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Los Padres Pasionistas

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Los Padres Pasionistas

El sol de mediodía en Guadalajara pegaba como plomo derretido, pero ahí estaba yo, Javier, sudando la gota gorda en las gradas del estadio Jalisco. Mi carnal mayor, ya grandote de veintidós años, corría como endiablado en el campo de fut, defendiendo la portería de su equipo amateur. Qué orgullo ver a tu sangre hecha hombre, pensé, mientras el olor a elote asado y chela fría invadía el aire. Entre la multitud de papás gritones, mis ojos se clavaron en él: Miguel, un moreno alto, musculoso, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela. Nuestros hijos jugaban en equipos rivales, pero él me sonrió desde lejos, levantando su cerveza en saludo. Neta, ese wey tiene algo que me revuelve las tripas.

Al final del partido, nos topamos en la salida. "¡Órale, carnal! Tu chamaco la armó bien chida", me dijo, extendiendo la mano. Su palma era áspera, de las que han trabajado en obra o gym, y el apretón duró un segundo de más. Olía a sudor fresco mezclado con colonia barata, de esas que te hacen imaginar cosas prohibidas. "Gracias, wey. El tuyo tampoco se quedó atrás. ¿Chela para celebrar?", le propuse, sintiendo un cosquilleo en el pecho que no era por el calor. Así empezó todo, entre risas y pláticas de papás solteros, divorciados los dos, criando solos a nuestros morros ya grandes.

¿Por qué carajos me late tan fuerte el corazón? Es otro papá, como yo. Pero esa mirada... ay, pinche mirada que promete fuego.

Nos fuimos a una taquería cerca, de esas con mesas de plástico rojo y salsas que queman la lengua. Mientras devorábamos tacos al pastor, con ese juguito chorreando por los dedos, platicamos de todo: de las ex que nos dejaron secos, de las noches en vela por fiebres infantiles pasadas, de lo jodido que es ser padre pasionista en este mundo de madres helicóptero. "Somos padres pasionistas, Javier. Damos todo por los morros, pero ¿quién nos da a nosotros?", soltó él, con voz ronca, mirándome fijo a los ojos. Ese término se nos pegó como chicle: padres pasionistas, los que ardemos por dentro sin que nadie lo note. Su rodilla rozó la mía bajo la mesa, accidental o no, y sentí un calor subir desde las bolas hasta la garganta.

La tarde se estiró como chicle. Terminamos en su depa en Zapopan, un lugar chido con vista al cerro del Cuatro, muebles de IKEA y fotos de su hijo en trofeos de fut. "Pásale, no seas pendejo", me dijo, abriendo la puerta con una sonrisa pícara. El aire acondicionado era un bendito alivio, pero el ambiente se cargaba de tensión. Sacó tequilas reposados, de los buenos, y nos sentamos en el sofá de piel sintética que crujía con cada movimiento. Hablamos de deseos reprimidos, de cómo la vida de papás nos había robado las aventuras. Su mano cayó en mi muslo, casual al principio, pero luego apretó. Su piel tibia, áspera por el vello, me quema como chile habanero.

"Javier, neta, desde que te vi en las gradas... me traes bien puesto", murmuró, acercando su cara. Olía a tequila dulce y a hombre, ese aroma almizclado que te pone la verga dura en segundos. No lo pensé dos veces: lo jalé por la nuca y lo besé. Sus labios eran carnosos, sabían a salsa de taquería y promesas rotas. Gemí contra su boca mientras sus manos me amasaban el pecho por debajo de la playera, pellizcando pezones que se endurecieron como piedras. "Pinche papi pasionista", le dije entre besos, riendo bajito. Él respondió con un mordisco en el cuello que me hizo arquear la espalda.

La cosa escaló rápido. Me quitó la camisa de un tirón, lamiendo el sudor salado de mi abdomen marcado por años de gym y trabajos duros. El sonido de su lengua chupando mi piel, húmeda y caliente, era como música ranchera prohibida. Yo le bajé el pantalón, liberando esa verga gruesa, venosa, que palpitaba contra mi palma. "Mírala, wey, toda para ti", gruñó él. La probé: salada, con un toque de pre-semen amargo que me volvió loco. La chupé despacio, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, el pulso acelerado latiendo en mi lengua. Él jadeaba, agarrándome el pelo: "¡Así, cabrón, trágatela toda!". El cuarto se llenó de slurps húmedos y gemidos roncos, el olor a sexo crudo invadiendo todo.

Esto es lo que necesitaba: otro padre pasionista que entienda el hambre de años solos. No hay vuelta atrás, y qué chido.

Me levantó como si nada, cargándome al cuarto. Su cama king size era un campo de batalla listo: sábanas blancas oliendo a suavizante de supermercado. Me tiró boca arriba y se montó encima, frotando su culo peludo contra mi erección. "Quiero sentirte adentro, Javier. Cógeme como se merece un padre pasionista", suplicó, escupiendo en su mano para lubricarnos. Empujé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo el anillo apretado ceder, caliente y resbaloso. Él rugió de placer, clavándome las uñas en los hombros. El ritmo empezó lento, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, sudor goteando de su pecho al mío. Olía a nosotros, a machos en celo, a tequilas y deseo acumulado.

Aceleramos. Yo lo embestía profundo, tocando ese punto que lo hacía temblar y maldecir en voz baja: "¡Pinche verga deliciosa, no pares, wey!". Sus bolas rebotaban contra mi culo, pesadas y llenas. Le mamé el cuello, saboreando el salitre, mientras él se pajeaba la polla dura como fierro. La tensión crecía, como volcán a punto de estallar. Sentí mis huevos apretarse, el orgasmo subiendo como ola en Acapulco. "Me vengo, Miguel... ¡ahí te voy!", grité. Él se corrió primero, chorros calientes salpicando su abdomen, gimiendo mi nombre. Yo exploté dentro, llenándolo con leche espesa, pulsos interminables que nos dejaron temblando.

Caímos hechos madeja, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su cabeza en mi pecho, el corazón latiéndole fuerte contra mi piel. El cuarto olía a semen fresco y sudor satisfecho, una fragancia que atonta. "Somos padres pasionistas de verdad, carnal", murmuró él, besándome la clavícula. Yo sonreí, acariciando su espalda ancha. Afuera, Guadalajara bullía con su caos alegre, pero aquí, en este nido, habíamos encontrado paz. Nuestros hijos crecerían fuertes, ajenos a esto, y nosotros... nosotros tendríamos noches como esta, liberando la pasión que la vida nos debía.

Al día siguiente, en el desayuno de huevos rancheros, nos miramos con complicidad. "Otra chela pronto, ¿va?", dijo él. "Órale, pasionista", respondí. Y supe que esto era solo el principio de algo chingón.

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