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Pasion Huasteca en Llamas

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Pasion Huasteca en Llamas

El sol se ponía sobre la Sierra Huasteca, tiñendo el cielo de rojos y naranjas que parecían fuego líquido. Yo, Ana, había llegado a ese pueblo escondido entre cerros verdes para desconectarme del ruido de la ciudad. El aire olía a tierra húmeda, a jazmín silvestre y a ese humo dulce de las leñas que ardían en las cocinas de barro. Caminaba por la plaza principal, donde el son huasteco ya retumbaba desde los altavoces, haciendo vibrar el suelo bajo mis sandalias. La gente bailaba con pasos fieros, las mujeres con sus rebozos ondeando como alas, los hombres con camisas blancas arremangadas mostrando brazos fuertes curtidos por el sol.

Allí lo vi. Se llamaba Javier, un huasteco de pura cepa, alto y moreno, con ojos negros que brillaban como obsidiana pulida. Tocaba la jarana en el grupo local, sus dedos volando sobre las cuerdas con una destreza que me erizaba la piel. Nuestras miradas se cruzaron mientras yo me mecía al ritmo, sintiendo cómo el zapateado resonaba en mi pecho. Qué chulo, neta, pensé, imaginando esas manos en mi cuerpo en vez de en el instrumento.

¿Bailas, güerita? —me gritó por encima de la música, con una sonrisa pícara que mostraba dientes blancos y perfectos.

Le seguí el juego, dejando que me tomara de la cintura. Su toque era eléctrico, cálido, como si su piel quemara a través de mi blusa ligera. Sudaba un poco, oliendo a hombre de campo: salado, terroso, con un fondo de colonia barata que lo hacía aún más irresistible. Bailamos hasta que el son terminó, jadeantes, pegados el uno al otro. La pasión huasteca flotaba en el aire, esa energía salvaje que se siente en las venas cuando la tierra misma te llama a vivir intensamente.

Nos sentamos en una banca de madera, compartiendo una chela fría de las que venden en las tienditas. Hablamos de todo: de cómo él creció entre huertos de naranjas y ríos caudalosos, de mis escapes de la rutina citadina. Su voz grave, con ese acento arrastrado tan huasteco, me envolvía como una caricia. Sentía mi corazón latiendo fuerte, un calor subiendo por mi vientre.

¿Y si lo invito a caminar? ¿Y si dejo que esta noche sea mía?
me decía mi mente, mientras su rodilla rozaba la mía accidentalmente, enviando chispas por mi espina.

La noche avanzó y terminamos en su casa, una choza sencilla con techo de palma al borde del río. El sonido del agua corriente era hipnótico, mezclado con el canto de los grillos y el ulular lejano de un búho. Entramos riendo, él prendió unas velas que iluminaron su rostro con sombras danzantes. Sin palabras, nos besamos. Sus labios eran firmes, sabían a cerveza y a miel de abeja silvestre. Me devoraba con hambre contenida, sus manos grandes explorando mi espalda, bajando hasta mis caderas.

Estás rica, Ana. Como fruta madura de la huasteca
, murmuró contra mi cuello, mordisqueando suave, haciendo que mi piel se erizara en ondas de placer.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que descubría. Sentí el aire fresco de la noche contra mis pechos, endureciéndose los pezones al instante. Él los lamió con lengua experta, succionando hasta que gemí alto, arqueándome contra su boca. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me volvía loca, mezclado con el perfume del río y las flores nocturnas. Mis manos bajaron a su pantalón, sintiendo su verga dura presionando contra la tela. La saqué libre, palpitante, caliente como hierro forjado. La acaricié despacio, oyendo su gruñido ronco, ese sonido animal que me humedecía más.

Caímos en su cama de petate, crujiente bajo nuestros cuerpos. Él se hundió entre mis piernas, besando mi vientre, mi monte de Venus. Su aliento caliente me hacía temblar. Cuando su lengua tocó mi clítoris, fue como un rayo: chupaba, lamía, metía dedos gruesos que curvaba justo en ese punto que me volvía loca. ¡Ay, wey, no pares! grité en mi cabeza, mientras mis caderas se movían solas, follándome su boca. El sabor salado de mi propia excitación llegó hasta mí cuando me besó después, y lo devoré con ganas.

Pero quería más. Lo empujé boca arriba, montándolo como una amazona huasteca. Su verga entró en mí de un solo golpe, llenándome hasta el fondo. Era gruesa, venosa, estirándome deliciosamente. Cabalgué lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el roce de sus bolas contra mi culo. El sudor nos unía, resbaloso, oliendo a sexo puro. Él me agarraba las nalgas, amasándolas, dándome nalgadas suaves que resonaban en la noche.

Más fuerte, Javier. Fóllame como si fuera tuya
, le pedí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con fuerza brutal pero consentida, sus ojos clavados en los míos, llenos de esa pasión huasteca que no se apaga.

El ritmo subió, mis tetas rebotando, sus manos pellizcando mis pezones. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola ardiente en mi bajo vientre. Él jadeaba, su pecho subiendo y bajando rápido, el olor de su sudor invadiendo todo. Me volteó, poniéndome a cuatro patas, y entró de nuevo, profundo, golpeando mi culo con cada estocada. El sonido de carne contra carne era obsceno, perfecto, mezclado con mis gemidos y sus maldiciones cariñosas: Pendejita rica, qué chingón te sientes.

El clímax llegó como un huracán. Me corrí gritando, mi coño contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Él siguió bombeando, prolongando mi éxtasis, hasta que se tensó y eyaculó dentro de mí, caliente, abundante, marcándome con su esencia. Nos derrumbamos, exhaustos, su peso sobre mí reconfortante.

Después, en la quietud, fumamos un cigarro compartido, el humo azul subiendo perezoso. El río susurraba afuera, testigo de nuestra entrega. Javier me acariciaba el pelo, besándome la frente.

Esto es la pasión huasteca, mi amor. Quema pero deja huella eterna
, dijo suave.

Me quedé mirándolo, sintiendo un calor nuevo en el pecho, no solo físico. Esa noche, en medio de la sierra, descubrí que el deseo verdadero no se apaga con un polvo; se enciende más. Al amanecer, con el sol besando nuestra piel entrelazada, supe que volvería. La pasión huasteca me había atrapado para siempre.

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