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Segunda Hora de la Pasión

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Segunda Hora de la Pasión

La brisa del mar de Puerto Vallarta entraba por la ventana entreabierta de la cabaña, trayendo ese olor salado y fresco que te hacía sentir viva. Habías llegado esa tarde con Alejandro, tu carnal de toda la vida, el wey que te ponía la piel chinita con solo una mirada. No eran novios formales, pero neta que la química entre ustedes era de esas que explotan como piñata en fiesta. La primera hora de pasión ya había pasado: sus cuerpos enredados en las sábanas revueltas, el sudor brillando bajo la luz del atardecer, sus gemidos mezclándose con el romper de las olas. Ahora, recostados uno al lado del otro, respiraban agitados, pero sentías esa segunda hora de la pasión latiendo en tu vientre como un tambor chamánico.

Órale, piensa, este pendejo me va a volver loca otra vez. Su mano ya roza mi muslo, y yo aquí, fingiendo que duermo para que él tome la iniciativa.

Alejandro se giró hacia ti, su pecho ancho subiendo y bajando, marcado por el vello oscuro que te encantaba recorrer con las uñas. Olía a hombre, a sal marina mezclada con ese aroma terroso de su piel después del amor. Sus labios rozaron tu oreja, calientes y húmedos. "Mamacita, ¿ya te recuperaste? Porque yo sí quiero más", murmuró con esa voz ronca que te derretía. Sentiste su aliento cálido en tu cuello, erizándote el bello de la nuca. No contestaste de inmediato; en cambio, giraste el rostro y lo besaste lento, saboreando el gusto salado de su boca, todavía con rastros de ti en su lengua.

Las manos de él bajaron por tu espalda, trazando la curva de tu cintura hasta apretar tus nalgas con esa fuerza juguetona que te hacía jadear. "Qué chingón se siente tu cuerpo contra el mío, wey", le dijiste entre besos, mordisqueando su labio inferior. Él rio bajito, un sonido gutural que vibró en tu pecho. La tensión crecía de nuevo, como una ola que se arma en el horizonte. Tus pezones se endurecieron rozando su piel, y entre tus piernas sentías esa humedad traicionera regresando, cálida y pegajosa.

Se incorporó un poco, apoyándose en un codo, y te miró con ojos negros brillantes de deseo. La luz anaranjada del sol poniente pintaba su cara de tonos dorados, haciendo que pareciera un dios azteca salido de un sueño húmedo. "Ven, acuéstate aquí", te dijo, jalándote hacia él. Obedeciste, porque en estos momentos, el control era un juego mutuo. Tus senos se aplastaron contra su torso mientras él te envolvía con sus brazos fuertes. El corazón de Alejandro latía desbocado bajo tu palma, sincronizándose con el tuyo. Olías su excitación en el aire, ese musk almizclado que te volvía loca.

La segunda hora de la pasión empezaba con caricias lentas, exploratorias. Sus dedos bailaban por tu espina dorsal, bajando hasta el surco de tus glúteos, separándolos con delicadeza.

¡Ay, cabrón, si sigue así voy a explotar sin que me toque!
Gemiste cuando su mano llegó a tu sexo, resbaladizo y ansioso. Él jugaba con tu clítoris en círculos suaves, alternando con pellizcos leves que te hacían arquear la espalda. El sonido de tus jugos era obsceno, un chapoteo húmedo que llenaba la habitación junto con tus suspiros.

"Estás empapada, mi reina. ¿Tanto te prendo?", preguntó él con una sonrisa pícara. Asentiste, mordiéndote el labio, y lo empujaste hacia abajo. Alejandro entendió el mensaje: su boca descendió por tu cuello, lamiendo el sudor salado de tu clavícula, chupando un pezón hasta que dolió de placer. Siguió bajando, besando tu vientre tembloroso, inhalando profundo tu aroma íntimo. Cuando su lengua tocó tu centro, fue como un rayo: plana y ancha al principio, lamiendo de abajo arriba, saboreando cada gota. El placer era intenso, un cosquilleo que subía por tus muslos hasta tu cerebro.

Tus manos se enredaron en su cabello revuelto, jalándolo más cerca. "¡Más, wey, no pares! ¡Qué rico, pinche lengua mágica!" Él obedecía, metiendo la lengua dentro de ti, follándote con ella mientras sus dedos masajeaban tu perineo. El cuarto se llenaba de sonidos: tus gemidos agudos, el slap de su boca contra tu carne mojada, el lejano rumor del mar. Sudabas, el calor de vuestros cuerpos mezclándose con la humedad tropical del aire. Sentías el orgasmo construyéndose, una presión deliciosa en tu bajo vientre.

Pero no querías acabar tan rápido. Lo jalaste hacia arriba, besándolo con hambre, probando tu propio sabor en sus labios. "Ahora yo, papacito". Te volteaste, poniéndote encima de él a horcajadas. Su verga estaba dura como piedra, palpitante contra tu palma cuando la agarraste. La piel era suave, venosa, con ese calor que te quemaba las yemas. La lamiste desde la base hasta la punta, saboreando el pre-semen salado y ligeramente dulce. Alejandro gruñó, sus caderas alzándose. "¡Neta, morra, me vas a matar de gusto!"

Lo chupaste profundo, relajando la garganta, sintiendo cómo se hinchaba en tu boca. Tus mejillas se hundían con la succión, y el sonido era puro porno: slurp, slurp, sus jadeos roncos. Jugabas con sus bolas pesadas, masajeándolas mientras tu lengua giraba alrededor del glande sensible. Él temblaba debajo de ti, sus manos en tu cabeza guiando sin forzar. La segunda hora de la pasión ardía ahora, el deseo mutuo como un fuego que consumía todo.

No aguantaste más. Te subiste encima, alineando su punta con tu entrada. Bajaste despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirarte, llenarte por completo. "¡Ay, qué grande, qué chido!" Empezaste a moverte, cabalgándolo con ritmo lento al principio, sintiendo cada roce de su verga contra tus paredes internas. El slap de vuestras pieles chocando era hipnótico, sudor goteando entre vuestros pechos. Alejandro te agarraba las caderas, embistiéndote desde abajo, sus ojos clavados en tus senos rebotando.

El clímax se acercaba como una tormenta. Cambiaron posiciones: él encima ahora, misionero profundo, sus embestidas fuertes y precisas. Tocaba tu clítoris mientras te follaba, el doble estímulo volviéndote loca.

¡Ya viene, ya viene, no pares, carnal!
Gritaste su nombre cuando explotaste, olas de placer convulsionando tu cuerpo, contrayéndote alrededor de él. Alejandro se corrió segundos después, caliente y espeso dentro de ti, gruñendo como animal.

Se derrumbaron juntos, exhaustos, pegajosos de sudor y fluidos. La brisa marina enfriaba sus pieles ardientes, trayendo paz. Él te besó la frente, suave. "Eres lo máximo, mi vida. Esa segunda hora de la pasión fue épica". Reíste bajito, acurrucándote en su pecho, escuchando su corazón calmarse. El sol se había metido, dejando estrellas en el cielo visible por la ventana. En ese afterglow, sentías una conexión profunda, no solo carnal, sino de almas. Mañana sería otro día, pero esta noche, en Puerto Vallarta, el mundo era perfecto.

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