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Pasion Huichol Ardiente

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Pasion Huichol Ardiente

El sol del mediodía caía a plomo sobre el mercado de Real de Catorce, tiñendo de rojos y naranjas intensos los hilos de estambre que colgaban de los puestos huicholes. Ximena caminaba entre la gente, con el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. Venía de la ciudad, huyendo del ruido y las prisas de Guadalajara, buscando algo que no sabía nombrar. El aire olía a maíz tostado, a yerbas secas y a esa tierra roja que se pegaba a las sandalias. Sus ojos se detuvieron en un tapiz de chaquira y estambre: un venado azul danzando entre espirales de fuego, con ojos que parecían mirarla directamente.

Qué chido, neta, pensó, acercándose. Detrás del puesto, un hombre de piel morena y cabello negro largo recogido en una coleta, tallaba con precisión una pequeña figura de madera. Sus manos, fuertes y callosas, movían el cuchillo con la gracia de un ritual. Javier, leyó en el letrero improvisado. Levantó la vista y sus ojos oscuros, profundos como los abismos de la sierra, se clavaron en ella.

¿Te gusta el venado? —preguntó con voz grave, un acento huichol que rodaba como grava dulce.

Ximena sintió un cosquilleo en la nuca. —Sí, wey, está cañón. ¿Lo hiciste tú?

Él sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos. —Toda la pasion huichol está ahí, en cada hilo. El venado es nuestro guía, lleva el fuego del corazón al cuerpo.

La pasion huichol. Las palabras se le quedaron grabadas, como un conjuro. Pasaron la tarde hablando. Javier le contó de las peregrinaciones a Wirikuta, de cómo los colores no son solo pintura, sino vida que vibra. Ella le habló de la ciudad, de noches solitarias en departamentos fríos. Sus manos se rozaron al pasar un hilo de colores, y el toque fue eléctrico: piel cálida contra piel suave, un pulso que aceleró el de ella. El sol bajó, tiñendo el cielo de púrpuras y dorados, y el mercado se llenó de música. Tambores ta-tum ta-tum, flautas que lloraban como vientos serranos.

Bailemos —dijo él, extendiendo la mano.

El cuerpo de Ximena respondió antes que su mente. Sus caderas se movieron al ritmo, pegándose al de él en un vaivén ancestral. El sudor perlaba su frente, mezclándose con el aroma de su piel: tierra, humo de leña y algo almizclado, masculino. Cada roce de sus pechos contra el pecho duro de Javier enviaba chispas por su espina.

Esto es loco, pero me late tanto. ¿Por qué su mirada me hace arder así?
Pensó, mientras sus muslos se frotaban contra los de él en el baile.

La noche cayó como un manto estrellado. Javier la invitó a su choza en las afueras, un espacio sencillo con esteras tejidas y más tapices luminosos. —Te muestro cómo se hace la verdadera pasion huichol, dijo, con ojos que prometían más que arte.

Adentro, el aire era cálido, cargado del olor a copal quemándose en un rincón. Se sentaron en el suelo, frente a un lienzo en blanco. Sus dedos se entrelazaron para trenzar hilos: rojo pasión, amarillo sol, azul noche. Cada vez que sus cuerpos se acercaban, la tensión crecía. Ximena sentía su aliento en el cuello, caliente, y el bulto endurecido de él presionando su pierna. No puedo más, carnal, se dijo, girando el rostro hacia él.

Sus labios se encontraron en un beso hambriento. Javier la besó como si quisiera devorarla: lengua explorando, dientes mordisqueando suave su labio inferior. Sabía a pulque dulce y a miel de maguey. Sus manos, esas manos rudas del artesano, subieron por su espalda, desatando la blusa con maestría. Ximena jadeó cuando el aire fresco besó sus pezones endurecidos. Él los tomó entre dedos hábiles, pellizcando justo lo suficiente para hacerla arquearse.

Estás hermosa, como diosa de la sierra —murmuró, bajando la boca a un seno. Su lengua giró alrededor del pezón, chupando con succión que la hizo gemir. El sonido de su boca húmeda, el roce de su barba incipiente contra su piel sensible... todo era fuego. Ximena metió las manos en su cabello, tirando suave, guiándolo más abajo.

Él la recostó en la esterita, quitándole el pantalón con urgencia compartida. Sus dedos encontraron el calor entre sus piernas, resbaladizos ya de deseo. —Estás mojada, preciosa. ¿Quieres que te toque?

Sí, pendejo, no pares —rió ella, abriendo las piernas. Javier separó sus labios con ternura, lamiendo el clítoris hinchado. Su lengua era un torbellino: círculos lentos, luego rápidos, succionando como si bebiera néctar sagrado. Ximena se retorcía, las caderas elevándose, el olor de su propia excitación mezclándose con el copal.

¡Qué rico, wey! Nunca me han comido así, como si fuera el centro del mundo.
Gritó su nombre cuando el primer orgasmo la sacudió, olas de placer que le nublaron la vista con estrellas huicholes.

Pero no pararon. Javier se quitó la ropa, revelando un cuerpo esculpido por el trabajo: músculos tensos, pene erecto grueso y venoso, palpitante de necesidad. Ximena lo tomó en la mano, sintiendo el calor, la dureza aterciopelada. Lo masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos y gruñía. —Te quiero adentro, ya.

Él se posicionó, frotando la punta contra su entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono: el sonido de carne contra carne, húmeda y resbaladiza. Ximena clavó las uñas en su espalda, sintiendo el sudor correr por sus cuerpos. Él embestía profundo, rítmico como los tambores del mercado, sus pelotas golpeando suave su trasero. El aroma de sexo llenaba la choza: almizcle, sudor, placer puro.

Esto es la pasion huichol, pura y salvaje, pensó ella mientras él aceleraba, su aliento jadeante en su oído. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo con furia. Sus pechos rebotaban, él los amasaba, pellizcando pezones. Ximena giraba las caderas, sintiendo cómo él la llenaba por completo, rozando ese punto que la volvía loca. Los gemidos se volvieron gritos: ¡Más! ¡Dame todo, Javier!

Él la volteó a cuatro patas, penetrándola desde atrás con fuerza contenida. Sus manos en sus caderas, tirando de ella contra él. El slap-slap de sus cuerpos era hipnótico, mezclado con sus respiraciones entrecortadas. Ximena sintió el orgasmo construyéndose de nuevo, una marea imparable. —Vente conmigo —suplicó.

Javier gruñó, embistiendo una, dos, tres veces más. Se corrió con un rugido gutural, llenándola de calor líquido que la empujó al borde. Ella explotó, el placer estallando en colores detrás de sus párpados: rojo, azul, venado danzante. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados, pulsos latiendo al unísono.

En el afterglow, Javier la abrazó, besando su frente sudorosa. El aire se enfrió, pero sus pieles ardían aún. —La pasion huichol no se acaba, vive en nosotros, susurró.

Ximena sonrió, trazando espirales en su pecho con el dedo.

Neta, vine por colores y encontré fuego. ¿Volveré a la ciudad igual? Ni madres.
Afuera, los grillos cantaban, la sierra susurraba secretos. En esa choza, bajo tapices luminosos, habían tejido algo eterno: deseo, conexión, pasion huichol ardiente que los cambiaría para siempre.

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