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Pasión Rodrigo Leão

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Pasión Rodrigo Leão

El estadio Azteca vibraba con la energía de miles de aficionados, el aire cargado de gritos, sudor y ese olor a cerveza y hot dogs que siempre me hace sentir viva. Yo, Valeria, una chilanga de veintiocho años que trabaja como reportera deportiva para un canal local, estaba ahí cubriendo el amistoso entre el Milan y un equipo mexicano. Mi corazón latía fuerte no solo por el partido, sino porque Rodrigo Leão jugaba esa noche. Ese portugués alto, moreno, con piernas que parecen esculpidas por los dioses y una sonrisa que derrite pantis. Neta, desde que lo vi en la tele, mi pasión Rodrigo Leão se volvió una obsesión sana, de esas que te hacen mojar las noches sola imaginándolo.

El silbato final sonó y el Milan ganó por la mínima. Me colé en la zona mixta con mi credencial, el flash de mi cámara parpadeando mientras entrevistaba a los jugadores. De repente, lo vi: Rodrigo saliendo del vestidor, toalla al cuello, camiseta pegada al torso sudado que delineaba cada músculo. Olía a hombre, a jabón mezclado con ese aroma masculino post-partido. Nuestras miradas se cruzaron y me guiñó un ojo. ¿Qué pedo? pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajó directo a mi entrepierna.

—Ey, guapa, ¿tú eres la reportera que me mandó mensaje en Instagram? —dijo con ese acento portugués que suena como miel caliente, acercándose con una sonrisa pícara.

Le había escrito una vez, un comentario inocente sobre su golazo. Asentí, tartamudeando como pendeja.

—Sí, soy Valeria. ¡Felicidades por el partido, wey! Estuviste chingón.

Se rio, su risa grave retumbando en mi pecho. Me invitó a una fiesta post-partido en un hotel fancy de Polanco.

Esto no puede ser real, Val. ¿Rodrigo Leão coqueteando contigo? No seas ilusa, pero carajo, ese cuerpo...
Mi mente bullía mientras lo seguía con la mirada, su culo perfecto en los shorts ajustados.

La fiesta era en la terraza del hotel, luces tenues, música reggaetón suave y meseros con champán. Me puse un vestido negro ceñido que acentuaba mis curvas, tacones altos que hacían clic-clac en el mármol. Lo encontré en una esquina, charlando con unos compas, pero sus ojos me buscaron de inmediato. Se acercó, su mano rozando mi cintura al darme un beso en la mejilla. Su piel tibia contra la mía, barba incipiente picando delicioso.

—Estás preciosa, Valeria. En el estadio no te fijé bien —murmuró, su aliento cálido en mi oreja, oliendo a menta y deseo.

Platicamos horas, riendo de todo: del fútbol, de México, de cómo él ama los tacos al pastor. Cada roce accidental —su rodilla contra la mía, sus dedos en mi brazo— encendía chispas. Sentía mi chucha palpitando, húmeda ya, imaginando esas manos grandes explorándome. No seas desesperada, pero neta, quiero que me coja ya.

La tensión crecía como tormenta. Bailamos pegaditos, su erección dura presionando mi vientre a través de la tela. Sus manos bajaron a mis caderas, guiándome al ritmo, y yo me arqueé contra él, gimiendo bajito.

—Ven conmigo —susurró, tomándome de la mano hacia el elevador.

En su suite, la puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Me empujó suave contra la pared, besándome con hambre. Sus labios carnosos devorando los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a whisky y pasión pura. Gemí, mis uñas clavándose en su espalda ancha. Olía a su colonia, almizcle y sudor fresco, embriagador.

Me quitó el vestido de un tirón, quedando en tanga y bra. Sus ojos oscuros me devoraron, manos grandes amasando mis tetas, pulgares rozando pezones duros como piedras.

Que rico te ves, mamacita —gruñó en un español roto pero sexy.

Lo empujé a la cama king size, quitándole la camisa. Su pecho lampiño, abdominales marcados, V que bajaba a su paquete abultado. Lo besé por todo el torso, lamiendo el sudor salado, bajando hasta desabrocharle el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, cabeza rosada brillando de precum. La tomé en mi boca, chupando despacio, saboreando su gusto almendrado, mientras él gemía "caralho" en portugués, enredando dedos en mi pelo.

Me volteó, su boca en mi culo, lamiendo mis labios hinchados a través de la tanga. La arrancó, lengua hundiéndose en mi coño empapado. ¡Ay, wey! Chillé, saboreando mi propia excitación en sus besos después. Sus dedos gruesos me penetraron, curvándose en mi punto G, mientras chupaba mi clítoris hinchado. El cuarto olía a sexo, a jugos míos y su precum, sonidos chapoteantes llenando el aire.

La tensión era insoportable. Lo monté, guiando su pija enorme a mi entrada. Lentamente me hundí, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Grité su nombre: ¡Rodrigo! Sus caderas subieron, follándome profundo, pelotas golpeando mi culo. Sudábamos, pieles resbalosas chocando con palmadas húmedas. Me giró a cuatro patas, embistiéndome fuerte, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo.

Esto es mi pasión Rodrigo Leão hecha carne, carajo. Me siento poderosa, deseada, viva como nunca.

Cambiábamos posiciones: yo encima rebotando, él de lado mordiendo mi cuello, misionero con ojos clavados, susurrando guarradas en portugués que me volvían loca. El orgasmo me pegó como rayo, coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros calientes mojando las sábanas. Él gruñó, llenándome de leche espesa, caliente, pulsando dentro.

Caímos exhaustos, cuerpos enredados, respiraciones jadeantes. Su mano acariciaba mi espalda, besos suaves en mi frente. El cuarto olía a nosotros, a semen y sudor mezclado con el perfume de las sábanas de algodón egipcio.

—Valeria, esto fue increíble. Eres fuego puro —dijo, voz ronca.

Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. Neta, nunca imaginé que mi fantasía con Rodrigo Leão terminara así, pero qué chido. Hablamos bajito hasta el amanecer, planeando vernos de nuevo cuando volviera a México. No era solo sexo; había conexión, risas, esa chispa que hace que duela irse.

Al salir, el sol polanquito me cegó, pero llevaba su camiseta con su olor impregnado. Caminé con piernas temblorosas, sonrisa pendeja, sabiendo que mi pasión Rodrigo Leão ahora era real, tatuada en mi piel y alma. Quién sabe qué traiga el próximo partido, pero por ahora, flotaba en afterglow eterno.

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