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Cartas de Amor y Pasión para Enamorarte

6732 palabras

Cartas de Amor y Pasión para Enamorarte

Todo empezó con esa primera carta que encontré en el buzón de mi departamento en la Condesa. El sobre era de papel cremoso, con letra cursiva elegante que decía Para ti, mi musa secreta. Mi corazón dio un brinco cuando lo abrí, porque adentro había palabras que me erizaron la piel: "Cartas de amor y pasión para enamorar", rezaba el encabezado. El remitente desconocido describía cómo me imaginaba desnuda bajo la luz de la luna, mi piel morena brillando como el tequila añejo, y cómo anhelaba lamer cada curva de mi cuerpo hasta hacerme gemir su nombre.

Yo, Ana, una chilanga de veintiocho años que trabaja en una galería de arte en Polanco, no soy de las que se dejan llevar fácil. Pero esa noche, sola en mi sala con el ventilador zumbando y el olor a jazmín del mercado flotando en el aire, leí esas líneas una y otra vez. Mi mano bajó sola por mi blusa, rozando mis pezones que se endurecieron al instante. ¿Quién chingados eres? pensé, mientras un calor húmedo se acumulaba entre mis piernas. El papel olía a colonia masculina, a madera y deseo, y juré que podía sentir el pulso del que la escribió latiendo en mis venas.

Mi amor, quiero que sientas mis labios en tu cuello, mordisqueando esa piel suave que me vuelve loco. Imagina mis manos explorando tu verga no, espera, tus senos, bajando hasta esa humedad que sé que te traigo. Te enamoraré con cada palabra, hasta que ruegues por mi polla dentro de ti.

Las cartas siguieron llegando, una cada tres días, como un ritual que me tenía al borde. La segunda hablaba de cómo me follaría contra la pared de un callejón en la Roma, con el ruido de los coches pasando y el vapor de los tacos al pastor envolviéndonos. La tercera detallaba un baño compartido, el agua caliente resbalando por nuestros cuerpos, mis tetas flotando mientras él me penetraba lento, susurrándome al oído eres mía, chula. Cada vez que las leía, mi cuerpo respondía: el corazón acelerado, la boca seca, el clítoris hinchado pidiendo atención. Me masturbaba imaginándolo, oliendo el perfume de las cartas, probando mi propia excitación en los dedos.

La tensión crecía como la ciudad en hora pico. ¿Y si es un pendejo loco? me decía en el espejo, viéndome las ojeras de no dormir. Pero el deseo era más fuerte. La última carta llegó con una invitación: Esta noche, en el bar del Hotel Condesa. Busca la mesa con una rosa roja. Ven, déjame demostrarte en carne propia estas cartas de amor y pasión para enamorar. Me vestí con un vestido negro ajustado que marcaba mis caderas anchas, sin calzones debajo, el aire fresco rozando mi coño depilado. El taxi olía a chicle de tamarindo, y mi pulso martilleaba como tambores de mariachi.

Ahí estaba él, alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el chocolate de Oaxaca. Se llamaba Diego, un arquitecto de treinta y dos, con barba recortada y una sonrisa que prometía pecados. —Eres más hermosa que en mis sueños, nena —dijo, su voz grave como el rugido de un volcán. Me tendió la mano, y al tocarla, una corriente eléctrica subió por mi brazo directo a mi entrepierna. Pidió tequilas reposados, el líquido ámbar quemando mi garganta, liberando el aroma terroso que me recordaba las cartas.

Las escribí pensando en ti cada noche —confesó, su aliento cálido en mi oreja—. Quería enamorarte así, con palabras que te mojen antes de tocarte.

Nos besamos ahí mismo, en la penumbra del bar, sus labios firmes probando a sal y tequila en mi lengua. Su mano subió por mi muslo, rozando mi piel desnuda, y gemí bajito cuando sus dedos encontraron mi humedad. Estás chorreando, mi amor, murmuró, y yo solo pude asentir, perdida en el olor de su piel sudada, a hombre listo para devorarme.

El elevador al penthouse fue nuestra primera batalla. Sus manos me apretaron las nalgas, mi espalda contra el espejo frío, mientras devoraba mi cuello. Sabes a gloria, pinche diosa, gruñó, y yo reí, arañando su camisa. —Muéstrame esas cartas en vivo, cabrón. La puerta se abrió y caímos en la cama king size, con vistas a la ciudad iluminada como un sueño febril.

Acto dos, la escalada. Diego me desvistió lento, como si saboreara cada centímetro. Sus ojos devoraban mis tetas grandes, los pezones oscuros duros como piedras de obsidiana. Te voy a comer entera, prometió, y bajó la boca. Su lengua caliente lamió mi vientre, el ombligo, hasta llegar a mi monte de Venus. El sabor salado de mi excitación lo enloqueció; gemí cuando succionó mi clítoris, sus dedos hundiéndose en mí, curvándose para tocar ese punto que me hace ver estrellas. ¡Ay, wey, no pares! grité, mis caderas moviéndose solas, el sonido chapoteante de mi coño llenando la habitación junto al zumbido del aire acondicionado.

Lo volteé, queriendo mi turno. Le quité los pantalones, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, con una gota de precum brillando en la punta. Olía a macho puro, a deseo crudo. La tomé en la boca, saboreando esa sal, chupando profundo hasta que jadeó ¡Carajo, Ana, me vas a hacer correr!. Le lamí las bolas, pesadas y calientes, mientras mis manos masajeaban su culo firme. Éramos fuego y gasolina, el sudor pegándonos, el olor a sexo impregnando las sábanas de algodón egipcio.

La tensión psicológica explotó cuando me monté en él. Mírame a los ojos mientras te cojo, le ordené, empalándome en su polla dura. Sentí cada vena estirándome, llenándome hasta el fondo. Cabalgaba lento al principio, sintiendo el roce en mis paredes internas, mis jugos chorreando por sus muslos. Aceleré, mis tetas botando, sus manos apretándome la cintura. —Eres mi reina, fóllame más fuerte —suplicó. El clímax se acercaba como tormenta: mis muslos temblando, su verga hinchándose dentro. Grité primero, olas de placer rompiéndome, contrayéndome alrededor de él hasta que explotó, llenándome de calor líquido, su semen goteando fuera mientras nos convulsionábamos juntos.

En el afterglow, yacimos enredados, el corazón latiendo al unísono. Su dedo trazaba patrones en mi espalda sudada, el aroma de nuestros fluidos mezclándose con el de las cartas que había traído. Estas cartas de amor y pasión para enamorar funcionaron, ¿verdad? susurró, besando mi sien.

Me enamoraste, Diego. Pero ahora quiero más. Escribe la secuela en mi piel.

La ciudad dormía afuera, pero nosotros no. Esa noche, el deseo no tuvo fin, solo promesas de más cartas, más pasión, más de nosotros fundidos en éxtasis eterno.

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