Iglesia de la Pasión Colonia Industrial
El sol del mediodía caía a plomo sobre las calles de Colonia Industrial, donde el zumbido de las fábricas se mezclaba con el aroma metálico del aceite y el humo dulce de los tacos al pastor que vendían en la esquina. Yo, Ana, había oído hablar de la Iglesia de la Pasión como un lugar chido, un rincón olvidado pero lleno de historia en medio de ese barrio obrero que palpitaba con vida. No era devota, pero algo en el nombre me picaba la curiosidad, como un cosquilleo en la piel que no se quita con un buen baño. Aparqué mi vochito viejo frente a la fachada de cantera rosada, agrietada por los años pero aún imponente, y entré buscando fresco y quizás un poco de paz.
Adentro, el aire era espeso, cargado de incienso viejo y el eco distante de un órgano que alguien practicaba en la sacristía. Las bancas de madera pulida brillaban bajo los rayos de luz que se colaban por los vitrales, pintando el piso de rojos y dorados como sangre y fuego. Me senté en una de las filas del fondo, cerrando los ojos para sentir el silencio roto solo por el crujido de mis propios pasos. ¿Qué chingados busco aquí? pensé, mientras mi mente divagaba en recuerdos de noches calurosas donde la pasión era mi religión.
Entonces lo vi. Marco, el encargado del mantenimiento, según su overol manchado de pintura y sudor. Alto, moreno, con brazos fuertes que hablaban de horas cargando sacos de cemento en las fábricas cercanas. Sus ojos negros me clavaron como alfileres cuando pasó arrastrando una escalera.
—Órale, güeyita, ¿vienes a rezar o a distraerte?dijo con una sonrisa pícara, su voz grave retumbando en las bóvedas como un trueno lejano.
Me reí, sintiendo un calor subir por mi cuello. Neta, este pendejo es guapo. —Un poquito de las dos —respondí, mordiéndome el labio sin querer. Se acercó, oliendo a hombre de verdad: tierra húmeda, jabón barato y un toque de colonia barata que me mareaba. Hablamos de la iglesia, de cómo la Iglesia de la Pasión Colonia Industrial había sido construida por obreros en los años veinte, un refugio para los que sudaban en las máquinas. Sus manos callosas rozaron las mías al mostrarme un vitral roto, y ese toque fue como electricidad, un chispazo que me erizó la piel.
La tensión creció despacio, como el calor que sube en un taller mecánico. Me contó que él arreglaba todo ahí: techos, bancos, corazones rotos. Yo le hablé de mi vida en la colonia, de cómo el ruido de las prensas me ponía los nervios de punta pero también me hacía sentir viva. Nuestras miradas se enredaban, y cada roce accidental —su rodilla contra la mía, mi mano en su antebrazo— avivaba el fuego. Quiero que me toque más, pensé, mientras mi corazón latía como tambor en fiesta patronal.
El sol empezó a bajar, tiñendo todo de naranja. La iglesia se vació, quedamos solos. Marco me llevó a la sacristía, pretextando mostrarme unos candelabros antiguos. El cuarto era chico, con estantes llenos de velas derretidas y el olor almizclado de la cera quemada. Cerró la puerta con un clic que sonó como promesa.
—¿Sabes por qué se llama Iglesia de la Pasión? —murmuró, acercándose tanto que sentí su aliento caliente en mi oreja.
—Cuéntame —susurré, mi voz ronca, el pulso acelerado latiéndome en las sienes.
Sus labios rozaron mi cuello, suaves al principio, como pluma. ¡Qué rico! Gemí bajito cuando su lengua trazó un camino hasta mi clavícula, saboreando el salado de mi piel sudada por el calor del día. Mis manos subieron por su pecho, sintiendo los músculos duros bajo la tela áspera del overol. Lo desabroché despacio, botón a botón, revelando su torso moreno, marcado por cicatrices de trabajo que lamí con hambre. Él jadeó,
—Eres fuego, Ana, neta me vas a quemar, mientras sus dedos expertas desabotonaban mi blusa, liberando mis pechos que se endurecieron al aire fresco.
Nos besamos con furia contenida, lenguas enredadas en un baile húmedo y salvaje, probando el sabor dulce de su boca con resto de café y algo más primitivo. Me levantó sobre la mesa de madera vieja, que crujió bajo mi peso, y sus manos grandes amasaron mis muslos, subiendo hasta mi entrepierna. Sentí sus dedos a través de la tela de mis jeans, presionando justo donde ardía. ¡Más, cabrón, más! grité en mi mente, arqueando la espalda.
Me quitó los pantalones con urgencia, pero sin prisa torpe; era un hombre que sabía lo que hacía. Su boca descendió, besando mi vientre, mi ombligo, hasta llegar al centro de mi deseo. El primer lametón fue como rayo: su lengua caliente y hábil explorando mis pliegues húmedos, chupando mi clítoris con succiones que me hicieron ver estrellas. Olía a mí, a sexo puro, mezclado con el incienso que flotaba. Gemí fuerte, mis uñas clavándose en su cabello negro y revuelto, tirando mientras ondas de placer me recorrían como corriente eléctrica.
Marco se incorporó, bajándose el overol hasta los tobillos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad.
—Dime si quieres, mija, todo con tu permiso, dijo con ojos ardientes, respetuoso pero hambriento. —Sí, chingá, te quiero adentro —respondí, guiándolo con la mano. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, el calor abrasador llenándome hasta el fondo. Empezó a moverse, embestidas lentas que subían de ritmo, el slap-slap de piel contra piel resonando en la sacristía como un pecado bendito.
Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavándole los talones para que fuera más profundo. Sudábamos juntos, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. Sus manos apretaban mis nalgas, amasando la carne suave, mientras yo mordía su hombro para no gritar demasiado. Esto es la pasión verdadera, pensé en medio del torbellino, el olor de nuestro sudor mezclándose con la cera y el madera vieja. Él gruñó bajito,
—Te sientes tan chingona, tan apretada y caliente, acelerando hasta que el clímax nos alcanzó como ola gigante.
Me corrí primero, un estallido que me dejó temblando, contrayéndome alrededor de él en espasmos que lo ordeñaban. Marco se vino segundos después, llenándome con chorros calientes que sentí palpitar dentro. Colapsamos juntos sobre la mesa, respiraciones entrecortadas, piel pegajosa y sonriente.
Después, en el afterglow, nos vestimos despacio, robándonos besos suaves. El sol se había puesto, y la iglesia estaba en penumbras, solo iluminada por una vela que parpadeaba.
—Vuelve cuando quieras, Ana. Aquí siempre hay pasión, dijo él, guiñándome el ojo. Salí a la noche de Colonia Industrial, con las piernas flojas y el corazón lleno. La Iglesia de la Pasión no era solo un nombre; era un templo donde el deseo se confesaba sin vergüenza, y yo acababa de encontrar mi altar personal.