Pasión Desbordante por la Lectura en el Tec de Monterrey
Entré a la biblioteca del Tec de Monterrey con el corazón latiéndome fuerte, como si cada paso sobre el piso de madera pulida fuera un secreto que no podía guardar. El aire olía a páginas antiguas y a café recién hecho de la máquina en la esquina. Mi pasión por la lectura siempre me había traído aquí, pero esa tarde algo se sentía diferente. Las luces tenues iluminaban los estantes interminables, y el silencio solo se rompía por el roce de las hojas y algún suspiro lejano.
Me senté en mi rincón favorito, cerca de la sección de literatura erótica disfrazada de clásicos. Abrí El Amante de Lady Chatterley, pero mis ojos no se quedaban quietos. Al fondo, un cuate alto, de cabello negro revuelto y camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos, devoraba un libro con una intensidad que me erizaba la piel. ¿Quién es ese wey? pensé, sintiendo un calor subir por mi cuello.
Se llamaba Diego, lo supe después. Estudiante de ingeniería, pero con un alma de lector voraz. Nuestras miradas se cruzaron cuando fui por un título en el estante de arriba. Él se acercó, su mano rozó la mía al pasarme el libro.
"Órale, carnala, ¿también te late la pasión por la lectura en el Tec de Monterrey? Este lugar es como un templo para eso."Su voz grave, con ese acento regio puro, me hizo temblar las rodillas.
Nos sentamos juntos. Hablamos de D.H. Lawrence, de cómo las palabras pueden encender el cuerpo sin tocarlo. Su rodilla rozaba la mía bajo la mesa, un contacto casual que no lo era. Olía a colonia fresca con un toque de sudor limpio, y cada vez que reía, mostraba dientes perfectos. Neta, este pendejo me está volviendo loca, me dije, mientras mis dedos jugaban con el borde de la página, imaginando que era su piel.
La tensión crecía como una tormenta en el desierto de Monterrey. Le conté de mi club secreto, inspirado en la pasión por la lectura Tec de Monterrey, donde leemos en voz alta pasajes que queman. Él sonrió pícaro.
"¿Y si lo probamos ahorita? Lee para mí."Tomé el libro, mi voz salió ronca, describiendo caricias prohibidas. Sus ojos se oscurecieron, su respiración se aceleró. Sentí su mano en mi muslo, subiendo despacio, preguntando permiso con cada centímetro.
Sí, wey, sigue, pensé, abriendo las piernas un poquito. El calor entre mis piernas era insoportable, húmedo, listo. La biblioteca se vaciaba, el sol se ponía tiñendo las ventanas de naranja. Nos levantamos, fingiendo casualidad, y fuimos al pasillo de los archivos olvidados, donde el polvo bailaba en rayos de luz y el olor a papel viejo se mezclaba con nuestro deseo.
Allí, contra los estantes, sus labios encontraron los míos. Sabían a menta y a urgencia. Me besó como si leyera mi cuerpo, página por página. Sus manos fuertes me alzaron, mi falda se subió sola.
"¿Quieres esto, Ana? Dime."
"Sí, Diego, neta que sí. Tómalo todo."Era consensual, puro fuego mutuo. Mi blusa voló, sus dedos expertas desabrocharon mi bra, liberando mis pechos que él lamió con hambre, chupando pezones que se endurecían como piedras bajo su lengua caliente y húmeda.
El sonido de su cremallera bajando fue como un trueno. Lo bajé de rodillas, tomé su verga dura, palpitante, venosa, oliendo a hombre puro. La lamí despacio, saboreando la sal de su piel, sintiendo cómo gemía bajito, chíngame con la boca, reina. Su mano en mi pelo, guiando sin forzar. Luego me puso de pie, me giró contra el estante, libros cayendo como lluvia. Su lengua en mi clítoris, lamiendo mi jugo dulce, chupando hasta que grité bajito, mordiéndome el labio para no alertar a nadie.
Me penetró lento al principio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué chido se siente! Cada embestida era un capítulo nuevo: fuerte, profundo, con roces que me hacían ver estrellas. Sudábamos juntos, piel contra piel resbalosa, el slap slap de nuestros cuerpos ecoando suave. Sus manos en mis caderas, apretando, marcando. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más,
"Más duro, cuate, hazme tuya."
El clímax llegó como un huracán. Sentí mis paredes apretándolo, ondas de placer explotando desde mi centro, piernas temblando, uñas clavadas en la madera. Él gruñó, corriéndose dentro, caliente, llenándome mientras besaba mi cuello, mordisqueando suave. Nos quedamos así, jadeando, cuerpos pegados, el olor a sexo impregnando el aire polvoriento.
Después, nos vestimos riendo bajito, como niños traviesos. Salimos de la biblioteca tomados de la mano, el campus del Tec de Monterrey brillando bajo las luces nocturnas. Mi pasión por la lectura nunca había sido tan viva, pensé, mientras caminábamos hacia su depa cercano. Esa noche leímos desnudos en su cama, cuerpos entrelazados, palabras convirtiéndose en caricias otra vez.
Desde entonces, cada visita a la biblioteca despierta recuerdos. La pasión por la lectura Tec de Monterrey se volvió nuestra excusa para encontrarnos, para devorarnos en rincones secretos. Diego y yo, dos almas literarias con cuerpos insaciables. Neta, qué chingón es cuando los libros encienden el alma y el pinche cuerpo al mismo tiempo.
En el club que armamos, otros se unen, pero nadie sabe de nuestras sesiones privadas. Leemos en voz alta, ojos brillando, y después... bueno, la imaginación hace el resto. Monterrey nunca se sintió tan caliente, tan viva. Y todo empezó con esa simple pasión por la lectura en el Tec de Monterrey.