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Pasión Desbordante en Motel Pasión Cuautla Mor

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Pasión Desbordante en Motel Pasión Cuautla Mor

El sol de Cuautla caía a plomo sobre el asfalto caliente, haciendo que el aire oliera a tierra húmeda y flores de bugambilia. Yo manejaba mi vochito viejo por la carretera federal, con el corazón latiéndome como tambor en las costillas. Hacía semanas que no veía a Alex, mi amor secreto, ese morenazo de ojos negros que me volvía loca con solo una mirada. Neta, cada kilómetro que dejaba atrás Morelos se sentía como una promesa de placer prohibido pero tan consentido, tan nuestro.

Llegué al Motel Pasión Cuautla Mor justo cuando el cielo empezaba a teñirse de naranja. Ese lugar era legendario entre los cuates: habitaciones con jacuzzi, espejos en el techo, luces neón que parpadeaban Pasión en letras rojas. Paré frente a la recepción, el motor aún ronroneando caliente. El recepcionista, un wey cuarentón con bigote recargado, me dio la llave de la habitación 12 sin preguntar nada. En estos moteles, nadie mete las narices.

Subí las escaleras de concreto, el tacón de mis sandalias resonando como un eco de anticipación. Abrí la puerta y el aroma a sábanas frescas y desinfectante me golpeó, mezclado con un leve perfume de vainilla de las velas que Alex ya había encendido. Ahí estaba él, recargado en la cabecera de la cama king size, sin camisa, solo con unos bóxers ajustados que marcaban todo lo que me gustaba. Su piel bronceada brillaba bajo la luz tenue, y sonrió con esa dentadura perfecta que me derretía.

¡Pinche Alex, cómo te extrañé, cabrón! ¿Listo para hacerme gritar toda la noche?

—Ven acá, mi reina —dijo con voz ronca, extendiendo los brazos—. Te vi llegar desde la ventana. Estás riquísima con ese vestido rojo.

Me lancé a sus brazos, sintiendo el calor de su pecho contra mis tetas. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como en una salsa ardiente. Sabía a menta y a deseo puro, su barba raspándome la piel suave del cuello mientras bajaba besos por mi clavícula. Mis manos exploraban su espalda musculosa, arañando levemente, sintiendo cómo se erizaba su piel bajo mis uñas.

Nos separamos un segundo, jadeantes. El aire del cuarto estaba cargado, el zumbido del aire acondicionado apenas audible sobre nuestros respiros acelerados.

Te quiero follar despacito primero —murmuró en mi oído, mordisqueándome el lóbulo—. Quiero sentir cada centímetro de ti.

Me quitó el vestido con lentitud tortuosa, deslizando la tela por mis hombros, exponiendo mi lencería negra de encaje. Sus ojos se oscurecieron de lujuria al ver mis pezones endurecidos presionando la tela. Yo tiré de sus bóxers, liberando su verga dura, palpitante, que saltó como resorte. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, venoso, y la apreté suave, oyendo su gemido gutural.

Nos tumbamos en la cama, las sábanas satinadas crujiendo bajo nuestros cuerpos. Sus manos expertas masajearon mis muslos, subiendo hasta mi entrepierna húmeda. Metió un dedo dentro de mis calzones, rozando mi clítoris hinchado, y yo arqueé la espalda, gimiendo alto. ¡Qué rico! El olor a sexo empezaba a impregnar el cuarto, almizclado y dulce.

Acto primero: la seducción lenta. Alex me besaba el ombligo, lamiendo con la lengua plana, bajando hasta mi monte de Venus. Me arrancó los calzones de un jalón juguetón, y su aliento caliente me erizó la piel. Lamidas largas y profundas en mi coño, saboreándome como si fuera mango maduro de Cuautla. Chupaba mi clítoris con succiones precisas, metiendo dos dedos que curvaba justo en mi punto G. Yo me retorcía, agarrando sus greñas, mis caderas moviéndose al ritmo de su boca.

