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Lolita Una Pasion Prohibida

6589 palabras

Lolita Una Pasion Prohibida

La fiesta en la casa de los carnales en Polanco estaba a todo lo que daba. Luces de colores parpadeando al ritmo de la cumbia rebajada, olor a tacos al pastor recién hechos flotando en el aire caliente de la noche mexicana, y risas que se mezclaban con el claxon lejano de los coches en Reforma. Yo, Juan, de treinta y cinco tacos bien puestos, andaba con una cerveza fría en la mano, platicando pendejadas con mis cuates cuando la vi. Lolita. Así la llamaban todos, aunque su nombre de pila era Lola, pero con esa vibra de morrita coqueta, petite y con curvas que te hacen tragar saliva, el apodo le calzaba perfecto. Tenía veinticinco pirulos, recién salida de la uni, y neta que desde el primer vistazo, algo se me prendió adentro.

Sus ojos cafés brillaban como chocolate derretido bajo las luces, el cabello negro suelto cayéndole en ondas por la espalda, y ese vestido rojo ceñido que marcaba sus chichis firmes y su culazo redondo. Se movía al ritmo de la música, bailando con sus amigas, y cada contoneo era como un imán.

¿Qué chingados me pasa? Es la hija del compadre de mi carnal, no mames, esto es una pasión prohibida de esas que te queman el alma.
Me acerqué con el pretexto de pedirle una chela, pero mis ojos no dejaban de recorrerla. "Órale, Lolita, ¿ya creciste tanto o qué?", le dije con una sonrisa pendeja, y ella soltó una carcajada que sonó como música, fresca y juguetona.

"¡Juanito! Neta que sí, ya no soy la morrita que jugaba con muñecas. ¿Y tú, sigues soltero y guapo como siempre?", respondió con esa voz ronquita que me erizó la piel. Hablamos de todo y nada: de su chamba en una agencia de diseño, de mis proyectos de construcción, pero entre líneas, el aire se cargaba de electricidad. Sus dedos rozaron mi brazo al pasarme la cerveza, y juro que sentí un chispazo. El olor de su perfume, jazmín mezclado con algo dulce como vainilla, me invadió las fosas nasales. Tensiones iniciales, carnal: ella bromeaba sobre lolita una pasión prohibida, citando un libro viejo que había leído, y yo sentía que el corazón me latía como tambor en desfile.

La noche avanzó, y la cosa se puso más intensa. Nos fuimos al balcón, lejos del ruido, con la ciudad brillando abajo como un mar de luces. El viento fresco traía el aroma de las jacarandas cercanas. "Sabes, Juan, siempre te vi como el wey inalcanzable, el maduro que todas queríamos", murmuró ella, acercándose tanto que su aliento cálido me rozó el cuello. Mis manos encontraron su cintura, suave bajo la tela delgada, y la atraje. Nuestros labios se encontraron en un beso que empezó tímido, pero explotó como piñata. Su boca sabía a tequila con limón, dulce y ardiente, la lengua juguetona explorando la mía con hambre contenida.

Esto está cañón, pendejo. Es prohibido, pero qué chido se siente. Su piel es seda caliente, y ya se me para como bandera.
Lolita gimió bajito contra mi boca, sus uñas arañándome la nuca con esa mezcla de ternura y urgencia. Bajamos las manos, ella por mi pecho, yo apretando su nalguita firme. "Ven conmigo", susurró, y sin pensarlo, la tomé de la mano. Salimos de la fiesta como ladrones, riéndonos nerviosos, subimos a mi vochito y arrancamos rumbo a mi depa en la Condesa. El camino fue tortura deliciosa: su mano en mi muslo, subiendo peligrosa, mientras yo conducía con el pulso acelerado, oliendo su excitación que ya perfumaba el auto.

En el depa, la puerta apenas cerró y ya estábamos devorándonos. La empujé contra la pared, besándola con fiereza, mis manos desatando el vestido que cayó como cascada roja. Sus chichis perfectas, pezoncitos duros como caramelos, saltaron libres. Los lamí, succioné, oyendo sus jadeos que resonaban en el silencio del lugar. "¡Ay, Juan, qué rico! No pares, cabrón", gemía ella, arqueando la espalda. Su piel olía a sudor dulce y deseo, tacto aterciopelado bajo mis palmas ásperas de tanto trabajar. La cargué hasta la cama, quitándome la camisa con prisa, y ella se arrodilló, desabrochándome el cinto con dientes, ojos fijos en los míos, traviesa.

Su boca envolvió mi verga dura como fierro, caliente y húmeda, chupando con maestría que me hizo gruñir. La lengua girando, saliva resbalando, qué mamada tan exquisita. La saboreé yo también, bajando entre sus muslos abiertos. Su concha estaba empapada, rosada y palpitante, sabor salado-musgoso que me volvió loco. Lamí su clítoris hinchado, metiendo dedos que entraban y salían fáciles por lo mojada que estaba. "¡Sí, así, pendejito! Me vas a hacer venir", gritó, temblando, sus jugos inundándome la cara mientras su orgasmo la sacudía como terremoto.

Pero no paramos. La puse boca arriba, piernas en mis hombros, y me hundí en ella de un solo empujón. ¡Qué estrecha, qué caliente! Sus paredes me apretaban como guante de terciopelo, y empezamos a bombear al unísono. El sonido de carne contra carne, chapoteo húmedo, sus tetas rebotando hipnóticas. Sudor perlando su frente, yo oliendo nuestro sexo mezclado con el aroma de las sábanas frescas. "Más fuerte, Juan, rómpeme, hazme tuya", pedía ella, uñas clavadas en mi espalda, dejando surcos rojos que ardían delicioso. Cambiamos posiciones: ella encima, cabalgándome como amazona, caderas girando en círculos que me llevaban al borde. Sus gemidos subían de tono, "¡Me vengo otra vez, ay wey!", y yo aguantando, sintiendo bolas tensas.

La volteé a cuatro patas, admirando su culazo alzado, y la embestí desde atrás, palmeándola suave para oír el clap y su risa lujuriosa.

Esto es lolita una pasión prohibida hecha realidad, pura química que explota.
El clímax nos alcanzó juntos: ella convulsionando, ordeñándome la leche caliente que le llené adentro, gritando mi nombre mientras yo rugía el suyo. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, corazones tronando como tambores.

En el afterglow, la abracé, su cabeza en mi pecho, oyendo su respiración calmarse. El cuarto olía a sexo crudo, ventanas abiertas dejando entrar brisa nocturna con ecos de la ciudad viva. "Neta que fue chingón, Juan. Prohibido pero tan nuestro", murmuró ella, trazando círculos en mi piel con el dedo. Yo la besé la frente, saboreando sal. ¿Y ahora qué? Esto no termina aquí, carnal. Lolita despertó algo en mí que no se apaga fácil. Nos quedamos así, envueltos en sábanas revueltas, con la promesa de más noches así, pasión que quema pero ilumina. La luna asomaba por la ventana, testigo muda de nuestro secreto delicioso.

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