Pasión y Poder Capítulo 130 Fuego en las Venas
La noche en Polanco se extendía como un manto de luces neón y promesas susurradas. Elena subió al penthouse de Diego con el corazón latiéndole a mil por hora, el eco de sus tacones resonando en el mármol pulido del lobby privado. El aire olía a jazmín fresco y a ese perfume masculino que siempre la volvía loca, una mezcla de sándalo y poder crudo. Diego la esperaba en la terraza, con una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, sosteniendo dos copas de tequila reposado. Sus ojos oscuros la devoraron desde la distancia, como si ya la estuviera desnudando.
¿Por qué cada vez que lo veo siento que voy a explotar? pensó Elena, mientras se acercaba con una sonrisa coqueta. Llevaba un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas, el tejido rozando su piel como una caricia prohibida. Diego era el rey de su imperio inmobiliario, un wey que mandaba en salas de juntas y en la cama con la misma intensidad. Pero esta noche, después de esa junta donde él la había defendido frente a los inversionistas pendejos, la tensión entre ellos era eléctrica.
—Ven acá, carnalita —dijo él con esa voz grave que le erizaba la piel—. Has estado en mi cabeza todo el día.
Elena tomó la copa, sus dedos rozando los de él en un contacto que disparó chispas. El tequila bajó ardiente por su garganta, calentándole el vientre. Se apoyaron en la barandilla, contemplando las torres iluminadas de la Ciudad de México. Abajo, el bullicio de los carros y las risas lejanas de algún antro se mezclaban con el viento fresco.
—Hoy me salvaste el pellejo en esa junta —murmuró ella, girándose para mirarlo de frente—. Eres un cabrón poderoso, Diego.
Él rio bajito, acercándose hasta que sus cuerpos casi se tocaban. El calor de su piel la envolvió, y Elena olió su loción, ese aroma que la hacía mojar las bragas sin remedio.
Esto es pasión y poder, puro y duro, como en el capítulo 130 de esas novelas que leía de morrilla, pensó, recordando esas historias picantes que la habían marcado.
La mano de Diego subió por su brazo, lenta, dejando un rastro de fuego. Elena sintió los callos en sus dedos, testigos de una vida de conquistas. La besó entonces, suave al principio, probando sus labios como si fueran tequila añejo. Ella respondió con hambre, enredando la lengua con la de él, saboreando el picor del alcohol y el dulzor de su boca.
Acto primero: el preludio perfecto, donde el deseo se cocina a fuego lento.
Entraron al penthouse sin despegarse, tropezando con los muebles en una danza torpe y ardiente. Diego la empujó contra la pared del pasillo, sus manos explorando las curvas de sus caderas. Elena jadeó cuando él mordisqueó su cuello, el sonido de su respiración agitada llenando el silencio. Neta, este hombre me tiene loca, se dijo, mientras deslizaba las manos bajo su camisa, sintiendo los músculos duros de su abdomen contra sus palmas.
—Quítate eso —gruñó él, tirando del vestido rojo. El zipper bajó con un zumbido metálico, y la tela cayó al piso como una promesa rota. Elena quedó en lencería negra, sus pezones endurecidos rozando el encaje. Diego la miró como un lobo hambriento, sus ojos recorriendo cada centímetro de su piel morena.
La llevó al sofá de cuero negro, enorme y acogedor, con vistas panorámicas. Se sentó y la jaló a su regazo, sus erecciones presionando contra ella a través de los pantalones. Elena se movió despacio, frotándose contra él, oyendo su gemido ronco que vibraba en su pecho. El olor a sexo empezaba a mezclarse con el cuero y el tequila derramado.
—Eres mía esta noche —susurró Diego, sus manos amasando sus nalgas—. Todo el poder que tengo, te lo doy a ti.
Elena sonrió, empoderada. No era sumisión, era un baile de fuerzas iguales. Ella desabotonó su camisa, lamiendo el sudor salado de su pecho, bajando hasta el ombligo. Él olía a hombre puro, a deseo crudo. Sus dedos temblaron al abrir su cinturón, liberando su verga gruesa y palpitante. La tomó en su mano, sintiendo el calor y las venas hinchadas, y la masturbó lento, oyendo cómo él maldecía entre dientes.