No pares, mi amor, ¡me vengo ya!

El orgasmo me sacudió como trueno, jugos calientes brotando, mi voz rompiendo el silencio en un grito ahogado. Él se incorporó, labios brillantes con mis mieles, y me besó para que probara mi propio sabor salado-dulce.

Ahora era mi turno. Lo empujé boca arriba, montándome a horcajadas sobre su pecho. Bajé besando su torso, mordiendo sus pezones oscuros hasta hacerlo jadear. Llegué a su polla erecta, la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el presemen salado. La chupé profunda, garganta relajada, oyendo sus gruñidos de placer: ¡Órale, qué chida chupas, mi vida! Jugaba con sus huevos pesados, masajeándolos mientras mi lengua giraba alrededor del glande sensible.

El calor del cuarto subía, sudor perlando nuestras pieles, mezclándose en un brillo compartido. Afuera, se oía el tráfico lejano de la carretera y el canto de grillos, pero adentro solo existíamos nosotros.

Acto segundo: la escalada. Me subí encima de él, guiando su verga gruesa a mi entrada resbaladiza. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. ¡Ay, cabrón, qué grande estás! Empecé a cabalgar, tetas rebotando, manos en su pecho para impulsarme. Él agarraba mis nalgas, amasándolas, dándome nalgadas suaves que resonaban como palmadas en agua.

Cambiábamos posiciones como en un baile experto: él de rodillas detrás de mí, embistiéndome profundo en perrito, su vientre chocando contra mi culo con plaf húmedos. Yo volteaba a verlo por encima del hombro, nuestros ojos conectados en esa intimidad cruda. Sus manos subían a mis tetas, pellizcando pezones, mientras yo metía una mano entre mis piernas para frotarme el clítoris.

—Más duro, Alex, rómpeme —supliqué, y él obedeció, acelerando, su respiración entrecortada en mi oreja.

El jacuzzi nos llamó. Lo llenamos de agua tibia perfumada, burbujas subiendo como espuma de cerveza. Nos metimos, yo sentada en su regazo, su verga deslizándose adentro otra vez bajo el agua. El agua chapoteaba con cada movimiento, salpicando el piso de azulejos. Sus besos eran fieros ahora, dientes chocando, lenguas enredadas. Sentía su pulso acelerado contra mi pecho, mi coño contrayéndose alrededor de él en espasmos previos al clímax.

Inner struggle: por un momento, pensé en nuestra vida fuera de aquí. Él casado, yo soltera pero con miedos. Pero neta, esto era nuestro escape, puro placer sin culpas. Lo miré a los ojos: —Te amo, pendejo —le dije entre gemidos.

—Y yo a ti, mi reina. Córrete conmigo.

Acto tercero: la liberación. Volvimos a la cama empapados, él encima en misionero clásico pero intenso. Piernas enredadas, cuerpos pegados sudorosos. Sus embestidas eran profundas, golpeando mi cervix con precisión erótica. El olor a sexo era espeso, almizcle mezclado con vainilla y sudor salado. Oía su corazón martilleando contra el mío, pieles resbalando.

El orgasmo nos golpeó simultáneo: yo gritando su nombre, uñas clavadas en su espalda, coño ordeñándolo en contracciones rítmicas. Él rugió, llenándome con chorros calientes, profundo, nuestro clímax prolongado en temblores compartidos.

Nos quedamos así, unidos, respiraciones calmándose. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El cuarto olía a nosotros, satisfechos. Alex me acarició el cabello, susurrando: —Eres lo mejor que me ha pasado, chula.

Después, ducha compartida: jabón espumoso deslizándose por curvas, risas tontas mientras nos secábamos. Pedimos unas chelas del minisúper del motel, brindando por más noches en el Motel Pasión Cuautla Mor.

Al amanecer, nos despedimos con un beso eterno en el estacionamiento, promesas de volver. Maneje de regreso, el cuerpo adolorido placenteramente, el alma plena. Qué chingón es el amor así, puro fuego morelense.

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