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Donde Se Grabó Pasión De Gavilanes Se Grabó Nuestra Pasión

6899 palabras

Donde Se Grabó Pasión De Gavilanes Se Grabó Nuestra Pasión

Yo, Ana, siempre he sido una chava bien prendida con las telenovelas. Pasión de Gavilanes era mi favorita, con esos hermanos Reyes tan machos y las gemelas que los volvían locos de deseo. Me imaginaba en esas haciendas lujosas, con el aire cargado de secretos y miradas que queman. Pero jamás pensé que acabaría en el mismísimo lugar donde se grabó Pasión de Gavilanes, una hacienda real en las afueras de Bogotá, con Javier, mi hombre, el que me hace temblar con solo una caricia.

Habíamos planeado el viaje desde México como un capricho romántico. "Órale, mi reina, vamos a ver dónde se grabó esa novela que te pone caliente", me dijo Javier con esa sonrisa pícara mientras empacábamos en nuestro depa de la CDMX. Él, alto, moreno, con brazos fuertes de tanto trabajar en la construcción, pero con un corazón que me derrite. Yo, con mi curvas mexicanas, mi pelo negro largo y esa chispa en los ojos que lo vuelve loco. Llegamos a Colombia en avión, el corazón latiéndome a mil. El taxi nos dejó en la entrada de la hacienda El Paraíso, idéntica a la de la tele: paredes blancas, balcones floridos, jardines eternos con buganvilias rojas que olían a paraíso prohibido.

El sol del mediodía caía pesado, pegajoso, haciendo que mi blusa se me pegara al pecho. Javier me tomó de la mano, su palma áspera y cálida contra la mía suave. "Mira, nena, aquí fue donde los Reyes conquistaban a las Urracas", susurró, su aliento caliente rozándome la oreja. Sentí un cosquilleo bajarme por la espalda, directo al entrepierna. El guía nos llevó por los pasillos, contando anécdotas de la grabación. Yo no escuchaba mucho; solo veía a Javier, su camiseta ajustada marcando sus pectorales, el sudor brillándole en el cuello.

¿Y si aquí mismo, en este lugar donde se grabó Pasión de Gavilanes, grabamos nuestra propia pasión? ¿Y si lo hago mío ahora?
El deseo empezó a bullir, lento, como el café de olla que me preparaba mi abuelita.

La hacienda era un sueño: patios con fuentes murmurando agua fresca, el aroma a tierra mojada mezclado con jazmines intensos. Almorzamos en el comedor principal, el mismo de las escenas calientes de la novela. Plato de bandeja paisa, carne jugosa que chorreaba jugos, arepas crujientes. Javier me servía vino tinto, sus dedos rozando los míos adrede. "Estás preciosa, Ana, como una de esas actrices", me dijo, su voz grave, ronca. Yo reí, pero por dentro ardía. Nuestras rodillas se tocaban bajo la mesa, un roce eléctrico que me hacía apretar los muslos. El calor subía, no solo del trópico, sino de esa tensión que crecía entre nosotros, como en las mejores escenas de la telenovela.

Después del almuerzo, el guía nos dejó solos para explorar. Caminamos por los jardines, el sol bajando tiñendo todo de oro. Javier me jaló detrás de un muro cubierto de enredaderas, su cuerpo pegándose al mío. "Aquí no nos ve nadie, mi amor", murmuró, sus labios rozando mi cuello. Olía a hombre, a sudor limpio y loción barata que me enloquecía. Sentí su verga endureciéndose contra mi vientre, dura, insistente. Mi concha se humedeció al instante, un calor líquido que me hacía jadear. Lo besé con hambre, lenguas enredándose, sabor a vino y carne en su boca. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas fuerte, mientras yo arañaba su espalda.

Esto es mejor que cualquier capítulo donde se grabó Pasión de Gavilanes. Aquí no hay cámaras, solo nosotros, crudos, reales.
Pero nos frenamos, riendo nerviosos. "Aguanta, cabrón, que la noche apenas empieza", le dije, mordiéndome el labio. Regresamos al cuarto que habíamos rentado en la hacienda, una suite con cama king size, balcón con vista al valle. Me duché primero, el agua caliente resbalando por mi piel, imaginando sus manos en lugar del jabón. Salí envuelta en una toalla, el pelo goteando. Javier estaba recostado, en bóxer, su paquete marcado, tentador.

Se levantó como un tigre, quitándome la toalla de un tirón. "Qué chingona estás, Ana", gruñó, sus ojos devorándome. Me empujó a la cama, sus besos bajando por mi cuello, chupando mis tetas hasta que los pezones se pusieron duros como piedras. Gemí, arqueándome, el sonido de mi voz rebotando en las paredes gruesas. Sus dedos exploraron mi panza, bajando lento, torturándome. "Estás empapada, mi reina", dijo, metiendo dos dedos en mi chocha resbalosa. Movía la mano con ritmo, tocando mi clítoris en círculos, mientras yo me retorcía, oliendo mi propio aroma almizclado mezclándose con el suyo.

Lo volteé, queriendo mi turno. Le bajé el bóxer, su verga saltando libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de precúm. La tomé en la boca, saboreándola salada, chupando profundo hasta que jadeó "¡No mames, Ana, me vas a hacer acabar ya!". Lo lamí despacio, mis tetas rozando sus muslos peludos, el vello erizándose con mi aliento. Él me levantó, me puso a cuatro patas en la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, sí, Javier, rómpeme!", grité, el placer doliendo rico.

Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida mandando ondas de calor por mi cuerpo. El slap-slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi clítoris, mis gemidos mezclándose con los suyos. Sudábamos, el cuarto oliendo a sexo puro, a deseo desatado. Agarró mis caderas, acelerando, su verga frotando ese punto dentro que me volvía loca.

En este lugar donde se grabó Pasión de Gavilanes, nuestra pasión es más real, más nuestra. No hay guion, solo instinto.
Me volteó boca arriba, piernas en sus hombros, penetrándome profundo, sus ojos clavados en los míos. "Te amo, pinche diosa", jadeó, y yo sentí el orgasmo venir, un tsunami.

Exploté primero, mi concha contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Grité su nombre, uñas clavadas en su culo, el mundo blanco por segundos. Él se vino segundos después, gruñendo como animal, llenándome de su leche caliente, pulsos y pulsos hasta que se derrumbó sobre mí. Nos quedamos así, jadeando, piel pegajosa, corazones tronando al unísono. El aire nocturno entraba por el balcón, fresco, con olor a tierra y flores, calmando el fuego.

Después, en la cama revuelta, Javier me acariciaba el pelo, besándome la frente. "Esto fue mejor que cualquier novela, ¿verdad?", dijo riendo bajito. Yo asentí, acurrucada en su pecho, escuchando su corazón volver a normal.

Aquí, donde se grabó Pasión de Gavilanes, grabamos nuestro propio recuerdo eterno. Una pasión mexicana, ardiente, inolvidable.
Nos dormimos así, envueltos en sábanas húmedas, con la luna testigo de nuestro amor salvaje. Al día siguiente, al despertar, solo sonreímos, sabiendo que ese lugar nos había cambiado para siempre.

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