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El Actor de El Diario de una Pasión en Mi Piel

6876 palabras

El Actor de El Diario de una Pasión en Mi Piel

La noche en el Teatro de la Ciudad bullía de emoción. El aire olía a palomitas rancias mezcladas con el perfume dulce de las chavas que se amontonaban en la entrada. Yo, Ana, había llegado temprano para ver la adaptación mexicana de El Diario de una Pasión, esa obra que prometía revivir la intensidad de Noah y Allie en el escenario. Mi corazón latía fuerte, no solo por la historia, sino porque sabía que el actor principal era un galán de esas que te dejan las bragas mojadas solo con mirarte. Órale, qué emoción.

Las luces bajaron y ahí estaba él, Rodrigo, el actor de El Diario de una Pasión. Alto, con esa mandíbula marcada como cincelada, ojos azules que perforaban el alma y un cuerpo que bajo la camisa blanca se adivinaba puro músculo. Su voz grave narrando las cartas de amor me erizó la piel. Sentí un calor subiendo por mis muslos, el roce de mis jeans contra mi piel sensible. Neta, este wey es idéntico al de la película, pero con acento chilango que lo hace mil veces más cabrón, pensé mientras mordía mi labio.

Al final de la función, aplausos ensordecedores. Me quedé rezagada, fingiendo ajustar mi blusa escotada roja que marcaba mis curvas justito. El olor a sudor masculino y madera del escenario flotaba en el lobby. Ahí lo vi, firmando autógrafos, su sonrisa pícara iluminando todo. Nuestras miradas chocaron. ¿Me está cachando? Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando en mis oídos como tambores.

—¡Qué chingona la obra, Rodrigo! Eres el actor perfecto para Noah —le solté, acercándome con mi mejor pose de diosa.

Él rio, esa risa ronca que vibró en mi vientre. —Gracias, preciosa. ¿Vienes seguido?

Charlamos, su mano rozando mi brazo accidentalmente, enviando chispas eléctricas. Olía a colonia fresca, jabón y algo salvaje, como tierra mojada después de la lluvia. Sentí mis pezones endureciéndose bajo la tela.

Si no me lo cojo esta noche, me muero. Este actor de El Diario de una Pasión es mío
, me juré.

Me invitó a unas chelas en un bar cercano, el La Perla Negra, con luces tenues y jazz suave. Nos sentamos en una mesa apartada, piernas rozándose bajo la mesa. Cada sorbo de cerveza fría bajaba por mi garganta, pero el fuego en mi interior crecía. Hablamos de la obra, de pasiones contenidas, de cómo Noah luchaba por su amor. Sus ojos se clavaban en mis labios, y yo sentía su rodilla presionando la mía, deliberada.

—¿Sabes? Allie se rinde al final porque no puede resistir más —dijo él, su voz baja, casi un susurro que me rozó el oído.

Mi mano se posó en su muslo, firme bajo los pantalones. Su piel caliente, músculos tensos. —Yo tampoco puedo resistir —respondí, mirándolo fijo.

Salimos del bar, el viento nocturno de la Roma lamiendo nuestra piel. Caminamos rápido hacia su depa en Polanco, no muy lejos. En el elevador, no aguantamos. Sus labios cayeron sobre los míos, urgentes, saboreando a cerveza y deseo. Su lengua invadió mi boca, danzando con la mía, mientras sus manos amasaban mis nalgas. Gemí contra él, el sonido ahogado por su beso. Mi cuerpo se pegó al suyo, sintiendo su verga dura presionando mi vientre. ¡Qué prieta la tiene, cabrón!

Entramos a su penthouse, luces de la ciudad filtrándose por las ventanas. El lugar olía a sándalo y cuero nuevo. Me quitó la blusa de un tirón, exponiendo mis tetas llenas, pezones rosados erguidos como balas. —Estás de infarto, Ana —gruñó, chupando uno con hambre, su lengua girando, dientes rozando suave. Arqueé la espalda, el placer punzando como rayos. Mis uñas se clavaron en su nuca, oliendo su cabello húmedo.

Lo empujé al sofá, desabrochando su camisa. Su pecho ancho, velludo justo, pectorales duros que lamí con devoción, saboreando sal y hombre. Bajé más, desabroché su cinturón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. Neta, más grande que Noah en la peli. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo. Él jadeó, —Chúpamela, mamacita.

La engullí, labios estirados, lengua lamiendo el tronco, aspirando su olor almizclado, bolas pesadas rozando mi barbilla. Lo mamé profundo, garganta relajada, saliva chorreando. Sus caderas se movían, follándome la boca suave. Me encanta cómo gime, ronco, animal. Pero quería más.

Me levantó, cargándome como a Allie en la lluvia. En la cama king size, sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda desnuda. Me abrió las piernas, besando mis muslos internos, mordisqueando. Su aliento caliente en mi panocha empapada. Estoy chorreando por ti, actor de El Diario de una Pasión. Lamio mi clítoris hinchado, lengua experta girando, dedos hundiéndose en mi calor húmedo. Gemí alto, caderas bailando, el sonido de succión obsceno en la habitación.

¡No pares, pendejo, me vas a hacer venir!

El orgasmo me sacudió como tormenta, jugos salpicando su cara, cuerpo convulsionando, uñas arañando sus hombros. Él sonrió triunfante, subiendo para penetrarme de un embestida. Su verga me llenó, estirándome delicioso, golpeando mi cervix. Empezó a bombear, lento al principio, cada roce enviando ondas de placer. El slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, sudor perlando nuestros cuerpos.

Cabálgame, Rodrigo —supliqué. Me volteó, yo encima, montándolo como yegua salvaje. Mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. Cabalgué duro, mi clítoris frotando su pubis, olor a sexo saturando el aire. Él gruñía, —¡Qué rica estás, Ana! ¡Tu panocha me aprieta como guante! Sentí su verga hincharse más, mis paredes contrayéndose.

Cambié de posición, él atrás, perrito. Sus embestidas feroces, mano en mi clítoris, la otra jalando mi pelo. Me siento sucia, suya, empoderada. El placer crecía, espiral infinito. —¡Métemela más hondo, amor! ¡Ven conmigo! Explotamos juntos, su leche caliente inundándome, mi coño ordeñándolo, gritos mezclados en éxtasis. Cuerpos temblando, colapsando en sábanas empapadas.

Después, yacimos enredados, su pecho subiendo y bajando contra mi mejilla, corazón galopando en sincronía. Besos suaves, lenguas perezosas. El aroma de nuestro amor flotaba, sudor y semen. Esto fue más que sexo, fue como la peli, pero real, nuestro diario.

—Eres increíble —murmuró, acariciando mi espalda.

—Tú también, actor de El Diario de una Pasión. Hagamos secuela —le guiñé.

Nos dormimos así, piel con piel, prometiendo más noches de pasión. La ciudad brillaba afuera, testigo de nuestro fuego.

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