Fuego de Pasion
La noche en Puerto Vallarta olía a sal marina mezclada con el humo de las parrilladas y el dulce aroma de las flores de bugambilia que adornaban el jardín de la hacienda. Sofia, con su vestido rojo ceñido que abrazaba sus curvas como una segunda piel, se movía entre la multitud de la boda de su prima. El sonido de la banda de mariachis retumbaba en el aire cálido, haciendo vibrar el suelo bajo sus sandalias. Hacía calor, ese calor pegajoso que hacía que el sudor perlase su clavícula y se deslizara lento hacia el valle de sus senos.
Entonces lo vio. Diego, el carnal de la novia, parado junto a la barra con una cerveza en la mano. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que recordaba de fiestas pasadas. Sus ojos se cruzaron y órale, fue como si el mundo se detuviera. El corazón de Sofia latió fuerte, un tambor en su pecho. Hacía dos años que no se veían, desde esa noche loca en Guadalajara donde casi terminan enredados en las sábanas de su hotel. Pero la vida los separó. Ahora, aquí estaba él, mirándola como si quisiera devorarla entera.
¿Qué chingados? ¿Por qué me mira así? Mi cuerpo ya está reaccionando, neta. Siento un cosquilleo entre las piernas solo de pensarlo.
Diego se acercó, su camisa blanca abierta un botón de más, dejando ver el vello oscuro de su pecho. Olía a colonia fresca con un toque de tequila. "Sofia, qué padre verte, wey. Sigues igual de rica que siempre", dijo con esa voz grave que le erizaba la piel.
Ella rio, juguetona, rozando su brazo con los dedos. "Tú tampoco te quedas atrás, pendejo. ¿Qué has hecho todo este tiempo?" Hablaron de todo y nada: trabajos en la ciudad, viajes a la playa, anécdotas locas. Pero el aire entre ellos crepitaba, cargado de promesas no dichas. Bailaron salsa bajo las luces de colores, sus cuerpos pegados, caderas moviéndose al ritmo. Las manos de él en su cintura, bajando apenas un poco, sintiendo el calor de su piel a través de la tela fina. Sofia sentía su aliento en el cuello, caliente, y el roce de su entrepierna endureciéndose contra su muslo.
Esto es fuego puro, pensó ella, mientras el sudor los unía más. El sabor salado de su piel cuando él le besó la oreja accidentalmente, o no tan accidental.
La banda cambió a un bolero lento, y Diego la apretó más. "Vamos a caminar por la playa, ¿no? Necesito aire", murmuró. Sofia asintió, el deseo ya ardiendo en su vientre como brasas. Salieron del jardín, descalzos en la arena tibia, el rumor de las olas rompiendo suave. La luna llena pintaba el mar de plata, y el viento traía el olor a yodo y algas. Se sentaron en una palmera caída, lejos de las luces de la fiesta.
"Te extrañé, Sofia. Neta, no sabes las noches que pensé en ti", confesó él, su mano en su rodilla, subiendo despacio. Ella lo miró, los ojos brillantes. "Yo también, Diego. Pero éramos unos pendejos por no intentarlo antes". Se besaron entonces, un beso hambriento, labios chocando con urgencia. Su lengua sabía a cerveza y menta, explorando su boca mientras sus manos se enredaban en el pelo de ella. Sofia gimió bajito, el sonido perdido en las olas.
Las manos de Diego bajaron por su espalda, desabrochando el vestido con maestría. La tela cayó, dejando sus senos al aire fresco de la noche, pezones endurecidos por el viento y la excitación. Él los besó, succionando suave, la lengua girando en círculos que la hicieron arquearse. "Qué chulos son", gruñó, y ella rio entre jadeos. Sus dedos encontraron el encaje de su tanga, húmeda ya, resbaladiza de deseo. "Estás chorreando, mi reina", dijo, metiendo un dedo dentro, lento, curvándolo para tocar ese punto que la hizo gritar.
Dios mío, su dedo es grueso, perfecto. Quiero más, lo quiero todo dentro de mí. Este fuego de pasion me va a quemar viva.
Sofia le quitó la camisa, arañando su pecho con las uñas, bajando al cinturón. Lo desabrochó con prisa, liberando su verga dura, palpitante, venosa. La tomó en la mano, masturbándolo despacio, sintiendo el calor y la suavidad de la piel sobre el acero. "Métemela ya, no aguanto", suplicó ella, recostándose en la arena. Diego se posicionó entre sus piernas, frotando la punta contra su clítoris, lubricándola más. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono, el sonido crudo mezclándose con el mar.
Se movieron en ritmo perfecto, él embistiendo profundo, ella clavando las talones en su espalda. El olor a sexo flotaba pesado: sudor, fluidos, arena pegada a la piel húmeda. Sofia sentía cada vena de su verga rozando sus paredes, el golpe de sus pelvis chocando, el roce de sus pelotas contra su culo. "Más fuerte, cabrón, dame todo", exigía ella, y él obedecía, sudando, gruñendo como animal. Sus pechos rebotaban con cada estocada, y Diego los amasaba, pellizcando pezones hasta que dolía rico.
El clímax se acercaba como una ola gigante. Sofia apretó las piernas, su concha contrayéndose alrededor de él. "Me vengo, Diego, ¡órale!", gritó, el orgasmo explotando en colores detrás de sus párpados. Olas de placer la sacudían, jugos chorreando por sus muslos. Él la siguió segundos después, hinchándose dentro, llenándola de semen caliente, pulsación tras pulsación. Colapsaron juntos, respirando agitados, cuerpos entrelazados en la arena.
Después, el afterglow fue dulce. Diego la besó suave en la frente, limpiándole la arena del pelo con ternura. "Eso fue de pasion pura, Sofia. No quiero que termine aquí". Ella sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo, sintiendo su corazón aún acelerado. El mar lamía sus pies, fresco contra el calor residual de sus cuerpos. "Ni yo, mi amor. Esto es solo el principio".
Regresaron a la fiesta tomados de la mano, el vestido de ella arrugado pero nadie notó. Bailaron un rato más, pero ahora con una complicidad nueva, miradas cargadas de promesas. Esa noche de pasion los había cambiado, encendido un fuego que no se apagaría fácil. Sofia sabía que al amanecer, en su cama de hotel, repetirían, explorando más, saboreando cada rincón del otro hasta el alba.
El sol salió tiñendo el cielo de rosa, y ellos, exhaustos y felices, durmieron abrazados, oliendo aún a sexo y mar. Un nuevo capítulo, nacido de puro fuego de pasion.