizaba: Isabella Ruiz, la hija del hombre que juraba vengarse de él por un viejo rencor empresarial.
Isabella era un torbellino de curvas envueltas en un vestido rojo fuego que se pegaba a su piel morena como una segunda piel. Sus ojos negros brillaban con desafío mientras bebía champagne en la barra, ignorando las miradas lujuriosas de los invitados. ¿Qué hace aquí esta chava? pensó Arturo, sintiendo un calor subirle por el cuello. Ella lo vio, levantó su copa en un brindis burlón y se acercó con pasos felinos, el aroma de su perfume —jazmín y vainilla— invadiendo su espacio.
—Pasión y poder, ¿verdad, Arturo? —susurró ella, su voz ronca como el tequila reposado—. Capítulo 118 de nuestra eterna guerra. ¿Listo para el siguiente giro?
Él sonrió, esa sonrisa lobuna que cerraba tratos millonarios. —Si es contigo, mija, siempre. Pero esta vez, no hay reglas de negocios.
El aire entre ellos crepitaba. Sus manos rozaron al pasar una copa, un toque eléctrico que envió chispas por la espina de Arturo. Isabella sintió su pulso acelerarse, el deseo latiendo en su vientre como un tambor azteca. Este pendejo me enciende como nadie, admitió en silencio, recordando las noches solitarias fantaseando con domarlo.
La gala se desvanecía en un murmullo lejano mientras subían al penthouse privado en el elevador de cristal. Las vistas de la ciudad se desplegaban abajo, un mar de luces que reflejaba el caos en sus mentes. Arturo la acorraló contra la pared, su aliento cálido en su oreja. —Dime que no vienes a joderme el negocio, Isabella. Dime que es por esto. —Sus dedos trazaron la curva de su cadera, presionando justo donde el vestido se tensaba.
—¿Joderte? —rió ella bajito, girándose para morderle el lóbulo de la oreja—. Quiero follarte, Arturo. Poder o no, esta noche mando yo.
El beso fue brutal, labios chocando con hambre reprimida. Sus lenguas danzaron, saboreando el champagne dulce y el sudor salado de anticipación. Arturo la levantó con facilidad, sus muslos envolviéndolo mientras caminaba hacia la suite. El olor a cuero nuevo del sofá se mezcló con su excitación, ese almizcle terroso que hacía que su verga palpitara dura contra ella.
¡Carajo, esta mujer es fuego puro! pensó él, mientras sus manos exploraban la suavidad de sus nalgas, apretándolas con posesión.
Isabella jadeaba, sus uñas arañando su espalda a través de la camisa. Lo empujó al sofá, montándolo con ferocidad. —Quítate eso, güey. Quiero verte todo.
Las ropas volaron: su vestido se deslizó como seda derretida, revelando pechos plenos con pezones oscuros endurecidos por el aire fresco. Arturo se desabrochó la camisa, exponiendo un pecho velludo y marcado por horas en el gym. Ella se arrodilló entre sus piernas, olfateando su aroma masculino —sudor, colonia cara y deseo crudo—. Sus labios rozaron la protuberancia en sus pantalones, sintiendo el calor irradiar.
—Qué chingón estás, murmuró ella, bajando el zipper con dientes. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, goteando precúm como promesa. Isabella la lamió desde la base, saboreando la sal picante, mientras Arturo gruñía, sus puños cerrados en el cuero.
La tensión escalaba como una tormenta en el desierto sonorense. Arturo la levantó, girándola para besarla de pie frente al ventanal. La ciudad los observaba, indiferente. Sus manos ahondaron entre sus muslos, encontrándola empapada, labios hinchados y calientes. —Estás chorreando por mí, corazón, —dijo él, metiendo dos dedos despacio, curvándolos para rozar ese punto que la hizo arquearse.
—¡Sí, cabrón! —gimió Isabella, sus caderas moviéndose al ritmo de sus embestidas digitales. El sonido húmedo de su panocha llenaba la habitación, mezclado con sus respiraciones entrecortadas. Ella lo masturbó con furia, sintiendo las venas pulsar bajo su palma, el glande hinchado rozando su pulgar.
Pero no era suficiente. Lo quería dentro, fusionados en pasión y poder. Isabella lo guió al kingsize, la sábana de hilo egipcio crujiendo bajo su peso. Se montó sobre él a horcajadas, frotando su humedad contra su longitud. —Mírame, Arturo. Esto es nuestro capítulo 118. Nadie nos para.
Él asintió, ojos oscuros fijos en los suyos, mientras ella descendía centímetro a centímetro. La plenitud la estiró deliciosamente, un ardor que se convirtió en placer puro. ¡Madre santa, qué rico lo llena! pensó, comenzando a cabalgar lento, sus pechos rebotando con cada bajada.
Arturo la sujetó por las caderas, embistiéndola desde abajo, el choque de pieles resonando como aplausos en un palenque. Sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre sus senos. Él se incorporó, chupando un pezón con avidez, mordisqueándolo hasta que ella gritó de gozo. Sus olores se fundían: ella a miel y almizcle, él a hombre en celo.
No es solo sexo, es conquista, reflexionó él, mientras sus bolas se tensaban, el orgasmo acechando.
La intensidad creció exponencialmente. Isabella aceleró, sus muslos temblando, el clímax rugiendo en su interior como un volcán. —¡Me vengo, Arturo! ¡Chíngame más!
Él la volteó sin salir, poniéndola a cuatro patas frente al espejo del clóset. La imagen los excitó más: ella con el culo en alto, él penetrándola profundo, sus cuerpos brillando sudorosos. El slap-slap de sus caderas era hipnótico, su verga desapareciendo en su calor apretado. Arturo pellizcó sus pezones, una mano bajando a frotar su clítoris hinchado.
—¡Ven conmigo, reina! —rugió él, sintiendo su coño contraerse en espasmos. Isabella explotó primero, un grito gutural escapando mientras chorros de placer la sacudían, empapándolo todo. Arturo la siguió segundos después, vaciándose en chorros calientes, marcándola con su esencia.
Colapsaron enredados, pulsos galopantes sincronizados. El aire olía a sexo crudo, a victoria compartida. Isabella trazó círculos en su pecho, besando su cuello salado. —Capítulo 118: empate técnico, amor. ¿Próximo round?
Arturo rio, abrazándola fuerte. —Siempre, mi vida. En pasión y poder, tú y yo somos invencibles.
La ciudad dormía abajo, pero ellos ardían aún, en afterglow eterno, saboreando la dulzura del poder compartido y la pasión desatada.