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Poemas de Pasion y Lujuria en la Piel

7395 palabras

Poemas de Pasion y Lujuria en la Piel

En el corazón de Coyoacán, donde las calles empedradas susurran historias de amores antiguos, Ana se sentó en la terraza de un café chiquito, con el aroma del café de olla flotando en el aire como una caricia tibia. El sol de la tarde teñía todo de oro, y ella, con su falda floreada ondeando leve con la brisa, hojeaba un cuadernito lleno de poemas de pasión y lujuria que había escrito en las madrugadas solitarias. Neta, cada verso era un fuego que le ardía por dentro, un secreto que ansiaba compartir.

Luis llegó puntual, como siempre, con esa sonrisa pícara que le hacía cosquillas en el estómago. Alto, moreno, con ojos que prometían travesuras, se dejó caer en la silla frente a ella. Órale, mamasita, dijo, ¿qué traes ahí? ¿Otro de tus poemas que me van a volver loco? Ana rio bajito, sintiendo el pulso acelerarse. Le pasó el cuadernito, y él lo abrió con dedos ansiosos, oliendo el papel fresco mezclado con su perfume de jazmín.

—Lee este —le pidió ella, la voz ronca ya de anticipación. Luis comenzó a recitar en voz baja:

Tu piel es verso prohibido,
donde la lujuria se escribe con besos,
pasión que quema como tequila en la garganta.

Ana sintió un escalofrío recorrerle la espalda, el sonido de su voz grave vibrando en su pecho como un tambor lejano. El café humeaba entre ellos, pero el calor real venía de adentro. Sus rodillas se rozaron bajo la mesa, un toque casual que no lo era, y ella notó cómo su piel se erizaba, imaginando esas manos explorándola más allá de las palabras.

La tensión crecía con cada sorbo, cada mirada que se prolongaba. Luis le devolvió el cuaderno. Chingón, Ana. Estos poemas de pasión y lujuria me prenden como mecha. Ella se mordió el labio, el sabor salado de su propia anticipación en la lengua. ¿Y si los hacemos realidad?, pensó, mientras pagaban la cuenta y salían tomados de la mano, el bullicio de la plaza envolviéndolos como un velo romántico.

En su departamento en la Roma, con las luces tenues de las velas parpadeando sobre las paredes pintadas de colores vivos, Ana lo invitó a sentarse en el sillón de terciopelo rojo. El aire olía a vainilla de las velas y a algo más primitivo, el aroma sutil de sus cuerpos calentándose. Sacó una botella de mezcal ahumado, sirvió dos copas, y el líquido ambarino brilló como promesas.

—Ahora tú escribe uno para mí —le dijo, sentándose en sus piernas, sintiendo la dureza de él presionando contra sus muslos. Luis tomó el cuaderno, su aliento cálido en su cuello, y garabateó rápido, el lápiz rasgando el papel con urgencia.

Él leyó:

Tus curvas son mi poema salvaje,
donde la pasión lame como fuego,
lujuria que nos une en sudores compartidos.

Ana gimió suave, el sonido escapando sin permiso. Sus manos subieron por el pecho de él, desabotonando la camisa con dedos temblorosos. La tela áspera rozó sus palmas, revelando piel morena y caliente, con vello que pinchaba delicioso. Esto es lo que quería, pensó, pasar de las palabras a la carne. Luis dejó caer el cuaderno y la besó, profundo, su lengua saboreando el mezcal en su boca, dulce y ahumado, mientras sus caderas se mecían instintivo.

La ropa cayó como hojas en otoño: la falda de ella se deslizó por sus piernas suaves, la playera de él hecha a un lado. Desnudos ahora, piel contra piel, el roce era eléctrico. Ana sintió el peso de sus pechos contra el torso de Luis, los pezones endurecidos rozando como chispas. Él bajó la boca a su cuello, lamiendo el sudor salado que ya perlaba su clavícula, inhalando el olor almizclado de su excitación.

Estás mojada, mi reina, murmuró él, dedos hundiéndose entre sus pliegues resbalosos. Ana arqueó la espalda, el placer punzante como un verso afilado. Sí, pendejo, por ti, quiso decir, pero solo jadeó, el sonido ronco llenando la habitación. Sus uñas arañaron la espalda de él, dejando surcos rojos que olían a hombre, a deseo puro.

Se movieron al cuarto, la cama king size invitándolos con sábanas de algodón egipcio frescas contra su calor. Luis la recostó suave, besando un camino desde sus labios hinchados hasta sus pechos, chupando un pezón con succiones lentas que la hicieron retorcerse. El pop húmedo de su boca, el lamido experto, enviaban ondas de placer directo a su centro. Ana enredó los dedos en su pelo negro, tirando leve, guiándolo más abajo.

Allí, entre sus muslos abiertos como un libro prohibido, Luis inhaló profundo su esencia, dulce y salada como mar Caribe. Su lengua trazó círculos en su clítoris hinchado, saboreándola con hambre, mientras dos dedos curvados la llenaban, rozando ese punto que la hacía ver estrellas. ¡Ay, cabrón!, gritó ella, las caderas elevándose, el colchón crujiendo bajo ellos. El sonido de su lamer era obsceno, jugos chorreando, mezclado con sus gemidos que subían de tono.

Pero quería más, lo necesitaba dentro. Lo jaló arriba, posicionándolo. Ven, amor, fóllame como en mis poemas. Luis entró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Ambos jadearon al unísono, el calor de él llenándola completa, pulsando contra sus paredes. El olor de sexo saturaba el aire, sudor y fluidos mezclados en éxtasis.

El ritmo empezó pausado, como un son jarocho seductor, caderas chocando con palmadas suaves. Ana clavó las uñas en sus nalgas firmes, urgiéndolo más rápido. Más fuerte, Luis, hazme tuya. Él obedeció, embistiendo profundo, el slap-slap de carne contra carne resonando como aplausos. Sus pechos rebotaban, él los atrapó en las manos, pellizcando pezones mientras la besaba feroz, lenguas batallando.

La tensión crecía, espiral ascendente. Ana sentía el orgasmo acechando, un nudo apretándose en su vientre. ¡Ya, mi amor, no pares! Luis gruñó, sudor goteando de su frente al valle de sus senos, salado en su lengua cuando lo lamió. Aceleró, el colchón protestando, sus bolas golpeando suave contra su piel sensible.

Explotó primero ella, un grito ahogado rompiendo el silencio, paredes contrayéndose alrededor de él en espasmos rítmicos. Olas de placer la barrieron, visión borrosa, gusto metálico en la boca. Luis la siguió segundos después, embistiendo una última vez profunda, derramándose caliente dentro de ella con un rugido gutural que vibró en su pecho.

Se derrumbaron juntos, jadeos entrecortados calmándose gradual. El aire pesado olía a ellos, a pasión consumada. Luis rodó a su lado, atrayéndola contra su cuerpo aún tembloroso. Ana apoyó la cabeza en su hombro, escuchando el latido errático de su corazón volviendo a normal. Sus dedos trazaron perezosos patrones en su piel húmeda, el tacto post-sexo suave y tierno.

—Tus poemas de pasión y lujuria son la neta, Ana —murmuró él, besándole la sien—. Pero esto... esto es poesía viva.

Ella sonrió, saciada, el cuerpo pesado de placer residual. Sí, chulo, y hay más versos por escribir, pensó, mientras el sol se ponía afuera, tiñendo la habitación de púrpura. En ese afterglow, envueltos en sábanas revueltas, supieron que su historia apenas empezaba, un libro infinito de deseo compartido.

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