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Diario de una Pasión Gratis

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Diario de una Pasión Gratis

Querido diario, hoy empecé este Diario de una Pasión Gratis, porque neta que necesito desahogarme. Me llamo Ana, tengo veintiocho pirulos y vivo en el Corazón de México, esa jungla de concreto y luces neón que te chupa el alma si no le pones sabor. Trabajo en una agencia de publicidad, diseñando campañas para marcas chidas, pero mi vida amorosa es un pinche desierto. Mi último novio, ese pendejo de Rodrigo, me dejó por una morra de Instagram que parecía salida de un filtro de Snapchat. ¿Y yo qué? Pues aquí estoy, soltera y con ganas de fuego.

Esta noche salí con mis cuates al Roma, a un bar con terraza que huele a mezcal ahumado y jazmín de los maceteros. La música reggaetón retumbaba en el pecho, y el aire cálido de la noche me erizaba la piel bajo el vestido negro ceñido que me hace ver como diosa urbana. Ahí lo vi: Diego, alto, moreno, con esa sonrisa de lobo juguetón y ojos que te desnudan sin piedad. Me miró desde la barra, y yo le devolví la mirada con un guiño. Neta, el corazón me latió como tamborazo zacatecano.

Primera entrada: Él se acercó con un trago en la mano, "Órale, morra, ¿vienes a conquistar o qué?". Su voz grave, con ese acento chilango puro, me recorrió la espina dorsal como caricia eléctrica. Hablamos de todo: de tacos al pastor en la esquina, de cómo el DF te rompe y te arma. No hubo promesas, solo chispas. Al final de la noche, me besó en la boca del bar, un beso que sabía a tequila reposado y promesas calientes. "Esto es gratis, ¿no?", me dijo riendo. Y yo: "Pura pasión sin cobro, wey".

Me fui a casa con las piernas temblorosas, el olor de su colonia –mezcla de madera y cítricos– pegado a mi piel. En la cama, me toqué pensando en él, imaginando sus manos grandes explorándome. El deseo ardía como chile en la lengua, imposible de apagar.

Acto siguiente, dos días después. Le mandé un mensajito: "¿Listo para más pasión gratis?". Quedamos en su depa en la Condesa, un lugar chulo con ventanales que miran al Parque México y muebles de diseño minimalista. Llegué con un short jean que me marca el culo perfecto y una blusa suelta que deja ver el encaje del bra. Él abrió la puerta en pants y playera, descalzo, oliendo a jabón fresco post-gym. "Mamacita", murmuró, y me jaló adentro.

Nos sentamos en el sofá con chelas frías, platicando pendejadas. Pero la tensión crecía como tormenta de verano. Sus rodillas rozaban las mías, y cada roce era fuego. "¿Qué quieres de mí?", le pregunté, mi voz ronca. "Todo, pero sin ataduras. Pura pasión gratis", respondió, y su mano subió por mi muslo, lenta, como probando el terreno. Sentí el calor de su palma a través de la tela, mi piel se erizó, el pulso en mi cuello latiendo fuerte. Lo besé primero, devorándolo, mi lengua bailando con la suya en un tango húmedo y salvaje.

Caímos al piso, alfombra persa suave bajo mis rodillas. Él me quitó la blusa con urgencia, pero sin rudeza, besando cada centímetro de piel que liberaba. Sus labios en mi cuello sabían a sal y deseo, chupando suave hasta que gemí bajito. "Qué rica estás, Ana", susurró, y yo le arañé la espalda, oliendo su sudor fresco mezclado con mi perfume de vainilla. Mis manos bajaron a su pants, sintiendo su verga dura como piedra, palpitante bajo mis dedos. La saqué, gruesa y venosa, y la lamí desde la base, saboreando esa gota salada de pre-semen que me volvió loca.

Segunda entrada: Dios, cómo me miró mientras se la chupaba, ojos entrecerrados, jadeando "¡Qué chido, carnala!". El sonido de mi boca succionando, húmeda y obscena, llenaba el cuarto. Él me levantó, me cargó a la cama como si no pesara nada. Desnuda ya, mi concha mojada brillando bajo la luz tenue, él se arrodilló y me comió viva. Su lengua experta en mi clítoris, lamiendo círculos lentos, luego rápidos, metiendo dedos que curvaba justo ahí, en el punto G. Grité, el placer subiendo como ola, oliendo mi propia excitación almizclada.

