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Cuantos Oscars Ganó La Pasión de Cristo En Nuestra Cama

7132 palabras

Cuantos Oscars Ganó La Pasión de Cristo En Nuestra Cama

Estás sentada en el sofá de tu departamento en Polanco, con una copa de tequila reposado en la mano, el aroma ahumado subiendo hasta tus fosas nasales mientras el sol del atardecer tiñe las cortinas de naranja. Cristo, ese moreno alto y musculoso que conociste en la expo de arte la semana pasada, se acomoda a tu lado, su pierna rozando la tuya con una electricidad que te eriza la piel. Lleva una camisa ajustada que marca sus pectorales, y huele a colonia fresca mezclada con sudor masculino, ese olor que te hace apretar los muslos sin darte cuenta.

¿Qué carajos estoy haciendo invitándolo tan rápido? piensas, pero tu cuerpo ya decidió por ti. La tensión ha estado creciendo desde que cruzaron la puerta: risas coquetas, miradas que se demoran en los labios, roces accidentales que no lo eran tanto.

—Oye, güey —le dices, con esa voz ronca que sale cuando estás nerviosa—. ¿Has visto La Pasión de Cristo? La de Mel Gibson.

Él se ríe, un sonido grave que vibra en tu pecho. —Neta, sí. Brutal, ¿no? Pero dime, ¿cuántos Oscar ganó La Pasión de Cristo? Apuesto a que un chingo.

Te encoges de hombros, el corazón latiéndote más rápido mientras su mano se posa en tu rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo. Sacas el celular del bolsillo trasero de tus jeans, los dedos temblando un poquito al teclear cuantos oscar gano la pasion de cristo. La pantalla se ilumina: cero premios. Levantás la vista y lo mirás con picardía.

—Cero, pendejo. Ni uno. Pero la nuestra... esa va por todos los Oscars del mundo.

Él suelta una carcajada y te jala hacia él, sus labios capturando los tuyos en un beso que sabe a tequila y deseo puro. Su lengua invade tu boca con hambre, explorando cada rincón mientras sus manos te aprietan la cintura, los dedos hundiéndose en tu carne suave. Sentís el calor de su cuerpo presionando contra el tuyo, su verga ya dura rozando tu cadera a través de la tela.

¡Chingado, qué bien besa este wey! Cada roce me prende más, como si mi piel estuviera en llamas.

El beso se profundiza, tus uñas arañando su nuca mientras él gime bajito en tu boca, un sonido gutural que te moja al instante. Lo empujás suave hacia atrás, montándote a horcajadas sobre sus piernas, sintiendo la dureza de su erección contra tu panocha. El roce te arranca un jadeo, y movés las caderas en círculos lentos, torturándolo, torturándote.

—Quítate la camisa —le ordenás, la voz entrecortada. Él obedece, revelando un torso esculpido, piel morena brillante bajo la luz tenue. Pasás las manos por sus abdominales, sintiendo los músculos contraerse bajo tus palmas, el calor irradiando como un horno. Él te mira con ojos oscuros, llenos de lujuria, y te quita la blusa con urgencia, desabrochando tu bra de encaje negro.

Tus chichis saltan libres, los pezones ya duros como piedritas. Cristo los mira embobado antes de abalanzarse, chupando uno con avidez, la lengua girando alrededor mientras su mano masajea el otro. Sentís la succión tirando de algo profundo en tu vientre, un placer eléctrico que te hace arquear la espalda. Su boca... ay, cabrón, sabe exactamente cómo...

El sonido de sus labios succionando llena la habitación, mezclado con tus gemidos ahogados y el latido de tu pulso en los oídos. Huele a sexo incipiente, a sudor salado y a tu excitación empapando las panties. Bajás la mano a su pantalón, desabrochándolo con dedos ansiosos, liberando su verga gruesa y venosa que salta libre, palpitante. La agarrás, sintiendo la piel aterciopelada sobre acero, el calor quemándote la palma mientras la pajeás despacio.

—¡Mierda, nena! —gruñe él, la voz ronca, los ojos entrecerrados.

Lo empujás al sofá y te arrodillás entre sus piernas, el suelo fresco contra tus rodillas. Su verga está frente a tu cara, oliendo a hombre puro, una gota de precum brillando en la punta. La lamés despacio, saboreando la sal, la lengua trazando la vena hasta la base. Él mete los dedos en tu pelo, guiándote sin forzar, mientras te la metés entera en la boca, chupando con fuerza, la garganta relajándose para tomarlo profundo.

Los gemidos de Cristo son música, graves y desesperados, vibrando contra tu lengua. Sentís su pulso acelerado en la carne, tus propias caderas moviéndose solas, buscando fricción contra nada.

Quiero que se venga en mi boca, pero no... aún no. Quiero sentirlo adentro.

Te levantás, quitándote los jeans y las panties de un tirón, quedando desnuda ante él. Tu panocha depilada brilla de jugos, el clítoris hinchado pidiendo atención. Cristo se lame los labios, te agarra de las caderas y te sienta en su regazo, la punta de su verga rozando tu entrada húmeda.

—¿Estás lista, preciosa? —pregunta, voz temblorosa de contención.

—Chingá ya —respondés, bajando de golpe. Lo sentís estirarte, llenarte por completo, un ardor delicioso que te arranca un grito. Empezás a cabalgarlo, lento al principio, sintiendo cada centímetro deslizándose dentro y fuera, el roce en tus paredes sensibles. Sus manos aprietan tu culo, guiando el ritmo, el sonido de piel contra piel resonando como palmadas.

El sudor perla su pecho, goteando hasta mezclarse con el tuyo. Acelerás, tus chichis rebotando, él chupándolos mientras embestís más fuerte. El placer se acumula en tu bajo vientre, una presión que crece con cada penetrada profunda, golpeando ese punto que te hace ver estrellas. ¡Más, más rápido, cabrón! gritas en tu mente, las uñas clavándose en sus hombros.

Cristo te voltea de repente, poniéndote en cuatro en el sofá, el cuero pegajoso contra tus rodillas. Entra de nuevo, esta vez salvaje, sus caderas chocando contra tu culo con fuerza, el slap-slap-slap llenando el aire. Una mano baja a tu clítoris, frotándolo en círculos rápidos, mientras la otra te jala el pelo suave, arqueándote.

—¡Te sientes tan chingona, tan apretada! —pantalla él, el aliento caliente en tu oreja.

El orgasmo te golpea como un tren, olas de placer convulsionando tu cuerpo, la panocha apretándolo como un puño mientras gritás su nombre. Él sigue bombeando, prolongando tu clímax, hasta que gruñe fuerte y se corre dentro, chorros calientes llenándote, su cuerpo temblando contra el tuyo.

Caen juntos al sofá, jadeantes, sudorosos, el olor a sexo pesado en el aire. Su brazo te rodea, besándote la sien con ternura. Sentís su semen goteando entre tus muslos, una marca íntima y satisfactoria.

¿Cero Oscars para la película? La nuestra se llevó todos los premios del universo.

Se quedan así un rato, respiraciones calmándose, risas suaves brotando mientras charlan de tonterías. El tequila olvidado en la mesa, el sol ya puesto, pero la noche apenas empieza. Cristo te mira con ojos que prometen más, y sabés que esta pasión no ganó Oscars en Hollywood, pero en tu cama, es legendaria.

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