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La Pasión de Cristo Biblia del Placer

8376 palabras

La Pasión de Cristo Biblia del Placer

María se recostó en la cama de su departamento en la colonia Roma, con el aire cargado del aroma a jazmín que entraba por la ventana abierta. Era una tarde de viernes en la Ciudad de México, el bullicio de los coches y los vendedores ambulantes se colaba como un murmullo lejano. En sus manos temblorosas sostenía la vieja bíblia de su abuela, esa reliquia polvorienta que había encontrado en el ático. La tapa de cuero gastado crujía al abrirse, y sus ojos se detuvieron en las páginas amarillentas de la pasión de Cristo bíblia, ese pasaje que siempre le había provocado un escalofrío inexplicable, una mezcla de devoción y algo más profundo, más carnal.

¿Por qué me pone así esta historia? Cristo cargando la cruz, sudando sangre, tocado por María Magdalena... ay, Dios mío, ¿será pecado pensarlo? pensó, mientras su piel se erizaba bajo la blusa ligera de algodón. El calor de la ciudad hacía que su cuerpo se pegara a la sábana fresca, y un cosquilleo traicionero se extendía desde su vientre. Acarició las letras impresas con la yema del dedo, imaginando el peso de esa cruz sobre hombros fuertes, el roce áspero de la madera contra la carne...

La puerta se abrió de golpe y entró Alejandro, su novio de años, con esa sonrisa pícara que la desarmaba. Venía del gym, oliendo a sudor fresco y loción barata de pino, su camiseta ajustada marcando los músculos del pecho. ¡Qué chulo se ve el cabrón! se dijo María, mordiéndose el labio.

—Órale, nena, ¿qué traes ahí? ¿Leyendo la santa palabra? —dijo él, quitándose los tenis con un movimiento fluido y acercándose a la cama.

—Es la pasión de Cristo bíblia, amor. Siempre me ha movido algo... no sé, como un fuego adentro —confesó ella, su voz ronca, extendiendo el libro hacia él.

Alejandro se tendió a su lado, su cuerpo grande invadiendo el espacio, el calor de su piel rozando la de ella. Tomó la bíblia y leyó en voz alta, su tono grave resonando como un rezo prohibido: "Y sudaba sangre, y las mujeres lo consolaban con sus manos..." Sus ojos se encontraron con los de María, y ahí estaba la chispa, el deseo crudo que siempre flotaba entre ellos.

El comienzo de su tarde se transformó en algo sagrado y pecaminoso a la vez. Alejandro dejó el libro a un lado y trazó con los dedos el contorno del cuello de María, bajando lento hasta el borde de su blusa. Ella jadeó, el toque áspero de sus callos enviando ondas de placer por su espina.

En el corazón de la noche, con las luces de la ciudad parpadeando como estrellas caídas, María y Alejandro se sumergieron en su propio ritual. La habitación olía a sus cuerpos excitados, a esa mezcla salada de sudor y el perfume dulce de su loción. Ella se sentó a horcajadas sobre él, la falda arremangada, sintiendo la dureza de su verga presionando contra su panocha húmeda a través de la tela delgada.

—Imagíname como Cristo, cargando mi cruz por ti, mamacita. Tú eres mi Magdalena, limpiando mis heridas con tu boca...
murmuró Alejandro, sus manos grandes amasando sus nalgas, el sonido de la carne contra carne ya anticipado en el aire espeso.

María gimió, un sonido gutural que salió de lo más hondo. ¡Sí, joder, justo así! Esta la pasión de Cristo bíblia nos está volviendo locos, pensó, mientras se inclinaba para morderle el lóbulo de la oreja, saboreando el salado de su piel. Sus lenguas se enredaron en un beso feroz, húmedo, con el sabor a menta de su chicle y el leve amargor del café que él había tomado. Ella se frotó contra él, sintiendo cómo su humedad empapaba las bragas, el roce torturante construyendo una tensión que le hacía arquear la espalda.

