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Pasión por la Excelencia

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Pasión por la Excelencia

Entré al restaurante en Polanco con el corazón latiendo fuerte, el aroma a mole poblano y chocolate amargo flotando en el aire como una promesa pecaminosa. Qué chido este lugar, pensé, mientras el mesero me guiaba a mi mesa. Yo era Daniela, una chava de treinta y tantos, ejecutiva en una firma de diseño, siempre persiguiendo la perfección en todo. Pero esa noche, no buscaba contratos, sino algo que me encendiera de verdad.

Entonces lo vi. Alejandro, el chef estrella, saliendo de la cocina con su mandil ajustado marcando sus hombros anchos y ese tatuaje asomando en el antebrazo. Sus ojos oscuros me clavaron como un chile habanero. Pasión por la excelencia, decía su lema grabado en la pared de la entrada, y neta que se notaba en cada platillo que salía reluciente de sus manos. Pidió permiso para servirme él mismo, su voz grave como un tequila reposado: "Mamacita, déjame consentirte con mi especialidad".

La cena fue un ritual. Primero, un ceviche de erizo fresco, el limón picando en la lengua, jugoso y salado como un beso robado. Me contaba de su vida, cómo cada corte de knife era preciso, cada sazón medida al milímetro. "La pasión por la excelencia no es solo en la cocina, güey", dijo guiñándome, y sentí un cosquilleo entre las piernas. Reí, juguetona: "¿Y en qué más aplicas esa pasión, chef?". Sus dedos rozaron los míos al pasarme el vino, un tinto mexicano encorpado que olía a tierra mojada y deseo.

Al final, me invitó a la cocina privada después del cierre. "Ven, te muestro mi mundo", murmuró. El lugar estaba vacío, solo el zumbido de los extractores y el calor residual de los fogones. Me sentó en la isla de granito frío, y empezó a preparar un postre solo para mí: chocolate derretido con chiles secos, vapor subiendo como niebla erótica. Me alimentó con la cuchara, su aliento cálido en mi cuello, el sabor picante explotando en mi boca, haciendo que mi piel se erizara.

¿Por qué carajos me siento tan viva? Este pendejo sabe lo que hace, y yo quiero más.

Sus manos subieron por mis muslos, empujando mi falda de tubo con deliberada lentitud. "Todo con pasión por la excelencia", susurró, y me besó. Sus labios eran firmes, sabían a cacao y sal, la lengua explorando como si probara un nuevo ingrediente. Gemí bajito, el sonido rebotando en las paredes de acero. Lo jalé por la camisa, desabotonándola con dedos temblorosos, sintiendo el calor de su pecho bajo mis palmas, el vello rizado rozando como terciopelo áspero.

Me levantó sobre la isla, el granito helado contrastando con el fuego entre mis piernas. Deslizó mi blusa por los hombros, exponiendo mis tetas al aire tibio de la cocina. Sus ojos devoraron cada curva: "Eres una ricura, Daniela, perfecta para mi menú". Chupó mis pezones con maestría, la succión precisa enviando chispas directas a mi clítoris. Olía a su sudor mezclado con especias, un afrodisíaco puro. Mis uñas se clavaron en su espalda, arañando suave, mientras él bajaba por mi vientre, lamiendo el rastro de sal en mi piel.

Me quitó las panties con dientes, el roce enviando ondas de placer. Su aliento caliente sobre mi monte de Venus me hizo arquear. "Neta que estás chingona aquí abajo", gruñó, y hundió la lengua en mi coño húmedo. Lamía lento al principio, saboreando mis jugos como un vino añejo, círculos expertos alrededor del clítoris que me tenían jadeando. El sonido de su succión era obsceno, chapoteante, mezclado con mis gemidos: "¡Ay, wey, no pares!". Mis caderas se movían solas, frotándome contra su boca, el orgasmo construyéndose como una olla a presión.

Pero él no apresuraba nada. Se incorporó, desabrochó su pantalón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con pasión por la excelencia. La tomé en la mano, piel suave sobre acero duro, el calor irradiando. La masturbé despacio, sintiendo cada vena, el precum salado en mi pulgar. "Quiero sentirte dentro, cabrón", le rogué, y él sonrió pícaro.

Me penetró de una embestida controlada, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era exquisito, dolor placer mezclado. Empezó a bombear, rítmico, profundo, el slap de carne contra carne resonando como aplausos. Agarré el borde de la isla, mis tetas rebotando con cada thrust. Sudábamos juntos, el olor almizclado llenando el aire, sus bolas golpeando mi culo. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo en el suelo de baldosas frías, mis muslos ardiendo, clavándolo hasta el hueso. "¡Sí, así, muévete con excelencia!", jadeó él, manos en mis caderas guiándome.

La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de su polla. Él me volteó a cuatro patas, embistiéndome desde atrás, una mano en mi clítoris frotando furioso. El clímax me golpeó como un terremoto, gritando su nombre, jugos chorreando por mis piernas. Él siguió, gruñendo, hasta que se corrió dentro, chorros calientes pintando mis entrañas, colapsando sobre mí en un enredo sudoroso.

Jadeábamos, cuerpos pegajosos, el corazón tronando como tambores huicholes. Me besó la nuca, suave: "Pasión por la excelencia, siempre". Reí bajito, sintiéndome empoderada, saciada. Nos limpiamos con toallas calientes del fogón, riendo como chavos. Salimos a la noche de Polanco, el aire fresco besando nuestra piel encendida aún.

Desde esa noche, su lema se grabó en mí. No solo en la cocina, sino en la cama, en la vida. Yo también tengo pasión por la excelencia, pensé caminando a mi depa, el eco de su toque latiendo en mi cuerpo. Y supe que no sería la última vez.

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