Pero no solté todo aún. Lo empujé, montándolo como amazona. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El roce era eléctrico, cada embestida mía haciendo que sus bolas chocaran contra mi culo con un plaf rítmico. Sudábamos, pieles resbalosas uniéndose, el colchón crujiendo bajo nosotros. Él me agarraba las nalgas, guiándome, "Más duro, reina". Yo cabalgaba furiosa, pechos rebotando, el orgasmo construyéndose en espiral, mis paredes apretándolo como vicio.

El clímax llegó como terremoto. Me corrí primero, un estallido que me dejó temblando, chorros calientes mojando sus caderas, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco. Él volteó posiciones, poniéndome a cuatro, embistiéndome desde atrás con fuerza controlada. Sentía cada vena de su verga rozándome, su vientre contra mi espalda, manos en mis tetas pellizcando pezones duros. "Vente conmigo, Diego", le rogué, y él gruñó, llenándome de semen caliente, pulsos y pulsos que me hicieron correrme de nuevo en eco.

Nos quedamos tirados, jadeando, el aire pesado con olor a sexo crudo y sábanas revueltas. Él me acarició el pelo, besándome la frente. "Esto fue gratis y épico", dijo riendo. Yo asentí, el cuerpo lánguido, satisfecho, pero el alma aún vibrando. No hubo promesas de mañana, solo esa conexión pura, sin cadenas.

Tercera entrada: Ha pasado una semana, y lo hemos repetido dos veces más. En su coche estacionado en Polanco, con vidrios empañados y reggaetón bajito; en mi depa, con velas de vainilla iluminando nuestros cuerpos entrelazados. Cada vez es más intenso, más sensorial: el sabor de su piel salada, el gemido ronco en mi oído, el calor de su aliento en mi nuca. Pero sé que es pasión gratis, sin compromisos. Y eso lo hace perfecto. ¿Cuánto durará? No sé, pero mientras, este diario guarda el fuego.

A veces dudo, en las madrugadas sola, si quiero más que esto. El corazón se enreda, wey, pero por ahora, disfruto el vértigo. Diego me manda memes pendejos por Whats, y yo respondo con fotos coquetas. La tensión sigue, sutil, en cada mirada, en cada roce casual. Anoche, en un cine al aire libre en Chapultepec, su mano se coló bajo mi falda durante la peli. Dedos expertas jugando con mi humedad, mientras yo mordía mi labio para no gemir fuerte. El popcorn olvidado, el viento fresco contrastando con el calor entre mis piernas. Casi nos corremos ahí mismo, sin penetración, solo fricción y susurros sucios.

El deseo es un animal que no se sacia fácil. Hoy lo invité a un brunch en un café hipster de la Roma, pero terminamos en el baño unisex, puerta con seguro. Él de rodillas lamiéndome contra el lavabo, el espejo reflejando mi cara de éxtasis, tetas apretadas contra el vidrio frío. Entró en mí de pie, embestidas rápidas y profundas, mi espalda arqueada, uñas clavadas en sus hombros. El orgasmo nos pegó simultáneo, silencioso pero brutal, mordiéndonos los labios para no alertar a los meseros.

Ahora, acostada en mi cama, huelo su esencia en las sábanas. El pulso aún acelerado en el recuerdo, la piel sensible al roce de las fibras. Esta pasión gratis me ha despertado, me ha hecho sentir viva, poderosa. No sé si evolucionará a algo más, pero por primera vez en años, no busco etiquetas. Solo siento, huelo, saboreo, toco este fuego mexicano que quema tan chido.

Última entrada por hoy: Mañana lo veo de nuevo. El cuerpo ya tiembla en anticipación. Gracias, diario, por ser testigo de esta locura. Pasión gratis, pero invaluable.

Y así sigo, página tras página, viviendo el latido de esta ciudad y este hombre que me enciende sin pedir nada a cambio.

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