Pero no era solo físico; había un torbellino en su mente. Recordaba las noches solitarias leyendo esas páginas, fantaseando con ser tocada así, con devoción absoluta. Alejandro lo sabía, siempre lo había intuido. Este pendejo me lee como un libro abierto, se dijo, riendo por dentro mientras él le quitaba la blusa, exponiendo sus tetas firmes al aire fresco. Sus pezones se endurecieron al instante, y él los lamió con devoción, chupando uno mientras pellizcaba el otro, el placer punzante irradiando hasta su clítoris palpitante.

—Quítate todo, amor. Quiero verte sufrir de placer como en esa historia —gruñó él, su voz ronca de deseo.

Ella obedeció, deslizándose de la cama solo para quitarse la falda y las bragas, quedando desnuda ante él. El espejo de la pared reflejaba su silueta curvilínea, la piel morena brillando bajo la luz tenue. Alejandro se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando ya de anticipación. María se arrodilló frente a él, como en oración, y lo tomó en su boca. El sabor era puro macho: salado, almizclado, con un toque de su esencia. Lo succionó profundo, sintiendo cómo él gemía, sus caderas empujando suave, el sonido húmedo de su garganta llenando la habitación.

No aguanto más, me voy a venir si sigue así, pensó él, pero se contuvo, tirándola a la cama con gentileza bruta. La besó desde los pies, lamiendo el arco sensible, subiendo por las pantorrillas tersas, mordiendo el interior de los muslos hasta llegar a su centro. El primer roce de su lengua en el clítoris fue eléctrico; María gritó, sus uñas clavándose en las sábanas. Él lamía con hambre, sorbiendo sus jugos dulces y espesos, el olor a excitación femenina invadiendo sus sentidos.

La tensión crecía como una tormenta. Cada lamida era una corona de espinas que se convertía en éxtasis, cada mordida suave un latigazo de placer. María se retorcía, sus caderas alzándose para buscar más, el sudor perlando su frente como las gotas de sangre en la historia.

—¡Ay, Alejandro, fóllame ya, no seas mamón! Como Cristo en su pasión, dame todo...
suplicó ella, la voz quebrada.

Él se posicionó, frotando la cabeza de su verga contra sus labios hinchados, untándola de su humedad. Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso haciendo que ambos jadearan. El calor de su interior lo envolvió como un guante de terciopelo ardiente, y empezaron a moverse, un ritmo lento al principio, piel contra piel resbaladiza, el slap-slap de sus cuerpos uniéndose como un tambor primitivo.

La habitación era un horno de pasiones. El colchón crujía bajo ellos, los gemidos se mezclaban con el zumbido del ventilador, y el aroma a sexo crudo —sudor, fluidos, piel caliente— los envolvía como niebla. Alejandro la embestía más fuerte ahora, sus bolas golpeando su culo con cada thrust, mientras ella clavaba las uñas en su espalda, dejando surcos rojos que él llevaba con orgullo.

Esto es nuestra bíblia, nuestra pasión propia, reflexionó María en medio del frenesí, su mente nublada por el orgasmo que se acercaba. Recordaba las palabras de la pasión de Cristo bíblia, pero ahora eran suyas: el sufrimiento convertido en gozo supremo. Alejandro aceleró, gruñendo como animal, pendejo caliente, y ella sintió el clímax romperla en olas. Gritó su nombre, su panocha contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, el placer tan intenso que lágrimas rodaron por sus mejillas.

Él la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido gutural, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de sudor y semen. El silencio post-orgásmico era bendito, roto solo por sus respiraciones entrecortadas y el lejano ladrido de un perro callejero.

María trazó círculos perezosos en el pecho de Alejandro, sintiendo su corazón latir aún desbocado.

—Eso fue chingón, mi rey. Como si la la pasión de Cristo bíblia nos hubiera bendecido
, susurró ella, riendo suave.

—Siempre lo es contigo, mi Magdalena. Tú eres mi salvación —respondió él, besándole la frente, el sabor salado en sus labios.

Se quedaron así, envueltos en las sábanas revueltas, el libro olvidado en la mesita. La noche los mecía en un afterglow sereno, donde la devoción y el deseo se fundían en uno solo. María cerró los ojos, sabiendo que al día siguiente buscarían más pasajes, más fuegos. Esa era su fe, su placer eterno.

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