Abismo de Pasión Capítulo 71 Fuego en la Piel
El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de gasa del balcón, tiñendo la habitación de un naranja ardiente que hacía juego con el calor que me subía por el pecho. Yo, Ana, estaba sentada en el borde de la cama king size del hotel boutique, con las piernas cruzadas y el corazón latiéndome como tamborazo en fiesta. Hacía meses que no veía a Diego, mi amor de juventud, ese chulo moreno con ojos que prometían pecados deliciosos. Olía a mar y a jazmín del jardín abajo, mezclado con mi perfume de vainilla que me ponía solo para él.
¿Y si no viene? ¿Y si todo esto es un sueño más de esos que me dejan mojadita y frustrada? pensé, apretando las sábanas de algodón egipcio entre los dedos. Pero entonces, la puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él, alto, con camisa blanca desabotonada mostrando ese pecho tatuado que tanto me gustaba lamer. "Ana, mi reina", murmuró con esa voz ronca que me erizaba la piel, cerrando la puerta y dejando su maleta en el piso de mármol fresco.
Me levanté despacio, sintiendo cómo mi blusa de encaje se adhería a mis pechos por el sudor ligero de anticipación. Nos miramos un segundo eterno, el aire cargado de electricidad, como antes de la tormenta en la playa. "Diego, wey, te extrañé tanto", le dije, y él sonrió con esa picardía mexicana que me deshace. Se acercó, su olor a colonia cítrica y hombre invadiéndome, y me tomó la cintura con manos firmes pero tiernas. Sus labios rozaron los míos, un beso que empezó suave, saboreando el salado de su piel, y pronto se volvió hambre pura.
Aquí empieza nuestro abismo de pasión, capítulo 71, donde el deseo nos arrastra sin remedio.
Sus manos bajaron a mis caderas, apretando la tela de mi falda corta, y yo gemí bajito contra su boca. El sonido de las olas rompiendo afuera se mezclaba con nuestras respiraciones agitadas. Lo empujé hacia la cama, riendo como tonta, "Ven, cabrón, que no muerdo... mucho". Él se dejó caer, jalándome encima, y sentí su dureza presionando contra mi muslo. ¡Órale! Mi cuerpo respondió al instante, un cosquilleo caliente entre las piernas que me hacía retorcer.
En el medio de esa danza lenta, nos fuimos desvistiendo sin prisa, saboreando cada centímetro revelado. Le quité la camisa, pasando las uñas por sus abdominales duros, oliendo el sudor fresco que empezaba a perlar su piel. Él desabrochó mi blusa, liberando mis senos pesados, y chupó un pezón con esa succión perfecta que me arqueó la espalda. "Estás más rica que nunca, Ana", gruñó, su aliento caliente en mi carne. Yo le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante como mi pulso. La tomé en la mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso latiendo bajo mi palma, y él jadeó, "Sí, así, mi amor".
Pero no era solo físico; en mi cabeza bullían recuerdos y miedos. ¿Cuántas veces nos separamos por pendejadas? ¿Y si esta vez es la buena? Le confesé mientras lo besaba el cuello, saboreando la sal, "Diego, no quiero que termine nunca esto". Él me miró serio, acariciándome la mejilla. "No va a terminar, preciosa. Somos fuego eterno". Sus palabras me derritieron, y el beso que siguió fue profundo, lenguas enredadas como cuerpos en celo.
La tensión crecía con cada roce. Me puse de rodillas en la alfombra suave, el aroma de nuestra excitación llenando la habitación – ese olor almizclado, dulce y crudo. Lamí su miembro desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen, mientras él enredaba los dedos en mi cabello negro largo. "¡Qué chingona eres, Ana!", exclamó, y yo sonreí con la boca llena, acelerando el ritmo hasta que sus caderas se movían solas. Pero lo detuve, queriendo más. "Ahora tú", le pedí, y él me recostó en la cama, abriéndome las piernas con gentileza.
Su lengua en mi panocha fue éxtasis puro. Sentí cada lamida como fuego líquido, el roce áspero de su barba en mis muslos internos, el sonido húmedo de su boca devorándome. Gemí fuerte, agarrando las sábanas, el balcón trayendo brisa marina que enfriaba mi piel ardiente. Esto es el abismo, caer sin fin en placer, pensé mientras mis caderas se elevaban. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos justo ahí, el punto que me hace ver estrellas, y yo exploté en un orgasmo que me dejó temblando, gritando su nombre al viento.
No paramos. Diego se colocó encima, su peso delicioso oprimiéndome, y entró en mí despacio, centímetro a centímetro, estirándome con esa plenitud que duele rico. "Estás tan apretadita, tan mojada para mí", murmuró, empezando a moverse con ritmo pausado. Yo envolví las piernas alrededor de su cintura, clavando las uñas en su espalda, sintiendo el sudor resbalando entre nosotros. El slap-slap de piel contra piel se unía a nuestros jadeos, el colchón crujiendo bajo el vaivén. Aceleramos, yo pidiendo más, "¡Dame duro, mi rey!", y él obedeció, embistiéndome profundo, rozando ese lugar que me volvía loca.
En ese clímax de intensidad, nuestras almas se fundieron. Sudor, besos salados, olores de sexo y mar. Mi segundo orgasmo llegó como ola gigante, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. "¡Me vengo, Ana!", rugió, y sentí su calor explotando dentro, llenándome mientras nos sacudíamos juntos. Colapsamos, respiraciones entrecortadas, su cabeza en mi pecho oyendo mi corazón galopante.
En el afterglow, yacíamos enredados, la luz del atardecer pintándonos de oro. Él trazaba círculos en mi vientre, besando mi ombligo. "Esto es nuestro capítulo favorito", susurró. Yo reí suave, acariciando su cabello revuelto. Abismo de pasión, capítulo 71, sellado con fuego eterno. No había dudas ni miedos ya; solo paz caliente, promesas mudas en cada caricia. Afuera, la noche caía sobre el Pacífico, testigo de nuestro amor renacido, listo para más capítulos de éxtasis infinito.