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El Diario de una Pasión en el Reparto

6559 palabras

El Diario de una Pasión en el Reparto

Vivo en el Reparto Jardines del Sol, un conjunto moderno y chido en las afueras de la Ciudad de México, con albercas relucientes, jardines bien podados y vecinos que parecen salidos de una novela. Me llamo Ana, tengo veintiocho años, trabajo en una agencia de publicidad y hace tres meses que me mudé aquí huyendo del ruido del centro. Pero lo que no esperaba era toparme con Diego, el wey que vive en la casa de al lado. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace derretir y unos brazos que parecen tallados por los dioses. Cada mañana, cuando salgo a sacar a mi perrita Luna, ahí está él, regando sus plantas o lavando su camioneta, con el torso sudado brillando bajo el sol matutino. El olor a tierra húmeda y a su jabón varonil me envuelve, y siento un cosquilleo en el estómago que no se va.

Anoche, sola en mi sala con una copa de vino tinto, puse la tele y cayó El Diario de una Pasión. Órale, qué película tan intensa. Busqué en mi cel el diario de una pasion reparto para ver quiénes eran esos actores tan guapos, Ryan Gosling con esos ojos azules y Rachel McAdams con su fuego. Pero mientras veía las fotos del reparto, mi mente volaba directo a Diego. Neta, él sería el Noah perfecto para mi Allie. Me imaginé sus manos grandes sobre mi piel, su aliento caliente en mi cuello. Me recosté en el sofá, el aire acondicionado zumbando bajito, y dejé que mis dedos bajaran por mi blusa, rozando mis pezones que ya estaban duros como piedritas.

¡Pinche Diego, si supieras lo que me provocas!
Pero me detuve. No, esto merece más que un rato de solitaria. Quiero lo real.

Al día siguiente, en la alberca del reparto, lo vi nadando. El agua chapoteaba contra su cuerpo musculoso, salpicando gotas que brillaban como diamantes en su piel bronceada. Me puse mi bikini rojo favorito, el que resalta mis curvas, y me acerqué con una toalla en la mano. "Hola, vecina. ¿Vienes a refrescarte?" me dijo con esa voz grave que vibra en mi pecho. Le sonreí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. "Simón, hace un chorro de calor. ¿Me dejas un ladito?" Nos sentamos en la orilla, nuestras piernas rozándose bajo el agua tibia. Hablamos de todo: del tráfico en la México-Toluca, de la comida tailandesa del food truck que pasa los viernes, de cómo él es arquitecto y diseña casas soñadas. Su risa era ronca, contagiosa, y cada vez que se movía, olía a cloro mezclado con su sudor fresco, un aroma que me ponía la piel de gallina.

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Coqueteábamos en el pasillo del reparto, él me ayudaba a cargar las bolsas del súper rozando mi cintura "sin querer", y yo le mandaba mensajitos con emojis de fuego. "¿Vienes a la fogata del sábado? Va a estar chida." me invitó. No lo pensé dos veces. Esa noche, bajo las estrellas, con el humo del asador subiendo y el olor a carne asada impregnando el aire, nos sentamos juntitos en una banca. La música de banda sonaba bajito, y su muslo presionaba el mío. Sentí su mano en mi rodilla, subiendo despacito, y mi corazón latía como tambor.

¿Esto va a pasar de verdad? ¿O soy yo soñando como en esa película?
Lo miré a los ojos, oscuros y hambrientos. "Ana, desde que te vi, no pienso en otra cosa." Su confesión me derritió. Lo besé ahí mismo, sus labios carnosos sabiendo a cerveza fría y a chile de la botana. Nuestras lenguas se enredaron, suaves al principio, luego urgentes, mientras sus dedos se clavaban en mi espalda.

Pero no queríamos público. Me llevó a su casa, la puerta se cerró con un clic que sonó como promesa. Adentro, todo era minimalista: madera oscura, luces tenues, el aroma a sándalo de un difusor. Me empujó contra la pared, besándome el cuello, mordisqueando mi oreja. "Eres tan rica, Ana. Tan suave." Sus manos bajaron mi vestido, exponiendo mis tetas al aire fresco. Gemí cuando chupó un pezón, la lengua girando despacio, enviando chispas directo a mi entrepierna. Yo no me quedé atrás: le quité la playera, lamiendo su pecho salado, bajando hasta el ombligo. Su verga ya estaba dura bajo los jeans, un bulto impresionante que palpité con la mano. "Quítamelos, mami." Obedecí, y ahí estaba, gruesa, venosa, con una gotita de precum brillando en la punta. La olí, almizclada, pura masculinidad mexicana.

Lo llevé al sillón, lo senté y me arrodillé entre sus piernas. El suelo de madera fría contra mis rodillas contrastaba con el calor de su piel. Lamí la cabeza despacio, saboreando esa sal picante, luego lo engullí centímetro a centímetro, sintiendo cómo latía en mi boca. Él gruñía, "¡Órale, qué chingona chupas! No pares." Sus caderas se movían, follándome la boca con cuidado, sus manos enredadas en mi pelo. El sonido húmedo de mi saliva y sus gemidos llenaban la sala, mi coño chorreando, empapando mis calzones. Me levanté, me los quité y me senté a horcajadas sobre él. Su verga resbaló adentro de mí como si estuviera hecha para encajar, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, Diego, qué grande estás! Me rompes." Reboté despacio al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes, el roce de su pubis contra mi clítoris hinchado. El sudor nos unía, resbaloso, oliendo a sexo puro.

Acceleramos. Él me agarró las nalgas, guiándome más fuerte, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros jadeos. "Córrete conmigo, Ana. Quiero sentirte apretarme." Mi mente era un torbellino: el calor de su cuerpo, el sabor de su beso cuando nos comimos la boca, el olor a nuestro sudor mezclado con su colonia. El orgasmo me pegó como ola, mi coño contrayéndose alrededor de él, gritando su nombre mientras temblaba. Él se vino segundos después, caliente, profundo, llenándome con chorros que sentía palpitar. Nos quedamos así, pegados, respirando agitados, su corazón tronando contra mi pecho.

Después, en su cama king size con sábanas frescas de algodón egipcio, nos acurrucamos. El ventilador giraba perezoso, secando nuestro sudor. Me acariciaba el pelo, "Esto no fue un rato, Ana. Quiero más. Todos los días." Yo sonreí, besando su hombro.

Como en El Diario de una Pasión, pero nuestro, aquí en el reparto. Esta es solo la primera página.
Mañana seguiré escribiendo, porque esta pasión apenas empieza. El sol entraba por la ventana, dorado, prometiendo más noches así. Neta, el Reparto Jardines del Sol nunca había sido tan ardiente.

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