Judas en la Pasion de Cristo Carnal
Era Viernes Santo en nuestra casa en la colonia Roma de la Ciudad de México. El aroma del incienso de la procesión vecina se colaba por la ventana entreabierta mezclándose con el olor dulce del mezcal que Marco acababa de servir. Yo Ana de treinta y dos años recostada en el sillón de terciopelo rojo sentía un cosquilleo en la piel cada vez que él me rozaba el muslo con su mano callosa. Habíamos decidido no salir a las calles llenas de penitentes y en cambio quedarnos a ver en la tele la representación de Judas en la Pasion de Cristo esa obra callejera que tanto nos gustaba por su intensidad dramática.
Marco mi hombre de ojos oscuros y cuerpo atlético se paró frente a mí con una sonrisa pícara. Neta que este wey me trae loca pensé mientras lo veía quitarse la camisa dejando al descubierto su pecho moreno salpicado de vello negro. "Órale Ana ¿y si jugamos a eso? Tú serás la Magdalena y yo Judas el traidor que besa con fuego" dijo con voz ronca su aliento alcohólico envolviéndome como una caricia prohibida. Mi corazón latió fuerte bajo mis tetas que se endurecieron al instante. "Simón carnal pero hazme traicionar con placer no con culpa" respondí mordiéndome el labio mi coño ya humedeciéndose de anticipación.
¿Por qué esta historia bíblica siempre me excita tanto? El beso de Judas no es solo traición es pasión desbordada un roce que quema el alma
Me levanté y busqué en el clóset mi falda larga negra y una blusa blanca vaporosa que dejaba ver mis pezones rosados marcándose. Marco se puso una túnica improvisada de sábana blanca atada a la cintura su verga ya medio parada dibujando una sombra tentadora. La habitación se llenó de tensión el sonido lejano de las matracas de la procesión como un pulso erótico de fondo. Nos miramos en silencio el aire cargado de deseo su piel brillando bajo la luz ámbar de las velas que encendí para ambientar.
Él se acercó despacio sus pies descalzos pisando el piso de madera que crujía suavemente. "Magdalena mía te entrego con este beso" murmuró y sus labios carnosos se posaron en mi cuello no en la mejilla como en la obra sino bajando lento raspando con la barba incipiente que me erizaba la piel. Sentí su lengua caliente lamiendo mi clavícula sabor a sal y mezcal. Chingado qué rico mi cuerpo se arqueó involuntario mis manos aferrándose a sus hombros duros como piedra. El beso de Judas en la Pasion de Cristo se transformaba en nuestro ritual privado una traición que nos unía en lugar de separarnos.
La escena escalaba. Marco me empujó suave contra la pared fría contrastando con su calor sus manos grandes subiendo por mis muslos levantando la falda. "Estás mojada ya mi reina" gruñó oliendo mi aroma almizclado de mujer en celo sus dedos rozando el encaje de mis calzones. Yo gemí bajito "Sí pendejito tócame neta que me tienes calentona" mis caderas moviéndose solas buscando más fricción. Él se arrodilló como penitente besando mi ombligo bajando hasta mi monte de Venus. El sonido de su respiración agitada mis jadeos y el eco distante de rezos creaban una sinfonía pecaminosa.
Me quitó los calzones de un tirón suave exponiendo mi panocha rosada hinchada de necesidad. Su lengua experta lamió mi clítoris en círculos lentos el sabor ácido dulce de mis jugos invadiendo su boca. ¡Ay wey no pares! pensé mientras mis uñas se clavaban en su cuero cabelludo tirando de su pelo negro. Él chupaba sorbía introduciendo dos dedos gruesos que curvaba adentro tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Mi piel ardía sudor perlando mi frente el olor a sexo mezclándose con el incienso como un perfume afrodisíaco. "Marco más fuerte soy tuya traicióname todo lo que quieras" supliqué mis piernas temblando.
En mi mente flashes de la obra Judas besando a Cristo pero aquí el beso es liberación no condena es mi Judas personal devorándome con hambre santa
Lo jalé del pelo levantándolo para besarlo feroz probando mi propio sabor en su lengua. Nuestras bocas chocaban dientes rozando saliva espesa uniéndonos. Le arranqué la sábana su verga saltando libre gruesa venosa palpitando con la punta mojada de precum. La tomé en mi mano suave piel sobre acero bombeándola lento oyendo sus gruñidos guturales. "Chúpamela Magdalena" ordenó pero con ternura sus ojos suplicantes. Me hincé gustosa mi boca envolviéndolo al fondo garganta relajada succionando como si fuera mi salvación. Él jadeaba "¡Órale qué chida boca!" sus caderas embistiendo suave mis tetas rebotando con cada movimiento.
La intensidad crecía. Lo empujé al sillón montándome a horcajadas mi coño resbaloso tragándoselo entero en una sentada. ¡Madre mía qué llenada! Sentí cada vena estirándome delicioso dolor placer puro. Cabalgaba fuerte piel contra piel slap slap de carne el sudor chorreando entre nosotros. Sus manos amasaban mis nalgas gordas separándolas para meter un dedo en mi ano apretado. "¡Sí cabrón ahí!" grité el doble estímulo volviéndome loca mis paredes contrayéndose alrededor de su pija. Olía a nosotros puro sexo crudo mezcal y pasión religiosa torcida en éxtasis.
Marco se incorporó volteándome en el sillón ahora él encima como misionero dominante. Me penetraba profundo lento al principio luego bestial sus bolas golpeando mi culo. Mis gemidos subían de tono "¡Más duro Judas mío rómpeme!" mis uñas arañando su espalda dejando surcos rojos. Él mordía mi cuello lamiendo sudor gruñendo "Eres mi redención Ana mi puta santa". El clímax se acercaba mi vientre contrayéndose pulsos eléctricos desde el clítoris irradiando. "¡Me vengo!" aullé mi coño ordeñándolo chorros calientes empapando las sábanas.
Él siguió embistiendo tres cuatro veces más y explotó dentro rugiendo mi nombre su leche espesa llenándome caliente rebosando por mis muslos. Colapsamos jadeantes cuerpos entrelazados pegajosos el corazón latiendo al unísono. El silencio roto solo por nuestras respiraciones y el final de la procesión afuera.
Minutos después recostados él acariciando mi pelo húmedo yo trazando círculos en su pecho. "Ese Judas en la Pasion de Cristo nos inspiró chido ¿verdad?" susurró riendo bajito. Sonreí besando su hombro salado. No fue traición fue unión carnal redención en cada embestida. Nos quedamos así en afterglow la noche santa transformada en nuestra pasión eterna sabiendo que al día siguiente repetiríamos el ritual con más fuego.