Quiero saborearlo, pensó, arrodillándose entre sus piernas. Su boca lo envolvió, caliente y húmeda, la lengua girando alrededor del glande. Diego enredó los dedos en su cabello, guiándola sin forzar, gimiendo ¡chingao, qué rico! El sabor era salado, adictivo, y Elena chupó con ganas, oyendo los sonidos obscenos de succión llenando la habitación.
Acto segundo: la escalada, donde las emociones chocan como olas en la costa de Acapulco.
Diego no aguantó más. La levantó como si no pesara nada, cargándola al dormitorio principal. La cama king size los esperaba, sábanas de satén negro arrugadas de otras noches. La tumbó con gentileza, pero sus ojos ardían con fuego. Se desnudó rápido, su cuerpo atlético brillando bajo la luz tenue de las velas. Elena se quitó el brasier y las bragas, exponiéndose completamente, sintiendo el aire fresco en su panocha mojada.
Él se tendió sobre ella, piel contra piel, el peso de su cuerpo una deliciosa presión. Besos hambrientos bajaron por su cuello, succionando sus tetas hasta dejar marcas rojas. Elena arqueó la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros, oliendo el sudor que perlaba su piel.
Esto es poder compartido, pasión que nos consume a los dos, reflexionó en su mente, mientras él lamía su vientre, bajando hasta su entrepierna.
La lengua de Diego encontró su clítoris, lamiendo con maestría, chupando el néctar de su excitación. Elena gritó, ¡ay, wey, no pares!, sus caderas moviéndose al ritmo de su boca. El sonido era húmedo, lascivo, y el olor almizclado de su arousal lo inundaba todo. Él metió dos dedos dentro de ella, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca, mientras su lengua no descansaba.
—Estás chorreando, mi reina —murmuró contra su piel, la vibración enviando ondas de placer.
Elena lo jaló hacia arriba, necesitando sentirlo dentro. Diego se posicionó, la punta de su verga rozando su entrada húmeda. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono, el sonido de sus cuerpos uniéndose un slap suave. Él empezó a moverse, profundo y rítmico, sus pelvis chocando con fuerza creciente.
Las paredes del penthouse temblaban con sus gemidos. Elena envolvió las piernas alrededor de su cintura, clavándole las uñas en la espalda, sintiendo cada embestida como un rayo de éxtasis. Más fuerte, cabrón, pensó, y él obedeció, acelerando, el sudor goteando de su frente a su pecho. El olor a sexo era intenso, mezclado con el perfume de las velas de vainilla.
Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como una diosa. Sus tetas rebotaban con cada salto, y Diego las amasaba, pellizcando los pezones. Elena giraba las caderas, sintiendo cómo él la llenaba por completo, su clítoris rozando su pubis. Yo controlo ahora, se dijo, acelerando hasta que el placer la cegó.
El clímax llegó como un terremoto. Elena se corrió primero, gritando su nombre, su panocha contrayéndose alrededor de él en espasmos. Diego la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con su leche caliente. Colapsaron juntos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor.
Acto tercero: el afterglow, donde el poder se disuelve en ternura.
Yacían enredados, el corazón de Diego latiendo contra el de ella como un tambor compartido. El aire estaba cargado del olor post-sexo, satisfecho y embriagador. Elena trazó círculos en su pecho con la uña, sintiendo la paz que solo él le daba.
—Eres mi todo, Elena. Pasión y poder, eso somos nosotros —susurró él, besándole la frente.
Ella sonrió, recordando fugazmente Pasión y Poder capítulo 130, esa fantasía que ahora era su realidad.
En este capítulo de nuestra vida, ganamos los dos, pensó, mientras el sueño los envolvía bajo las estrellas de la ciudad.
La noche se cerró con promesas mudas, sus cuerpos entrelazados en un abrazo que sabía a eternidad. Mañana volvería el mundo de juntas y decisiones, pero esta noche, solo existían ellos, en el fuego inextinguible de su unión.