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Dibujo de Pasión

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Dibujo de Pasión

En el corazón de Coyoacán, donde las calles empedradas huelen a flores de cempasúchil y tacos al pastor asándose en las esquinas, tenía mi taller. Yo, Ricardo, un pintor de treinta y tantos que había dejado el pinche office job para perseguir la neta pasión por el arte. Ese día, el sol se colaba por las ventanas altas, pintando rayas doradas en el suelo de baldosa roja. El aire estaba cargado con el olor a trementina fresca y café de olla que acababa de colar.

Entonces entró ella. Luisa. Una morra de curvas que te quitaban el aliento, con el cabello negro como la noche cayéndole en ondas salvajes hasta la cintura. Vestía un huipil ligero que se pegaba a sus chichis generosas y una falda larga que insinuaba el movimiento de sus caderas. "Órale, carnal, busco posar para un retrato", dijo con esa voz ronca que parecía salida de un bolero de José Alfredo. Sus ojos cafés, profundos como pozos de chocolate, me clavaron en el sitio. Neta, sentí un cosquilleo en la verga que no era de nervios artísticos.

"Pásale, mamacita, siéntate aquí", le contesté, señalando el diván cubierto de telas mexicanas bordadas. Mientras preparaba el lienzo, la observaba de reojo. Su piel morena brillaba bajo la luz, oliendo a vainilla y algo más salvaje, como jazmín en calor. Empecé el dibujo de pasión, trazando primero las líneas de su silueta con lápiz suave. Cada curva era un desafío, un susurro de deseo que me hacía apretar el carboncillo con fuerza.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es solo una modelo, pendejo. Pero neta, su boca entreabierta, esos labios carnosos... quiero saborearlos.

Luisa se movía poquito a poquito, ajustándose en el diván. "¿Te late cómo estoy?", preguntó, y su sonrisa pícara me derritió. Le pedí que se quitara el huipil para capturar la luz en su torso. Sin chistar, lo hizo. Sus chichis saltaron libres, pezones oscuros endureciéndose al aire fresco del taller. El sonido de la tela cayendo fue como un suspiro erótico. Mi pulso se aceleró, el lápiz temblaba en mi mano mientras delineaba esos montes perfectos.

El tiempo volaba. El sol bajaba, tiñendo todo de naranja. Sudor perló su frente, goteando entre sus senos. Olía a ella ahora, a mujer en ebullición, mezclado con mi propia excitación. "Acércate, déjame ajustar tu pose", murmuré, y por primera vez la toqué. Mis dedos rozaron su hombro, piel caliente como comal. Ella jadeó bajito, un sonido que me puso la verga como piedra dentro del pantalón.

Acto dos: la escalada. Dejé el lápiz y tomé el óleo. Quería pintar de verdad, pero la tensión era un volcán. Luisa se recargó en mí, su espalda contra mi pecho. "Siento tu calor, Ricardo", susurró, girando la cara para rozar mi mejilla con sus labios. Su aliento olía a menta y tequila de la taquería de enfrente. Mis manos, manchadas de pintura, bajaron por sus brazos, trazando senderos de goosebumps.

"¿Quieres que pare?", pregunté, voz ronca como gravel. "Ni madres, sigue, me traes loca", respondió ella, girándose para besarme. Nuestras bocas chocaron con hambre. Su lengua danzó con la mía, saboreando a sal y deseo puro. La levanté en brazos, su peso perfecto contra mí, y la recosté en el diván. La falda se subió, revelando muslos firmes y una tanga negra empapada.

¡Chingado! Su panocha brilla de jugos. Quiero lamerla hasta que grite mi nombre.

Le quité la tanga despacio, inhalando su aroma almizclado, dulce como miel de maguey. Mis labios bajaron por su cuello, mordisqueando la clavícula, hasta llegar a sus chichis. Chupé un pezón, duro como cereza, mientras mi mano exploraba entre sus piernas. Estaba calientita, resbalosa. Sus gemidos llenaron el taller, mezclándose con el lejano mariachi de la plaza. "¡Ay, Ricardo, qué rico! Métemela ya", suplicó.

Pero no, quería alargar el fuego. La volteé boca abajo, besando su espinazo hasta las nalgas redondas. Mi lengua trazó círculos en su clítoris, saboreando su néctar salado. Ella se arqueó, clavando uñas en las telas, gritando "¡Sí, carnal, así!". Mi verga palpitaba, goteando pre-semen en mis calzones. Me quité todo, piel contra piel, el calor de nuestros cuerpos como forja.

La penetré despacio, centímetro a centímetro. Su panocha me apretó como guante caliente, húmeda y ansiosa. Empujé profundo, sintiendo cada vena rozar sus paredes. Nuestros jadeos se sincronizaron, sudor chorreando, oliendo a sexo crudo y pasión desatada. "¡Más fuerte, pendejo, rómpeme!", exigió ella, y yo obedecí, embistiéndola con ritmo de cumbia salvaje. El diván crujía, el lienzo olvidado manchado de nuestros fluidos.

Volteamos, ella encima ahora. Sus caderas giraban como molino, chichis rebotando hipnóticos. La miré a los ojos, perdidos en lujuria compartida. Mis manos amasaron sus nalgas, guiándola. El clímax se acercaba, un tsunami. "Me vengo, Luisa...", gruñí. "¡Dentro, lléname!", respondió. Explosamos juntos, su panocha convulsionando alrededor de mi verga, chorros calientes mezclándose. Gritos ahogados, temblores, el mundo disolviéndose en éxtasis.

Caímos exhaustos, respiraciones entrecortadas. El taller olía a nosotros, a dibujo de pasión hecho carne. La abracé, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. "Neta, eso fue chingón", murmuró ella, besando mi piel salada.

Esto no fue solo un polvo. Fue arte vivo, pasión dibujada en sudor y gemidos. ¿Volverá mañana? Ojalá, porque ya quiero el siguiente trazo.

El sol se había puesto, velas encendidas proyectaban sombras danzantes en las paredes. Compartimos un trago de mezcal de las botellas en el rincón, el humo picante en la lengua sellando nuestra conexión. Luisa se vistió despacio, pero prometió regresar. "Para terminar el retrato, ¿no?", guiñó. Yo sonreí, sabiendo que el verdadero dibujo apenas empezaba.

Desde esa noche, cada trazo en el lienzo lleva su esencia. El dibujo de pasión cuelga ahora en mi taller, pero el original late en mi memoria, listo para más colores.

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