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Pasión por el Triunfo 3

6552 palabras

Pasión por el Triunfo 3

Karla corría por el campo de fútbol con el corazón latiéndole como un tambor de guerra. El estadio en Guadalajara vibraba con los gritos de la afición, el olor a césped recién cortado mezclado con sudor y tierra húmeda. Era la final de la Copa Pasión por el Triunfo 3, el torneo amateur femenino que tanto amaba. Sus piernas ardían, los músculos tensos bajo el short ajustado que marcaba sus curvas, y el sostén deportivo empapado pegado a sus pechos firmes. Veintiocho años, entrenadora fitness de día, guerrera en la cancha de noche. Esa pasión por el triunfo la consumía, la hacía sentir viva, invencible.

El balón llegó a sus pies en un pase perfecto. Esta es mía, pensó, mientras driblaba a dos defensoras. El viento le azotaba el rostro, llevando el eco de los porras. Golpeó con toda su fuerza. ¡Red! El estadio explotó. Sus compañeras la abrazaron, cuerpos sudorosos chocando, risas y llantos de alegría. Pero sus ojos buscaron en las gradas a Marco, su hombre, el que siempre la esperaba con esa mirada hambrienta. Él levantó los puños, gritando su nombre. Karla sintió un cosquilleo entre las piernas, un calor que nada tenía que ver con el esfuerzo del partido.

Órale, cabrón, esta noche te voy a chingar hasta que pidas clemencia
, se dijo en silencio, sonriendo pícara.

En el vestidor, el vapor de las regaderas llenaba el aire con olor a jabón y cuerpos calientes. Karla se quitó la playera, admirando en el espejo sus abdominales marcados, las gotas de sudor resbalando por su vientre plano hasta perderse en el borde de su calzón. Sus pezones se endurecieron al roce del aire fresco. Neta, el triunfo la ponía cachonda como pocas cosas. Se vistió rápido con jeans ceñidos y una blusa escotada, lista para la celebración. Afuera, Marco la esperaba en su camioneta, con esa sonrisa de medio lado que la derretía.

¡Eres la mera verga, mi amor! —le dijo él al subirla, su mano grande apretando su muslo con fuerza posesiva.

—Simón, y esta pasión por el triunfo 3 apenas empieza —respondió ella, guiñando un ojo mientras ponía su mano sobre la suya, guiándola más arriba, rozando el calor entre sus piernas—. Llévame a casa, pendejo, que ya no aguanto.

El trayecto fue una tortura deliciosa. La ciudad nocturna pasaba borrosa por las ventanas: luces de neón, bocinas lejanas, el aroma a tacos al pastor flotando desde un puesto callejero. Marco conducía con una mano en el volante, la otra explorando bajo la blusa de Karla, pellizcando sus pezones erectos. Ella gemía bajito, arqueando la espalda, el cuero del asiento crujiendo bajo su peso. Su piel áspera contra la mía, qué chido. Le desabrochó el cinturón, metiendo la mano en sus pantalones para acariciar su verga ya dura, palpitante. El precum humedecía sus dedos, salado al probarlo.

Llegaron al departamento en la colonia Providencia, un lugar chido con vista a las luces de la metrópoli. Apenas cerraron la puerta, Karla lo empujó contra la pared, besándolo con furia. Sus lenguas danzaban, saboreando el sudor salado y el mentol de su chicle. Manos por todos lados: ella tirando de su camisa, él bajándole los jeans hasta los tobillos. Quedaron en ropa interior, jadeantes, el pecho de Karla subiendo y bajiendo rápido.

—Te quiero ahora, Marco. Ese gol me prendió como tea —susurró ella, mordiendo su labio inferior.

Él la cargó como si no pesara nada, sus bíceps tensos bajo sus nalgas. La llevó al sillón de la sala, donde cayeron enredados. El aire olía a su excitación mutua, ese musk almizclado que volvía loco a cualquiera. Marco besó su cuello, lamiendo el pulso acelerado, bajando por su clavícula hasta chupar un pezón. Karla arqueó la espalda, clavando las uñas en su espalda, dejando marcas rojas.

Neta, este hombre sabe cómo hacerme volar
.

Pero ella no era de las que se dejaba. Lo empujó suave, montándose a horcajadas sobre él. Le quitó el bóxer, liberando su verga gruesa, venosa, apuntando al techo. La miró con ojos oscuros de deseo puro.

—Mírame, amor. Quiero que veas cómo te monto por este triunfo.

Se posicionó, frotando su concha húmeda contra la punta, lubricándola con sus jugos. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla. Qué rico, tan duro, tan mío. Empezó a moverse, lento al principio, sintiendo cada roce interno, el roce de sus clítoris contra su pubis. Marco gruñía, manos en sus caderas, guiándola pero dejando que ella marcara el ritmo. El sillón rechinaba, sus nalgas chocando contra sus muslos con palmadas húmedas. Sudor nuevo brotaba, perlando sus cuerpos, goteando entre sus pechos.

La tensión crecía como una tormenta. Karla aceleró, cabalgando con furia, sus tetas rebotando. Él se incorporó, chupando el otro pezón, una mano bajando a frotar su clítoris hinchado. El placer era eléctrico, rayos subiendo por su espina. Ya viene, no pares, cabrón. Gritó su nombre cuando el orgasmo la golpeó, contracciones apretando su verga, jugos chorreando por sus bolas. Marco resistió, volteándola para ponerla a cuatro patas en el suelo alfombrado.

Ahora él embestía desde atrás, profundo, sus caderas chocando contra su culazo redondo. Karla empujaba hacia él, queriendo más, siempre más. El olor a sexo llenaba la sala, mezclado con el perfume de su loción. Le jaló el pelo suave, besando su espalda arqueada.

¡Chíngame más fuerte! ¡Por el triunfo! —rogaba ella, perdida en el éxtasis.

Él obedeció, acelerando, sus bolas golpeando su clítoris sensible. El segundo clímax la alcanzó como un tsunami, piernas temblando, visión borrosa. Marco rugió, hundiéndose hasta el fondo, llenándola con chorros calientes que sintió resbalar por sus muslos.

Colapsaron juntos en el piso, cuerpos entrelazados, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. Marco la besó en la frente, suave, mientras ella trazaba círculos en su pecho velludo con la yema del dedo. El aire se enfriaba, pero su piel seguía ardiente al tacto. Afuera, la ciudad murmuraba indiferente.

—Eres mi pasión, Karla. Cada triunfo tuyo es el mío —murmuró él, voz ronca.

Ella sonrió, acurrucándose más, saboreando el afterglow.

Esta pasión por el triunfo 3 no es solo del campo. Es esto, nosotros, el fuego que no se apaga
. Cerraron los ojos, sabiendo que amaneecería con más ganas, más vida, más ellos.

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