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Ver el Abismo de Pasión

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Ver el Abismo de Pasión

La noche en el corazón de la Ciudad de México olía a tacos al pastor y a mezcal ahumado. Yo, Ana, acababa de entrar a esa cantina escondida en la Roma, con sus luces tenues y el mariachi rasgando el aire con La Cucaracha. Llevaba un vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa urbana, lista para devorar la noche. Órale, pensé, esta velada va a ser chida.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con ojos que brillaban como el tequila bajo la luna llena. Se llamaba Luis, un carnal que trabajaba en diseño gráfico, pero con esa vibra de artista callejero. Me miró desde la barra, y su sonrisa pícara me erizó la piel. ¿Qué onda, preciosa? me dijo acercándose, su voz grave como un rugido suave. Pedí un caballito de mezcal, y platicamos de la vida loca en la CDMX, de cómo el tráfico te vuelve loco pero las noches te salvan el alma.

La tensión crecía con cada sorbo. Su mano rozó la mía al pasarme el limón, y sentí un chispazo que me subió por el brazo hasta el pecho. Estás cañona, murmuró, y yo reí, juguetona.

Este pendejo me va a volver loca, pero qué rico se ve
, pensé mientras sus ojos se clavaban en los míos. Hablamos de pasiones ocultas, de sueños que te queman por dentro. Y entonces, en un silencio cargado, lo dije sin pensarlo: Al ver el abismo de pasión en tu mirada, sé que esta noche no termina aquí.

Salimos a la calle, el aire fresco de la medianoche nos envolvió con olor a jazmín de algún balcón cercano. Caminamos tomados de la mano, riendo de tonterías, pero el pulso me latía fuerte en las sienes. Llegamos a su depa en una colonia vecina, un loft chulo con vistas al skyline iluminado. La puerta se cerró con un clic que sonó como una promesa.

Luis me acorraló contra la pared, su cuerpo duro presionando el mío. Olía a colonia masculina mezclada con sudor fresco, un aroma que me mareaba de deseo. Sus labios rozaron mi cuello, y gemí bajito. ¿Quieres esto, mi reina? preguntó, su aliento caliente en mi oreja. Sí, cabrón, te quiero ya, respondí, tirando de su camisa. Nos besamos con hambre, lenguas enredadas, saboreando el mezcal en la boca del otro. Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza posesiva pero tierna.

Me cargó hasta la cama king size, las sábanas frescas crujiendo bajo nosotros. Se quitó la ropa despacio, revelando un torso marcado por horas en el gym, vello oscuro que bajaba hasta su verga ya tiesa y palpitante. Yo me desvestí, dejando caer el vestido como una cascada roja. Qué chingona estás, dijo admirándome, sus ojos devorándome. Me tendí, abriendo las piernas, sintiendo el aire fresco en mi panocha húmeda.

Empezó besando mi piel desde los pies, subiendo lento. Su lengua trazó senderos de fuego por mis pantorrillas, muslos, deteniéndose en el interior donde el calor me ardía. Lamía mi clítoris con maestría, chupando suave luego fuerte, y yo arqueé la espalda, gimiendo ¡Ay, Luis, no pares!. El sonido de su succión era obsceno, jugos míos goteando en su boca. Olía a sexo puro, a deseo crudo. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando, guiándolo más profundo.

Esto es el paraíso, su lengua me está matando de placer
, pensé mientras ondas de éxtasis me recorrían. Me corrí la primera vez gritando, el cuerpo temblando como hoja en tormenta, jugos salpicando su barbilla. Él sonrió, lamiéndose los labios. Ahora te voy a follar como se debe.

Se posicionó entre mis piernas, su verga gruesa rozando mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué rica tu panocha, tan apretada! gruñó, empezando a bombear. Yo clavaba las uñas en su espalda, arañando, marcándolo como mío. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos y el crujir de la cama.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Mis tetas rebotaban con cada vaivén, sus manos amasándolas, pellizcando pezones duros como piedras. Sudábamos, el olor salado de nuestros cuerpos se mezclaba con el perfume de las velas que había encendido. Más fuerte, mi amor, le pedí, y él embistió desde abajo, su verga golpeando mi punto G sin piedad. La tensión subía, coiling en mi vientre como serpiente lista para atacar.

En ese vaivén frenético, lo miré a los ojos. Ver el abismo de pasión en ti me consume, susurré, y él respondió acelerando, gruñendo como fiera. Sentí el orgasmo construyéndose, mis paredes contrayéndose alrededor de su polla. Él se tensó, Me vengo, nena, y explotamos juntos. Mi grito ahogado, su rugido gutural, chorros calientes llenándome mientras yo me deshacía en espasmos interminables. El mundo se volvió blanco, solo placer puro, pulsos latiendo en sincronía.

Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso en mis muslos. Me besó la frente, suave ahora. Eres increíble, Ana. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo.

Esto no fue solo sexo, fue conexión, fuego que quema pero ilumina
.

Nos duchamos juntos después, agua caliente cayendo como lluvia tropical, jabón escurriendo por curvas y músculos. Reímos recordando la cantina, planeando la próxima aventura. Salimos a la terraza, skyline de la ciudad parpadeando, un trago de mezcal sellando la noche. Al amanecer, con su brazo alrededor de mi cintura, supe que el abismo de pasión no era para temer, sino para saltar de cabeza.

Desde esa noche, cada mirada suya me recuerda ese precipicio delicioso. Y yo, siempre lista para volver a verlo.

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