Pasion Futbolera al Horario del Deseo
El estadio virtual del televisor parpadeaba con las luces del Estadio Azteca, pero en mi sala, el verdadero partido apenas empezaba. Era viernes por la noche, el horario estelar de la Liga MX, ese momento en que la pasión futbolera se desata como un volcán en erupción. Yo, Ana, fanática empedernada de las Águilas del América, había invitado a Marco, mi vecino del departamento de al lado, para ver el clásico contra las Chivas. Neta, lo había visto en el pasillo del edificio, con su camiseta ajustada que marcaba cada músculo de su pecho, sudado de tanto jugar fut en la cancha del barrio.
Órale, Ana, ¿qué no te late ver el partido conmigo? Si eres buena onda, te invito unas chelas frías.Me dijo con esa sonrisa pícara que me hacía cosquillas en el estómago.
La puerta se abrió y ahí estaba él, con una six de Indio en la mano, oliendo a jabón fresco mezclado con ese aroma masculino de después de la regadera. El aire se cargó de inmediato, como si el ambiente supiera que algo andaba en el aire más allá del gol. Nos sentamos en el sofá, cerquita, nuestras rodillas rozándose accidentalmente al principio. El narrador gritaba por la tele: ¡Y sale el América con todo! Yo alcé mi chela, brindando con él. Sus dedos rozaron los míos, un toque eléctrico que me erizó la piel. El sonido de la multitud en la pantalla retumbaba, vibrando en mi pecho, y el olor a limón de la cerveza se mezclaba con su colonia, algo terroso y caliente.
El primer tiempo avanzaba con tensión. Cada vez que el América atacaba, Marco se inclinaba hacia adelante, sus bíceps tensándose bajo la camiseta azulcrema. Yo no podía evitar mirarlo de reojo, sintiendo cómo mi cuerpo respondía. Qué chido está este pendejo, pensé, mientras mi pulso se aceleraba con el suyo. En un córner, su mano cayó sobre mi muslo, como queriendo compartir la emoción. No la quité. Al contrario, la dejé ahí, sintiendo el calor de su palma a través de mis shorts de mezclilla.
¡No mames, Ana! ¡Ese tiro va pa'dentro!Gritó él, y su voz ronca me vibró hasta los huesos. El sudor empezaba a perlar su frente, y yo lamí mis labios, imaginando su sabor salado.
El medio tiempo llegó como un respiro necesario. Nos paramos por más chelas, y en la cocina, nuestros cuerpos se rozaron de verdad. Su pecho contra mi espalda mientras abría la nevera. Olía a hombre, a deseo crudo. Me giré, y ahí estábamos, nariz con nariz. Sus ojos cafés ardían con esa pasión futbolera que ahora se volcaba en mí. ¿Quieres que me vaya? Murmuró, su aliento cálido en mi boca. Negué con la cabeza, y mis manos subieron a su nuca, jalándolo hacia mí. Nuestros labios chocaron como dos equipos rivales en un derby, fieros pero ansiosos.
El beso fue puro fuego. Su lengua invadió mi boca con la misma hambre que ponía en cada grito al televisor. Sabía a cerveza fría y a promesas calientes. Mis dedos se enredaron en su pelo corto, tirando suave mientras él me aprisionaba contra la encimera. Estás cañón, Ana, jadeó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. Un gemido se me escapó, y sentí cómo mi centro se humedecía, palpitando al ritmo del anuncio del segundo tiempo que sonaba de fondo. Lo arrastré de vuelta al sofá, sin soltar su camiseta. Nos besamos con urgencia, las manos explorando. La suya subió por mi blusa, rozando mi sostén de encaje, pellizcando el pezón hasta ponérmelo duro como piedra.
El partido reanudó, pero ya nadie lo veía del todo. Marco me recostó en el sofá, su cuerpo cubriendo el mío. El sonido de la tele era banda sonora perfecta: el silbato, los gritos, el thud de la pelota. Yo arqueé la espalda, sintiendo su erección dura contra mi cadera.
Te quiero ya, cabrón, le susurré al oído, mordiendo su lóbulo. Se rio bajito, esa risa grave que me hacía temblar. Me quitó la blusa con prisa, exponiendo mis tetas al aire fresco de la sala. Sus labios bajaron, chupando un pezón mientras su mano se colaba en mis shorts. Estás mojada como el Azteca en lluvia, dijo, y sus dedos encontraron mi clítoris, frotando en círculos lentos que me hicieron jadear.
La tensión crecía con el partido. Cada vez que América tenía una chance, él aceleraba el ritmo de sus dedos, metiéndolos dentro de mí, curvándolos justo ahí donde dolía de placer. Yo arañaba su espalda, oliendo su sudor mezclado con el mío, ese olor almizclado de sexo inminente. Más rápido, pinche Marco, le rogué, mis caderas moviéndose solas. Él gruñó, bajando mis shorts y tanga de un jalón. Su boca reemplazó a sus dedos, lamiendo con avidez. Su lengua era experta, danzando sobre mi sexo hinchado, saboreando mis jugos. Gemí fuerte cuando sentí su nariz rozando mi monte, el vello púbico raspando su piel. El estadio rugía en la tele, y yo con él.
Lo empujé hacia arriba, desesperada por sentirlo entero. Le bajé el pantalón, liberando su verga tiesa, venosa, goteando pre-semen. La tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso en mi palma. Era gruesa, caliente, perfecta. Él jadeaba, mirándome con ojos enloquecidos.
Chúpamela, Ana, neta que sí. Me arrodillé entre sus piernas, el sofá crujiendo bajo nosotros. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando su sal marina. La metí en mi boca, chupando con hambre, mientras él enredaba sus dedos en mi pelo, guiándome sin forzar. El partido entraba en los minutos finales, la emoción al máximo, y nosotros igual.
No aguanté más. Me subí a horcajadas sobre él, frotando mi entrada húmeda contra su punta. Entra ya, pendejo, le ordené, y bajé de golpe, empalándome en su longitud. Ambos gritamos. Él me llenaba por completo, estirándome deliciosamente. Empecé a cabalgar, mis tetas rebotando con cada embestida. Sus manos en mis caderas, guiando el ritmo, clavando los dedos en mi carne suave. El slap slap de nuestros cuerpos chocando se mezclaba con el narrador: ¡Gol del América! ¡Golazo! Y justo entonces, sentí el clímax subir, una ola imparable.
Marco se incorporó, besándome feroz mientras me follaba desde abajo, profundo y rápido. Sudábamos como en un entrenamiento extremo, nuestros olores fundiéndose en uno solo. Mi clítoris rozaba su pubis con cada bajada, enviando chispas por mi espina.
Vente conmigo, Ana, vente ya, rugió él, y eso me rompió. El orgasmo me golpeó como un penalazo, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Él se tensó, gruñendo mi nombre mientras se vaciaba dentro de mí, chorros calientes inundándome. Colapsamos juntos, jadeantes, el pitazo final del partido sonando como aplauso a nuestro propio clímax.
Nos quedamos así, enredados en el sofá, el televisor ahora en comerciales mudos. Su mano acariciaba mi espalda perezosa, trazando círculos suaves. Olía a sexo, a nosotros, a esa pasión futbolera horario que se había salido de control. Qué chingón estuvo eso, murmuró él, besando mi sien. Yo sonreí contra su pecho, sintiendo su corazón latir calmándose.
La próxima, el horario de revancha, ¿va?Le contesté, y nos reímos bajito, sabiendo que esto era solo el principio de una temporada larga y ardiente.